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Dionisio de Siracusa en San Mamés

Sobre la victoria del Athletic sobre el Barcelona en la Supercopa de España

Una antigua anécdota, recogida por un biógrafo anónimo de Aristófanes, cuenta que cuando el tirano Dionisio de Siracusa le pidió a Platón que le explicara la constitución ateniense, el filósofo lo remitió a las comedias de Aristófanes. Platón tenía buen ojo para estas cosas porque es precisamente en las comedias de Aristófanes donde encontramos, mejor que en ningún otro sitio, la esencia del régimen político ateniense. No es que Aristófanes explique en sus obras los mecanismos del sistema democrático del que tan orgulloso estaba Pericles, sino que en sus comedias está el auténtico “modo de vida” ateniense, lo que es y no es correcto, los nutrientes éticos (también políticos e incluso estéticos) que modelan al ciudadano. Por eso la comedia, si está a la altura de Aristófanes y no en el nivel que marcan los vídeos de caídas y los humoristas que concursan en “MasterChef”, es tan importante para la polis.

Por eso los que odian la educación cívica desprecian la comedia. Por eso los que no entienden que ningún hombre ha nacido solo para sí mismo confunden la comedia con un chiste de Bertín Osborne y ven la risa en el teatro político como un asesino vería la llegada de Colombo al escenario del crimen. Platón, hoy, recomendaría a Dionisio de Siracusa que viera la final de la Supercopa de España entre el Athletic y el Barcelona: no porque el partido fuera una comedia, sino porque en la victoria del Athletic se encuentra la esencia de nuestro modo de vida y los nutrientes éticos que pueden conducirnos a la salida de esta caverna en la que vivimos encadenados por un virus. El Athletic nos enseñó que no hay que guardar nada para la vuelta, una lección que ya aprendimos en la película ‘Gattaca’ cuando Vincent consigue vencer en una carrera a su hermano. Que los partidos duran 90 minutos en el reloj y muchísimo más en la vida. Que los planes están para cumplirlos, y que el cumplimiento de los planes implica siempre adaptarse a las circunstancias empeñadas en que los planes no se cumplan.

Por eso no importa si en un momento dado, como diría Johan Cruyff, hay que arrojar el escudo para salir corriendo, como hizo el poeta Arquíloco de Paros en una batalla. O sustituir a Messi en plena final. En ‘La ciudad desaparece’, una de las aventuras del Capitán Trueno, el globo en el que viajan el Capitán y sus amigos se quema, pero el héroe se limita a decir: “¡Bah! Ya construiremos otro”. Los escudos, los globos y los grandes futbolistas son importantes, pero a veces hay que tirar el escudo y hay que seguir jugando sin la ayuda del globo. La victoria del Athletic también nos enseñó que el truco de un buen banquillo está en tratar a los futbolistas suplentes no como conejos que salen de la chistera del mago, sino como la esperanza que quedó en el fondo de la caja de Pandora después de que escaparan todos los males del mundo. Y que la magia y la fe, sin embargo, existir existen y haberlas haylas, pero solo cuando están al servicio de la razón de un disparo perfecto desde fuera del área o una vacuna certera producida en un laboratorio atestado de sabios. Que, de repente, un cisne negro o un futbolista apellidado Villalibre pueden cambiarlo todo para que nada siga siendo lo mismo. Que ganar es difícil, pero saber ganar es dificilísimo. Que el hambre no tiene nada que ver con las ganas de comer. Que un punto de apoyo o un balón parado pueden mover el mundo. Nuestra constitución, es decir, nuestra “politeía”, nuestro modo de vida, está en las comedias de Aristófanes y en el fútbol más que en los pasillos del Congreso. Si Dioinisio de Siracusa quisiera entender nuestro modo de vida, haría bien en ver Los Simpson y en pedir a Platón que le consiga una entrada para asistir como público a un partido del Athletic en San Mamés. Cuando se pueda, claro.

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