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Opinión

Al dueño norteamericano

Robert Sarver, en el palco de Son Moix.

Es posible, muy posible, que en las charlas que mantuvo Javier Tebas, el presidente de la patronal del fútbol, es decir, el mandamás de LaLiga, aquel que cuando se refiere a su deporte habla de “la industria del fútbol”, con el milmillonario norteamericano Robert Sarver (Phoenix, EEUU, 1961) y/o sus representantes, que debieron ser un montón, le asegurase que “bien llevado, el Real Mallorca podía ser un negocio”.

No ha sido el caso, sobre todo teniendo en cuenta el significado que la palabra “negocio” debe representar en la mente de un ‘yankee’ acostumbrado a ganar millones de dólares, que no de euros, a espuertas. Eso sí, sirva este segundo párrafo para expresar un gran reconocimiento al dueño norteamericano, al que le costó situar Mallorca en su mapamundi; al presidente Andy Kohlberg, dicen gran tenista de dobles; al director financiero Alfonso Díaz y, por la parte que le corresponde, en el acierto del entrenador y jugadores (y ascenso), al director deportivo Pablo Ortells.

Entonces, si el Mallorca no es un negocio, nunca lo ha sido y su mayor mérito es seguir vivito y coleando después de haber logrado en contadísimos años la proeza de pasar de Segunda B a Primera División, deberíamos preguntarnos qué función cumple el club rojillo en nuestras vidas. Desde luego, el Mallorca, desgraciadamente, pinta muy poco, más bien nada, en un paraíso como el mallorquín, casi diría balear, donde el club rojillo está perdiendo la oportunidad de convertirse, sino en ‘més que un club’, función imposible ya que hasta el Barça ha dejado de ser eso que dice ser, como poco en un aglutinador de ilusiones de muchos mallorquines, poco dados, eso sí, a expresar su cariño por cualquier color deportivo y menos colectivo.

Es evidente que ni a Sarver ni a Kohlberg se les puede tachar de personas enamoradas de la isla e integradas en la sociedad mallorquina, por otro lado, cerradísima. Es evidente que aquellos que siguen, cumplen y se esmeran en la gestión del día a día hacen de triplas corazón y cumplen, no solo órdenes, sino que se esmeran para que los números cuadren y, sobre todo, al equipo no le falte de nada, cosa que consiguen con creces.

Pero….pero el Mallorca no es ni chicha ni limonada. La posibilidad de que el club acabe representando realmente la fuerza deportiva que aglutina esta isla tanto en el aspecto individual, lógicamente liderado por el tremendo Rafel Nadal, como colectivo, con multitud de clubs y equipos en diversas especialidades que hacen que los amantes del deporte en Mallorca se sientan orgullosísimos de ellos, es nula.

Nadie entiende (o, al menos, yo no acabo de comprenderlo) cómo el Mallorca no ha llegado a acuerdos o, incluso, asumido bajo sus colores y organización a entidades tan tremendas, con tan extraordinaria imagen y con tan magníficas prestaciones y resultados como son el Palma Futsal, que, desde luego, mereció mejor suerte ante el poderoso Barça en el ‘play off’ de la Liga; el Voley Palma, orgullo de todos los mallorquines y el no menos vistoso y competitivo Palmer Alma Mediterránea Palma de basket. Todos ellos ¿verdad? podrían vivir, competir e, incluso, mantenerse en la élite de cada uno de sus deportes bajo el paraguas del Mallorca. La verdad, no tiene ningún sentido que no sea así. Por no hablar (y perdonen ustedes) de que el club rojillo no tiene ni equipo femenino de fútbol.

Uno, a veces, tiene la sensación de que a los dueños del Mallorca les ha interesado más intentar obtener una licencia de hotel-residencia para la Ciudad Deportiva Antonio Asensio, que mejorar la propia instalación, que no cesa de cambiar de director, lo que indica, no solo poca estabilidad, sino la escasa relevancia del cargo. Y es que solo cuando el fallecido empresario periodístico fue dueño del Mallorca, el club estuvo implicado en la sociedad mallorquina o lo intentó con personalidades como Juan Buades, Vicenç Roger, Guillem Reynés y, por supuesto, Mateu Alemany, que aportaron un enorme prestigio social a la entidad y, sobre todo, fueron protagonistas de una época y un proyecto claramente mallorquín. Todo ello por no señalar cómo es posible que veteranos jugadores, puramente rojillos, como son Toni Prats, Miquel Soler, ‘Chichi’ Soler o el mismísimo Vicente Engonga, por citar cuatro ejemplos que me vienen a la cabeza, no formasen parte eterna del club.

Bien es cierto que cuando el Mallorca ha sido de algún mallorquín y ahora pienso en el propio Alemany, Vicenç Grande o el enorme Llorenç Serra Ferrer ha recibido más palos que siendo del norteamericano Sarver, que ni aparece por la isla. Lo he escrito mil veces y no me cansaré de hacerlo: esta es una isla, una sociedad, donde se valora muy poco qué significa tener un club, un equipo, en Primera División, porque toda la isla cree formar parte ya de la primera división (turística) del mundo y con eso tiene bastante, de sobras, incluida la pandemia.

Así que, de nuevo, volvemos a estar en uno de esos momentos históricos del ‘Mallorqueta’ que, repito, interesan o inquietan a muy poca gente, a poquísima gente. Muchos quisiéramos que alguien, en el seno del club y, en ese sentido, es evidente que debería ser el propio dueño de los Phoenix Suns y/o su representante en la tierra, es decir, en la isla, Andy Kohlberg, quien decidiese si estamos aquí, es decir, en Primera División, para mantenernos, para consolidarnos, para seguir en la élite muchos años o, simplemente, de paso, aprovechando la ocasión para empatar pues, según cuentan, entre la compra y lo invertido se han gastado unos 50 millones de euros, cifra que es, más o menos, la que podría recibir la próxima temporada el Mallorca por derechos de televisión.

Si el dueño ‘yankee’ decide empatar y asume lo comido por lo bebido, el Mallorca bajará a Segunda División el próximo mes de junio o, incluso, un mes antes, ya verán. Si tras el empate, deciden vender (por aquello del negocio que les prometió Tebas), entonces que Dios nos pille confesados porque puede llegar desde un fondo de inversión hasta un árabe, pasando por un intermediario rico. Mal asunto ese.

Es evidente y se supone que eso lo saben tanto Luis García Plaza, que ha sabido hábilmente aprovechar la inercia provocada, el pasado año, por Vicente Moreno, al que, por cierto, el dueño dejó en la estacada al no cumplir ninguna de sus peticiones en su visita a Phoenix (EEUU), como Pablo Ortells, que el chicle ya no se puede estirar más. Soñar, pensar, programar que la herencia de aquella plantilla de Segunda B (Manolo Reina, Joan Sastre, Antonio Raíllo, Salva Sevilla, Lago Junior, Abdón Prats, Fran Gamez, Dani Rodríguez…) puede estirarse (con éxito) un año más en LaLiga resulta, como poco, ingenuo por no decir insensato. Y si los refuerzos que se están pensando pasan por Ángel Rodríguez, del Getafe, o, de nuevo, el tan zarandeado japonés Take Kubo, que no enamora a nadie, estamos apañados. Y ellos lo saben.

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