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Opinión

El Madrid pacta un 2-1 con su mejor socio | Por Matías Vallés

Benzema condena al fuego eterno a quienes le llamamos Zampabollos.

Benzema condena al fuego eterno a quienes le llamamos Zampabollos.

Antes del desplome del bipartidismo Real Madrid/Barça, más sólido que el PP/PSOE, el único aliciente de la Liga consistía en determinar el número de puntos, en decenas, que ambos líderes sucesivos sacarían al tercer clasificado. Blancos y azulgranas practicaron un turnismo eficaz durante su dictadura europea, para ti la Liga y para mí la Champions.

Hasta las alineaciones iniciales de anoche, con dos líneas defensivas de pacotilla donde las ausencias de Ramos/Piqué son más sensibles que la disolución del dúo Cristiano/Messi, demuestran que Madrid y Barça han perdido el músculo económico. Son los únicos clubes de su cohorte europea que no han caído en manos de jeques corruptos, oligarcas rusos homicidas y déspotas de la dinastía Ming. Depauperados, los gigantes españoles han de conformarse con fichar a los Braithwaite.

De ahí la anomalía de que el Madrid-Barça comenzara con ambos equipos fuera del liderato, si bien nadie duda de que Simeone flaqueará en el momento decisivo. Los antaño hegemónicos se encontraban incómodos con el traje de meros aspirantes, aunque los madridistas no vengan tan lastrados por la pérdida de abolengo, al tratarse de un equipo con más prisas que cabeza.

La primera sorpresa de ayer no son los goles inmaculados y repentinos del Madrid, que condenan al fuego eterno a quienes llamábamos Zampabollos al taconeador Benzema y AstraZeneca a Vinicius, sino la sorpresa de que el Barça juegue peor sin Griezmann. Y aunque el gol directo de saque de esquina obstaculizado por el palo hubiera supuesto la rehabilitación de Messi, el argentino ya juega igual con el Barça que con su selección. Se ha entregado al jaleo y al barullo, cede protagonismo y cada vez es más fácil de neutralizar.

Solo un cobarde arrincona a Marco Asensio, el Curro Romero del fútbol de élite, en la jornada determinante. El entrenador rival empantanó a Dembélé en el centro del área, donde solo podía reflexionar que no es su vicio más frecuente, y parodió a Clemente con tres centrales deficientes. Con su debilitante conservadurismo, Zidane y Koeman demuestran que solo comparten con Cruyff el manejo del castellano a martillazos.

Aunque el partido empezó al galope, se observará la ausencia de épica en esta crónica. En realidad, no se disputaba un duelo a muerte, sino una cumbre de estadistas trasnochados, que intercambian glorias pretéritas y repasan las heridas de sus embates fulgurantes cuando dominaban el mundo.

De ahí que el 2-1, en un campo que se llama Di Stéfano porque solo le faltan las piedras que embellecían el terreno de juego en tiempos del hispanoargentino, no sea un resultado, sino un pacto por la mínima. Una negociación de noventa minutos ha resuelto el liderazgo ocasional de los madridistas, pero en armonía con su mejor socio, al que se concedió el larguero agónico de Ilaix. Los goles son la consecuencia, no la causa. El Madrid ganó por su superior sangre fría. La salida al campo de los has been Isco y Marcelo confirmaba el ambiente de ceremonia nostálgica. Fútbol de otra época, que no volverá.

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