Vela
Hans Geilinger, tras dar la vuelta al mundo en velero: "Unos piratas me apuntaron con tres kalashnikov"
El navegante suizo afincado en España presenta en Palma su libro Tuvalu, en el que explica su aventura dando la vuelta al mundo en velero en doce años

Hans Geilinger posa con su obra Tuvalu en la Biblioteca de Babel de Palma antes de su presentación. / H.G.
Aina Segura
Para todo amante del mar, ningún trozo de tierra llega nunca a igualar los azules del océano. El navegante sueña con vivir sobre las olas y recorrer millas y millas hasta perder la noción de tiempo. Hans Geilinger era uno de esos fantaseadores hasta que en 2011 emprendió la gran aventura de su vida: dar la vuelta al mundo en velero a lo largo de 12 años.
Hans era arquitecto y profesor de arquitectura. Nacido en Suiza y afincado en Barcelona, ya era amante del mar y compró junto con su mujer, Imma, un primer velero en el que recorrían el Mediterráneo. Ambos hicieron girar un globo terráqueo en 2011 y señalaron un punto al azar en medio del Pacífico que sería su próximo destino y el nombre de su segundo barco: ese lugar es Tuvalu.
Tuvalu es, además, el nombre del libro que Hans Geilinger presentó este miércoles en Palma y en el que cuenta su historia: "Tuvalu es el relato de nuestra vuelta al mundo de 12 años y 50.000 millas. Ese es el precontexto, pero en realidad el libro habla de otras cosas", explica a Diario de Mallorca. "En cualquier viaje hay un objetivo exterior, pero lo interesante es el interior, y eso es lo que quiero relatar en mi libro: qué pasa una persona en medio del océano, cómo afronta los problemas, la soledad, los encuentros culturales con pueblos indígenas…", cuenta el autor. Así, la travesía se convierte en una excusa para hablar de lo que ocurre en la mente y en el corazón de un navegante oceánico.

Hans Geilinger lee su libro, Tuvalu, en la Biblioteca de Babel de Palma. / H. G.
Hans y su mujer se lanzaron a la vida en el mar no por querer huir de su vida terrestre, relata, sino en busca de nuevas emociones: "Abandonar la zona de confort es muy rico para ti. En el mar todo se mueve, notas la lluvia, el viento en tu cara… todo es real. Yo buscaba esas emociones directas y sin filtros. El mar es una escuela de vida", relata el suizo.
Hans e Imma llegaron a pasar hasta cinco semanas en mitad del océano sin ver tierra firme y cruzándose con apenas dos embarcaciones. "Es lo más bello que existe", afirma, rotundo y apasionado. "Puedes estar horas y horas en la cubierta mirando las olas, viendo todos los azules que existen y con vistas de 360º al horizonte. Esto te llena con una paz absoluta; es una forma de meditación", cuenta. Para él, sus noches viendo el cielo estrellado eran una forma de recordarse a sí mismo lo insignificante del ser humano. "Cuando ya llegábamos a la Polinesia Francesa, estaba decepcionado porque quería seguir. El globo es 70 por ciento mar y 30 por ciento tierra; yo no sé por qué Dios creó la tierra, me sobra", detalla.
Sin embargo, aunque el navegante sea capaz de encontrarle el lado positivo, en 12 años hubo también hueco para las situaciones límite. Concretamente, según el propio protagonista, una o dos al año: "Podríamos haber dicho ‘hasta aquí hemos llegado’, pero aprendimos que esos son los momentos clave. Si superas un temporal bestia en alta mar, cocodrilos, tsunamis en el Pacífico o piratas, aprendes que, tras el peor de los temporales, subes otra vez a cubierta y todo se calma".
Hans e Imma pasaron miedo; pero el 99 por ciento de las cosas que imaginaban, confiesa, no terminaban por hacerse realidad. "Un día unos piratas me apuntaron con tres kalashnikov y estábamos rodeados. Ahí sí sufrimos mucho. No quiero hacer ‘spoiler’ de cómo salimos de la situación, pero la superamos", afirma sobre el 1 por ciento restante. Aun así, el suizo prefiere relativizar: "La realidad es que la AP-7 aquí en Cataluña es más peligrosa que una vuelta al mundo".
Doce años de travesía han sido suficientes para visitar muchos rincones del mundo, pero, de entre los más remotos, Hans se queda con Tuvalu, el archipiélago de nueve islas al norte de Fiyi, un poco más abajo del ecuador, que ha dado nombre a su barco y a su libro. "Son muy agradables y abiertos. Viven una vida centrada en la naturaleza y te acogen como nadie, no como aquí. Te abren el corazón. Es maravilloso poder formar parte de la vida de los indígenas", recuerda con emoción.

Hans Geilinger muestra su obra en el interior de la Biblioteca de Babel de Palma. / H.G.
Y es que de su contacto con ellos saca el mejor aprendizaje de su travesía: "Nosotros estamos siempre muy estresados y no tenemos tiempo. Allí la gente tiene tiempo, y esto es un lujo tremendo que hemos perdido". Hans Geilinger continúa: "El lujo no es tener un piso precioso, sino tener tiempo para pensar, para estar, para escuchar. Por eso, estos pueblos creo que son mucho más ricos que nosotros. En África se dice que los europeos tenemos relojes y los africanos tienen tiempo".
El navegante se siente "muy agradecido" por haber podido llevar a cabo este viaje por el mero gusto de navegar: "Normalmente la gente viaja por dos razones: los pescadores, para trabajar, y los inmigrantes, para huir de la guerra y las violaciones". "Yo he tenido la gran suerte de poder navegar por navegar. Es un lujo total que la vida me ha proporcionado", sentencia.
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