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PENSANDO EN EL REGRESO

Marc Márquez, impresionado con el kilométrico pasillo que le dedicaron sus fans a la salida de Le Mans

El piloto de Ducati ya está en casa. Y ya está machacándose para recuperarse cuanto antes de la doble operación a la que se sometió, el pasado domingo, en su hombro y pie derecho. Se lo va a tomar con calma, pero sin pausa

Marc Márquez, en su habitación del Hospital Ruber Internacional, de Madrid, el pasado domingo.

Marc Márquez, en su habitación del Hospital Ruber Internacional, de Madrid, el pasado domingo. / X MARC MÁRQUEZ

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Emilio Pérez de Rozas

Emilio Pérez de Rozas

PALMA

Marc Márquez ya está en casa, convertida, de nuevo, en un gimnasio, en una sala de rehabilitación, repleto el salón de artilugios para acelerar su recuperación, especialmente, de su hombro derecho, pues lo del quinto metatarsiano de su pie derecho fue ‘chapa y pintura’, poca cosa, una plaquita y (casi) a caminar. Tiene hasta máquinas de frío para su hombro.

Nadie, absolutamente nadie de su entorno, de la familia, del equipo, entiende como el nueve veces campeón del mundo ha podido competir, a tan alto nivel (dos victorias al ‘sprint’ en Brasil y Jerez y récord en Le Mans), sabiendo, como saben ahora, tras la operación del pasado domingo, que los doctores que le intervinieron le sacaron, con unas simples pincitas, dos tornillos y una plaquita que estaban sueltos, sí, sí, sueltos, pululando por ese hombro. Es más, en la misma mesa de operaciones, los doctores pudieron comprobar que, cuando le movían el hombro, esos tornillos y esa pieza rozaban el nervio radial.

Ya cuando le hicieron todo tipo de pruebas tras el gran premio de Jerez y comprobaron que, en efecto, algo no estaba bien en ese hombro, Márquez respiró tranquilo. No era una obsesión suya. No era algo que se había instalado en su cabeza sin sentido, sin razón. Nada era fruto de su imaginación, no, él intuía que había algo que no estaba bien. Y por ello respiró al saberlo, días antes de Jerez. Y por eso programó la operación para después de Le Mans.

El equipo médico que operó a Marc Márquez, el domingo, se encontró con la desagradable sorpresa que dos tornillos y una pequeña plaquita estaban totalmente sueltos y pululaban por su hombro derecho cuando el piloto hacía los movimientos necesarios para pilotar una MotoGP.

Ahora, ya en casa, ya con la seguridad que la recuperación del hombro derecho debe ser, será, total, Márquez tratará de dar los pasos con sumo mimo y cautela. Como dice él, escuchando a su cuerpo, buscando el “nuevo 100x100” de un Marc Márquez 2.0, 3.0, 4.0, vaya usted a saber. Ha regresado tantas veces, que nadie se extrañaría que volviese a presentar batalla por el título, solucionados los problemas de un hombro que le ha torturado en las cinco primeras carreras de la temporada.

Esta semana, verá el Gran Premio de Cataluña, que se celebra en Montmeló, por la tele, rodeado de máquinas y recuperándose a tope. Luego, la semana que viene, intensificará su recuperación, pues es libre, y, casi con toda seguridad, aunque El Periódico no posee información que así lo certifique, se saltará Mugello (Italia) pues, aunque sea el GP de casa, de Ducati, se trata de un circuito, de un trazado, donde se alcanza las mayores velocidades del Mundial y donde, si te caes, puedes hacerte mucho daño al entrar en la gravilla a gran velocidad.

Marc Márquez (Ducati) se lamenta, en la pista de Le Mans, tras la caída sufrida el sábado.

Marc Márquez (Ducati) se lamenta, en la pista de Le Mans, tras la caída sufrida el sábado. / MILAGRO / TINO MARTINO

Todo parece indicar que el regreso del nueve veces campeón del mundo se producirá en Balaton Park, el circuito donde se celebra, el fin de semana del 7 de junio, el Gran Premio de Hungría, un divertido karting donde, el pasado año, ‘Il Cannibale’ logró el doblete, derrotanto el sábado al italiano Fabio Di Giannantonio, por más de dos segundos y, el domingo, en la carrera grande, al murciano Pedro Acosta (KTM), por más de cuatro segundos.

Pese a las lágrimas derramadas en la clínica del circuito de Le Mans, pese al llanto desolador sobre el hombro del doctor Ángel Charte, pese a la rabia de volver a hacerse daño, Marc Márquez llegó, el pasado sábado por la noche, a su casa de Madrid henchido de coraje, valor y ganas. Y, en ese sentido, cuando, a la mañana siguiente, se trasladó, a primerísima hora al Hospital Ruber Internacional, de Madrid, iba ya con el ánimo a tope.

¿Qué le hizo cambiar en tan pocas horas, de la desolación a la esperanza, a la ilusión, al ‘sí se puede’? Pues algo tan sencillo y emocionante, jamás vivido ni visto ni siquiera por él mismo, que lleva 19 años en el Mundial de motociclismo: la pasión, el cariño, la devoción, la pleitesía que le mostraron, que le demostraron, miles y miles de aficionados presentes en Le Mans cuando abandonó el trazado de La Sarthe.

El nueve veces campeón se perderá el GP de Catalunya y, tal vez, casi seguro, el GP de Italia, en Mugello, un circuito peligroso por la tremenda velocidad que alcanzan allí las MotoGP y podría plantearse regresar en Balaton Park (Hungría), donde, el pasado año, logró el doblete.

Después de que Márquez acudiese a la clínica del circuito de Le Mans, después de que regresase al boxe del Lenovo Ducati, después de que subiese al camión de la firma de Borgo Panigale, pegadito a su boxe para conversar con sus máximos responsables (Gigi Dall’Igna, Davide Tardozzi y Mauro Grassilli)i, Marc tuvo que ir a su ‘motorhome’ para recoger sus enseres y trasladarse al aeropuerto para coger un jet privado y regresar a Madrid.

Ese trayecto, el recorrido entre el boxe y el aparcamiento de los ‘motorhome’ de los pilotos, es, en Le Mans, más largo que en ningún otro circuito. Es kilométrico. José Luis Martínez, el amigo y asistente inseparable de Marc Márquez, conducía el scooter, llevando al campeón de Cervera (Lleida) detrás. Pues bien, nada más abandonar el ‘paddock’ camino del ‘motorhome’, se llevaron la agradabilísima sorpresa de que miles y miles de fans habían abandonado sus localidades y, como si hubiesen sido convocados por la megafonía del circuito (que no fue así, claro), dibujaron, diseñaron, trazaron, construyeron un pasillo, repito, de miles y miles de ‘motars’, unos vestidos de Márquez, del 93, del 63 de ‘Pecco’ Bagnaia, del 5 de Johann Zarco, del 20 de Fabio Quartararo y, sí, sí, del 46 de Valentino Rossi, y ovacionaron, vitorearon, acariciaron y animaron al 93 a salir de su desgracia, deseándole la mejor de las suertes y la más rápida recuperación.

Cuando Márquez entró en su ‘motorhome’ para recoger lo más imprescindible era ya un hombre nuevo, estaba realmente conmocionado por haber vivido una despedida tan enternecedora, hermosa, gratificante y, sobre todo, alentadora.

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