Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Vale, te vas, y, ahora, ¿qué hacemos los demás?

Vale, te vas, y, ahora, 
¿qué hacemos los demás?

Vale, te vas, y, ahora, ¿qué hacemos los demás?

Vale, estupendo, ya te fuiste. Y ahora, pelotudo, ¿qué hacemos los demás? Venga, sí, explícate, pues aún estás vivo ¡y más vivo que estarás!, ¿qué carajo tenemos que hacer los demás? ¿Qué les espera a esos miles de ‘enfermos’ que dejaste en Nápoles? ¿Qué hará ese tipo del bar que tiene aquel altar con las cosas que tú le fuiste dejando cada vez que ibas allí, a aquel barrio miserable, para regalarles tu sonrisa y dejarles un llavero, además de la gloria? «Este triunfo está dedicado a la Italia rica, que piensa que Nápoles es el norte de África», gritaste.

¿Qué hará el niño, los niños, a los que les guiñaste el ojo? ¿Qué haremos todos aquellos que crecimos contigo al lado, que vimos como nuestros hijos forraban los libros con tus fotos? ¿Qué mierda hacemos con las colecciones de cromos? ¿Qué hago con mi equipo de botones y esa camiseta albiceleste con el 10 sobre ese botón, que me costó una fortuna, en los Encantes viejos? ¿Qué hago? ¿No lo saco más a jugar? ¿Lo dejo si te parece en ese autobús que me monté con la caja de madera de Montecristos que le robé a papá?

Vivir 120 años. ¿Qué le digo a mi maestro, a mi hermano, a mi amigo, a mi inseparable Antonio Franco cuando volvamos a jugar un partido de botones, sobre el viejo Altabix de formica, cuando no te saque a jugar porque ¡a la mierda!, ya estás muerto? Claro, para ti, que viviste 120 años (porque morirse a los 60, sin haber dormido durante todos esos años, como has hecho tú, significa vivir el doble), morirte es fácil. Lo jodido es para los que nos quedamos aquí abajo, sin ti.

Porque, ala, dime ahora que hago yo con mi clave secreta. Durante años, desde que empezó este cuento de la informática, esta locura, que ha terminado siendo nuestra cárcel en modo portátil, Ipad, móvil, hace, no sé, 40 años, el muchacho de Sistemas, el chaval que ya llevaba un pendiente en la nariz y una bola de plata en la lengua, me pidió que le diese mi clave, una palabra secreta. Y le dije, claro, ¡cómo no!, Pelusa. Eso significaba que todo lo que era mío, que todos mis secretos, ¡que lo sepas, ahora que te has ido y me has dejado jodido!, estaban guardados bajo tu nombre.

Yo me quedo con ‘Pelusa’. Y, claro, cuando en el 91, en Nápoles, diste positivo por vez primera, media redacción, parte de la familia y mis amigos, que ya sabían (yo jamás he tenido secretos para nadie) que mi clave era Pelu sa, me sugirieron que la cambiase. «Está manchada, Emilio, está manchada». Pero yo jamás la cambié. Y con ella sigo. ¿Qué hago ahora, tipo alegre? ¡Pues mantenerla! Porque yo siempre fui del Pelusa, otra cosa era Diego Armando Maradona. Para mí se ha ido Diego Armando Maradona, pero, en las casas de medio mundo seguirá viviendo el Pelusa, que fue quien nos convirtió a todos en niños o quien nos impidió crecer y mantenernos tontos, bobos, entusiasmados con tu fútbol. Tú no volvías por Navidad, tú te pasabas el año en el comedor de casa.

He leído que dejaste escrito, dicho en televisión, hace 15 años, en un programa donde te autoentrevistaste (‘La noche del 10’, creo que se llamaba) que querías que en tu tumba figurase la inscripción ‘Gracias a la pelota’.

Gracias a ti por todo lo que nos diste. Lo demás, te lo quitaste tú. Casi la vida.

Para continuar leyendo, suscríbete al acceso de contenidos web

¿Ya eres suscriptor? Inicia sesión aquí

Y para los que quieren más, nuestras otras opciones de suscripción

Compartir el artículo

stats