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Fútbol. Mundial de Qatar

Lionel Scaloni, el hombre sereno

El técnico argentino vive a caballo entre Mallorca, la isla de la calma, y la ciudad de la furia, Buenos Aires

Scaloni, en un entrenamiento de la selección de Argentina en Qatar JUAN IGNACIO RONCORONI

Tras perder en el partido inicial contra Arabia Saudí, la selección de Argentina jugaba sin red de seguridad el segundo envite ante México. Las horas previas fueron tensas. La presión sobre todo el plantel y los técnicos era asfixiante y el marcador no se movía. La albiceleste saboreó durante una hora el ácido de una posible tragedia hasta que apareció el de siempre. Leo Messi calmó los nervios y devolvió los corazones de millones de argentinos a su pulso normal con un golazo desde fuera del área. Era el minuto 64 y Argentina respiraba. En ese momento la televisión enfocó al banquillo en el que el segundo entrenador y leyenda del fútbol sudamericano lagrimeaba desconsolado. Pablo Aimar, ex de River Plate, Valencia y Zaragoza, en un reflejo liberador, rompió a llorar. Mientras, Lionel Scaloni intentaba serenar el momento. La imagen plasma de forma precisa el desahogo que supuso para el pueblo argentino el tanto de su capitán. Bendita locura.

A partir de la Copa del Mundo se crearon narrativas de héroes y villanos, y su historia converge con los acontecimientos más importantes del mundo a partir de entonces. Todos los mundiales encierran historias similares donde conviven la apoteosis y el naufragio, pero Buenos Aires, cada cuatro años, es la capital de la ilusión y de la desdicha. En la rueda de prensa post partido, cuando un periodista le mencionó la imagen de Pablo Aimar, el técnico del seleccionado argentino lanzó un discurso desdramatizador sobre la tormenta sentimental que rodea históricamente a su equipo: «Habría que tener un poco más de sentido común y pensar que es sólo un partido de fútbol. Parece que nos jugamos más que eso. Eso mismo sienten los jugadores en la cancha. No lo comparto. Es difícil hacer entender a la gente que mañana sale el sol se gane o se pierda». Bravo.

Uno más en Mallorca

Messi, que no suele prodigarse en elogios gratuitos, atribuyó mucha responsabilidad del momento actual de la Albiceleste al técnico:

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Lionel Sebastián Scaloni es uno de los más de quince mil argentinos residentes en Mallorca. El 25 de enero de 2008 llegó cedido del Lazio. Pese a estar únicamente una temporada y media en la isla, se le recuerda con afecto. Él tambien quedó seducido por el inagotable magnetismo de Mallorca, en donde conoció a su mujer. Le quedaban dos meses en la isla y Elisa Montero, entonces jugadora de voleibol, decidió dejarlo todo y acompañarle a Roma al acabar su cesión. «Fue muy loco porque me quedaban dos meses de préstamo antes de volver a Lazio y la conocí. Yo tenía 31 y ella, 29», explicó en su día en una entrevista Scaloni, que se retiró en 2015.

En 2012 había nacido Ian, su primer hijo, y en 2016 llegó Noah. Para entonces Scaloni ya había fijado su residencia en Calvià, un refugio en el que encontró tranquilidad e inspiración. Sobre todo porque no había pasado por su mejor momento anímico tras colgar las botas; tanto, que su mujer fue quien le convenció para que estudiara para entrenador.

En cuanto se instaló en su nuevo hogar, un miembro del club Son Caliu le llamó para trabajar en las inferiores del equipo y el técnico no lo dudó. Así, en ese año 2016 se hizo cargo del cadete A y, mientras, se sacó la licencia de entrenador UEFA-PRO.

Desde que asumió el cargo como seleccionador argentino, Scaloni vive a caballo entre la isla de la calma y la ciudad de la furia (Buenos Aires). Entre sus logros está haber transformado un equipo anárquico y atormentado en un grupo sólido que ríe unido, canta unido y llora unido.

Tomó el mando de una selección precedida de traumas recientes, envuelta en un sentimiento generalizado de fatalidad y con el peso mediático de responder cuanto antes. Frente al deambular frenético de Sampaoli (su antecesor) y su tremendismo a cuestas, Scaloni fue capaz de reinventar con naturalidad un equipo que supo ganar (Copa América, en Maracaná, a Brasil) y brindar competencia (36 partidos seguidos ganados).

Messi, que no suele prodigarse en elogios gratuitos, atribuyó mucha responsabilidad del momento actual de la Albiceleste al técnico: «Scaloni siempre tuvo una personalidad muy especial. Más allá de que es un técnico buenísimo, lo mejor que tiene es la comunicación y cómo manejó el grupo. Apostó por un grupo, por redirigir jugadores que serían importantes. Está seguro de él mismo. El grupo que se armó es todo gracias a él. Es muy sencillo, normal, realista. Entiende la fuerza del grupo».

Revitalizó a la Albiceleste

Sereno en las dificultades y agudo en las oportunidades, Scaloni manejó un metal caliente al que con personalidad y naturalidad transformó en batuta para dirigir una orquesta que puede cambiar caras y, ahora sí, ser reconocible. Consiguió revitalizar nombres a los que se miraba con sospecha desde la etapa anterior y que hoy pisan fuerte. Además del ‘Dibu’ Martínez (qué lejos quedan las épocas en que la valla del seleccionado argentino y el Real Mallorca compartían nombres ilustres como Germán Burgos, Carlos Roa o Leo Franco), afianzó una pareja de centrales llamada a imponer la vieja rudeza. Otamendi –todo en él está diseñado para asustar: la barba cerrada, las orejas abiertas y el cuerpo relleno de piedras; es un minotauro vestido de futbolista– y el joven ‘Cuti’ Romero, la aparición más extraordinaria que en materia de defensores ha surgido en la Argentina desde los tiempos de Roberto Ayala y Walter Samuel.

Scaloni y Messi, en un entreno con Argentina entrenando en Son Bibiloni R.D.

En la zona media, la solidez y el criterio corren a cargo de Paredes y De Paul, dos jugadores de esa rara estirpe que rinde más y mejor en su selección que en el día a día del club. Completa la medular un desmelenado Enzo Fernández, la nueva joya del fútbol argentino junto al atacante Julián Alvarez ( 10 goles en los últimos 12 partidos en los que fue titular entre Manchester City y Argentina). Y Lionel Messi como factótum de todo.

En una competición en la que la superioridad se mide en decimales, la carta Leo puede ser definitiva. ‘El Diez’ está en ese punto de la carrera de un jugador en el que la madurez y la experiencia se dan la mano con un punto físico todavía óptimo, cuando la piel ya exhibe cicatrices, pero todavía no enseña arrugas. 

La de Qatar es la última función de Lionel. Y la primera del otro Lionel. A Messi y Scaloni los cruzó el destino para que intentaran lo que hace cuatro años parecía una utopía: bordar la tercera estrella en la camiseta de la selección de Argentina y traer la Copa del Mundo al país que, seguramente, más la desea.

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