Suscríbete 4 Billetes GRATIS Diario de Mallorca

Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Atletismo

El hombro de un padre

Jim Redmond protagonizó hace treinta años una imagen icónica en la historia del deporte cuando saltó a la pista a acompañar a su hijo Derek a terminar la carrera en la que se despidió de su sueño olímpico

Derek y Jim Redmond, en los Juegos de Barcelona en 1992.

Jim Redmond nació en Trinidad y Tobago en 1941. Solo tenía catorce años cuando reunió las cuatro cosas que tenía, las guardó en una maleta, dijo adiós a sus padres y se marchó a Londres donde vivían unos tíos suyos que le acogieron en su casa. Se convirtió en aprendiz en una empresa de embalajes en cajas de cartón, ocupación que compatibilizaba con el instituto al que acudía por la noche. Se casó y tuvo dos hijos, Karen y Derek. Hace pocas semanas Jim Redmond falleció a los 81 años de edad, rodeado del cariño de los suyos como se suele decir en los comunicados oficiales, y a la mente de los aficionados al atletismo regresó una de las imágenes más icónicas de la historia de este deporte y que en los Juegos de Barcelona en 1992 fue capaz de robarle el protagonismo incluso al irrepetible 'Dream Team' con el que Estados Unidos se presentó en busca de la medalla de oro de baloncesto. Un instante que reúne la gloria y la tragedia que a veces acompaña al deporte.

Derek Redmond, el hijo de Jim, tenía un cuerpo diseñado para correr. Eso le dijeron a sus padres cuando estaba en el colegio y su profesor de gimnasia se obsesionó por que probase suerte en el atletismo. Aunque al muchacho le apasionaban otras modalidades deportivas, la insistencia acabó por llevarle a probar en la pista de tartán. Era evidente que ése era su espacio. Los cuatrocientos metros se convirtieron en su nuevo 'hogar'. En la prueba agónica por excelencia, en la que siempre ha brillado la escuela británica, encontró un lugar donde sacar provecho a sus impresionantes condiciones físicas. Pronto se convirtió en una de las grandes esperanzas del Reino Unido y justo después de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles (que le cogieron demasiado joven) llegó su explosión. 

Tenía diecinueve años cuando batió el récord nacional de los 400 metros para ganar los Bislett Games en Oslo con un crono de 44.82, un registro que le situó en el camino de las grandes conquistas. Al mismo tiempo empezaron a llegar las primeras señales de que sufría cierta inclinación hacia las lesiones. Pequeñas molestias al principio, alguna rotura fibrilar... problemas que entorpecían en ocasiones su preparación. Pero aún así empezaron a llegar los éxitos. Sobre todo en los relevos. Fue cuarto en la final de un europeo individual y quinto en el Mundial de Roma de 1987 (siempre cerca del podio) pero fue con el equipo británico con el que primero alcanzó la gloria. Oro en el Europeo y plata en el Mundial solo por detrás de los inalcanzables norteamericanos.

El velocista se había perdido los Juegos de 1988 por lesión y soñaba con resarcirse

decoration

Los Juegos de Seúl suponían para él todo un reto. Tenía 23 años y era el momento de situarse a un nuevo nivel. Daba por segura la medalla en el relevo, pero su ambición estaba en subirse al fin al podio individual en un gran campeonato y romper con lo que se anunciaba como un monopolio de los Estados Unidos. Mes y medio antes de viajar a Corea reaparecieron los viejos problemas musculares. Los entrenamientos de Redmond disminuyeron en intensidad a la espera de que el descanso hiciese desaparecer la dolencia, lo que le hizo llegar a Seúl corto de preparación, con demasiadas dudas y temores en el equipaje. Los peores vaticinios se hicieron realidad en cuanto pisó el país asiático. Tres días antes de comenzar a competir se rompió del todo. Ya no había nada que hacer. Su viaje a Seúl había sido en vano. El sueño olímpico se desvaneció antes de que arrancase. El golpe de su adiós fue tan grande que incluso el Reino Unido se quedó sin medalla en el relevo donde estaban convencidos de que subirían al podio. Dejó el país envuelto en un mar de lágrimas, inconsolable.

