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Opinión

Messi, Eurípides, la suerte y los repartidores

Sobre el burofax del argentino y su falta de humildad

Leonel Messi.

Leonel Messi.

Ojalá la saga/c de Messi hubiera sido una tragedia griega, y no un triste y bastante cutre culebrón (es decir, culé-bron). Ojalá ese Messi que lanzó un burofax contra su casa culé pudiera haber dicho, como Medea en la inmortal tragedia de Eurípides antes de dar muerte a sus hijos para vengarse de Jasón, que sabía los crímenes que iba a realizar, pero su pasión era más fuerte que sus reflexiones. Ojalá pudiéramos hablar de Messi como un nuevo Áyax (no el equipo de Ámsterdam, sino el héroe griego) en la tragedia de Sófocles cuando, después de haber perdido su honor al degollar a unos corderos en el campamento griego a los que confundió con los jefes aqueos de quienes se quería vengar, se suicidó arrojándose sobre su espada. ¡Ah! ¡Qué poderosa imagen! Áyax se suicida a la vista de los espectadores, a pleno sol, y su cadáver queda en escena desde la mitad de la obra de Sófocles hasta el final. Imagínense a Messi que, consciente de que ese burofax le hizo perder su honor ante los futboleros del mundo, se suicida futbolísticamente arrojándose sobre su contrato y su cadáver queda a la vista de todos hasta que pueda fichar por el Manchester City o el PSG. Tremendo. Pero Messi no es Medea. Messi no es Áyax. Messi no es un personaje de Eurípides o Sófocles.

La pasión de Messi no es más fuerte que sus reflexiones, y Messi y su padre-representante prefieren los contratos galácticos y la ingeniería financiera a los suicidios futbolísticos por honor. No hay espacio para la tragedia. Pero hay algo peor. El burofax de Messi, la arrogancia de las superestrellas del fútbol, el absurdo poder de los representantes, la urgencia en construir nuevos mitos que alimenten el espectáculo (espero que Ansu Fati resista el canto de las sirenas), la aplastante presencia de los patrocinadores, el asqueroso empuje de las casas de apuestas... Todo eso nos hace olvidar algo en lo que insiste el filósofo estadounidense Michael J. Sandel: falta humildad. ¿Messi, Neymar, Hazard, Ronaldo, Lewandowski, ‘Kun’ Agüero e incluso Bale merecen lo que ganan? Aceptémoslo. Pero el “lenguaje corporal”, por decirlo así, de estos futbolistas nos muestra que los deportistas riquísimos suelen olvidar, como dice Sandel, que su éxito no es atribuible enteramente a ellos y que están en deuda con su comunidad. Sus entrenadores, sus circunstancias, sus compañeros, sus rivales, su público y, atención, la suerte los han ayudado en su camino. Apreciar el valor de la suerte en la vida puede dar pie a una necesaria humildad. ¿Recuerdan la servilleta en la que Messi firmó su primer contrato con el Barça? Suerte. Lo voy a decir: hasta Messi podría haber sido un excelente futbolista del Valencia o del Cádiz (con todos los respetos para el Valencia y el Cádiz), y no un indiscutible dios del fútbol. ¿Saben lo que hay detrás del burofax de Messi? Falta de humildad. Desprecio de la suerte. Creencia de que todo el éxito de Messi reside en Messi.

Sandel, reflexionando sobre el reconocimiento (por desgracia, teórico) a ciertos trabajadores esenciales durante la pandemia, nos recuerda cuánto dependemos del trabajo de repartidores, cuidadores, empleados de supermercados, limpieza, hospitales... Hasta Maradona necesitó que alguien le pasara el balón en su inolvidable gol a Inglaterra en el Mundial de México. ‘El Negro’ Enrique dio la pelota a Maradona y luego el barrilete cósmico dejó en el camino a cinco futbolistas ingleses antes de marcar gol en la jugada de todos los tiempos, como dijo el periodista Víctor Hugo Morales. ¿No hay repartidores, cuidadores y empleados de supermercados en el fútbol? No es necesario que Messi se convierta en un personaje de Eurípides, pero Messi sí necesita humildad y, como Maradona después del gol a Inglaterra, pensar en la suerte que tiene.

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