Manix Mandiola (Eibar, 61 años) tiene la capacidad de no dejar a nadie indiferente. Es de esos personajes que ya no quedan en el mundo del fútbol. Amante de la vieja escuela y defensor a ultranza de la simplicidad, en sus dos temporadas y media al frente del Atlético Baleares se ha ganado el cariño de una afición que llevaba mucho tiempo demandando un ídolo de sus características: campechano, sencillo y resolutivo.

Aterrizó en la isla en febrero de 2018 para empadronarse en ella e intentar obrar el milagro de la salvación, gesta que logró sobre la bocina y cuya meta valoró la propiedad blanquiazul, con quien ha mantenido numerosas tiranteces públicas, pero con quien siempre ha acabado llegando a un acuerdo.

Del fruto de ese entendimiento se han gestado las dos últimas temporadas, donde pocos peros hay que ponerle al eibarrés y a su forma de entender el fútbol. En la 2018/19 peleó hasta el último minuto por lograr el ansiado ascenso a Segunda División, pero los play-off, en los que ayer volvió a tropezar, volvieron a no caer de su lado. "A mí el fútbol ya me ha dado suficiente, pero al Baleares le debe un ascenso", señalaba antes de los play-off.

En el presente curso se dio el lujo de romper moldes en el inicio de la temporada, sumando 30 puntos al término de las once primeras jornadas y convirtiéndose en el primer conjunto de Segunda B que conseguía una hazaña de dichas características desde que la victoria vale tres puntos. Pronto su equipo, al que consiguió dar forma pese a las numerosas novedades, se aupó a la primera plaza y en ella se quedó hasta que el pasado mes de marzo la pandemia por el coronavirus frenó el mundo entero.

Dicharachero y amante empedernido del cine y el buen comer, siempre está dispuesto a compartir una buena copa de vino con aquel que quiera darle conversación. Ondea la bandera del buen vasco y defiende la cantina interior como modo de vida. Él mismo confiesa que se obliga a salir a caminar, al menos una tirada larga a la semana y casi siempre por el Port de Sóller, acompañado de una buena radio que amenice los kilómetros. "La gente se me queda mirando y mi mujer me dice que por qué no uso cascos como el resto de las personas normales", reconoce que le inquieren. Pero es que Manix no es como el resto de las personas normales.

Mandiola no tiene pelos en la lengua y cuando se le pregunta no tiene ningún problema en dar su opinión, aunque esta no siempre case con lo correcto. Es el antagonismo del entrenador de fútbol moderno. Hay quienes consideran, incluso, que su humor es desproporcionado y ofensivo para los tiempos que corren, algo que por supuesto no va a hacer cambiar su forma de ser. Manix no encaja en un mundo de pieles fina, rehúsa las redes sociales y evita, en la medida de lo posible, leer la prensa deportiva.

En lo futbolístico se aleja de la cotidianidad que marcan los protocolos actuales, de los discursos heroicos y de la complejidad que crean algunos entrenadores alrededor de una pelota. No ha mostrado un vídeo a sus jugadores de ningún rival a lo largo de la temporada "porque luego sobre el verde cada partido demanda una cosa diferente". No es partidario de inflar la cabeza del profesional con discursos complejos "porque no todo el mundo los entiende". Tampoco es de abroncar a sus futbolistas públicamente, a quienes cuida con mimo de puertas a fuera, pero a quienes siempre somete a sus chascarrillos habituales.

A quien le paga le llama "hooligan" y a quien le contrata, "juvenil", pero quien le conoce y sabe de su humor, respeta sus salidas de tono. Ataviado siempre con una gorra, su complemento más distintivo, ha sabido adaptarse sin problemas a los requerimientos que le impuso su club en esta última temporada, desmontándole una plantilla que tan buenos resultados había sumado, y a los de la Federación, pasando del Grupo III al I sin tan siquiera despeinarse. Tampoco tuvo ningún problema en dar el salto de Son Malferit al Estadi Balear, donde ha vuelto a firmar unos números envidiables como local. Algunos se atreven a acusarle por su racanería en el fútbol, con abundancia de victorias por la mínima, pero la mayoría le halagan por su trabajo resolutivo y su buen hacer con los futbolistas.

"Mi futuro ya está cerrado, pero lo contaré después de la publicidad", advirtió Mandiola hace pocos días a este diario en una entrevista previa a los play-off por el ascenso. Tras la publicidad dijo que se va, que su etapa en el Atlético Baleares ha llegado a su fin, decisión que tenía muy meditada. Lleva ya muchos años soportando el calor de la isla. Un vasco necesita los vientos del norte. Aquí, pese a no conseguirse el objetivo, ha dejado una huella imborrable. Agur, Manix.