Para Derek Redmond lo peor llegó a su regreso a Inglaterra. Tuvo que pasar cinco veces por el quirófano, estuvo casi un año parado y lo peor fueron las secuelas psicológicas que el proceso estaba dejando en el atleta. Una situación delicada de la que se hizo cargo Jim Redmond, su padre. Hasta ese momento había seguido la carrera de su hijo con pasión, pero a cierta distancia, sin participar en exceso. Pero en 1989 entendió que la carrera de su hijo y su salud mental estaban en serio peligro y que era el momento de no separarse de su lado. Reajustó su trabajo, sus horarios y convirtió a su hijo Derek en su principal ocupación. No se separó de él. Fue su padre, su amigo, su chófer, su consejero, su psicólogo, el bastón en el que apoyarse, el hombro sobre el que llorar, el tipo que siempre estaba a su lado en cualquier entrenamiento, en cualquier visita al médico. Fue su sombra desde aquel momento. 

Juntos fueron dando pequeños pasos y recuperando una buena versión de Derek. En 1991 acudió al Mundial de Japón y allí no pudo pasar a la final individual, pero en el relevo encontró una de las grandes alegrías de su vida. Formando equipo con Roger Black, John Regis y Kriss Akabusi logró la medalla de oro superando a Estados Unidos por solo cuatro centésimas en una de esas carreras inmortales. Aquel triunfo tuvo un efecto sanador en él porque le libró de todos los miedos de golpe. Se sentía cada vez mejor, en cuerpo y alma.

En 1992 llegó a los Juegos de Barcelona después de haber medido mucho la temporada. Un año tranquilo, de mucho entrenamiento, escasa competición y largos descansos. Siempre con su padre Jim al lado. Todos los analistas estaban convencidos de que a sus 27 años llegaba a la cita en el momento ideal para sacar todo lo que llevaba dentro. No tardó en demostrarlo en las primeras eliminatorias en las que se impuso de manera cómoda, sin dar impresión de forzar, pero aún así logrando la mejor marca personal en los últimos cuatro años.

Desde ese momento comenzó a cargar con la presión de saberse señalado. Las dudas sobre su rendimiento parecían despejadas y los americanos sabían que tenían una importante amenaza en él. El 3 de agosto, bajo el intenso calor que aquellos días azotaba Barcelona, se disputaban las semifinales de los 400 metros. En la primera de ellas Redmond salió de manera impecable y llegó a la mitad de la carrera dando una magnífica impresión liderando la carrera. Estaba a punto de comenzar la última curva cuando sintió un latigazo en la zona de los isquiotibiales. Cayó redondo sobre la pista mientras el resto de rivales se alejaba a toda velocidad. Las imágenes de televisión siguieron a los deportistas en el esfuerzo final, pero pronto volvieron a Derek Redmond que lloraba como un niño agachado con la cabeza entre las piernas. Los médicos se acercaron a él para atenderle, pero el atleta británico inició en ese momento el camino hacia la meta. Sobre una pierna, caminando con enorme dificultad, Derek Redmond quería acabar aquella maldita carrera. El público comenzó a aplaudir el esfuerzo emocionante del atleta justo cuando alguien apareció en la pista tras saltarse los controles de seguridad. Era Jim Redmond. 

Se acercó a su hijo, le cogió del brazo y fue una vez más el bastón en el que apoyarse. Como tantas otras veces durante los últimos años. “Vamos a acabar esto juntos” le dijo. La imagen de la recta final es sobrecogedora con los jueces tratando de hacerles salir de la pista y Jim Redmond alejándolos con gestos enérgicos mientras Derek llora y grita de dolor y rabia. El Estadio de Montjuic, lleno hasta los topes, les dedicó una de las ovaciones más atronadoras que tuvieron lugar durante aquellos Juegos Olímpicos. Derek cruzó la línea de meta convencido de que aquella podía ser la última carrera de su vida y no quería dejarla a medias. Jim solo acertó a decir a la conclusión que estaba “mucho más orgulloso de él que si hubiese ganado la medalla de oro”.

Los augurios de Derek estaban en lo cierto. Los médicos le diagnosticaron una rotura en el tendón de la corva que le impedirían volver a correr. Aquel 3 de agosto en Barcelona había disputado la última carrera de su vida deportiva. Después de aquello probó en otros deportes e incluso llegó a ser de manera efímera internacional por Inglaterra como jugador de baloncesto. Trabajó para la Federación Inglesa de Atletismo y hoy disfruta de una vida tranquila donde no falta gente que acude a él en busca de una charla motivacional. Su mayor triunfo en la vida fue ese minuto y medio que corrió sobre una pista vacía abrazado a su padre y sin más aliciente que acabar la carrera de cualquier modo. 

Compartir el artículo

stats