Con todo lo que se quejó la pasada temporada de que nadie hablaba de fútbol, no parece posible hoy día hablar con Manzano, desde o en Palma, de otra cosa que no sea de Mateu Alemany.

Ha hecho de su demanda una cuestión personal, lo que nos aconseja no entrar en litigios particulares, los divorcios son cosa de dos aunque este no parezca de los civilizados o de común acuerdo y quien se mete a redentor sale crucificado.

Sin embargo, y empeñados en no rebasar los límites de lo deportivo, es cierto que el Mallorca de hoy juega con los futbolistas de ayer. Puede que la herencia económica haya sido como para rechazarla, pero en cambio la plantilla de la que dispone Laudrup se compone de veintiún fichajes de la etapa anterior y solamente cuatro novedades. No hace falta condecorar a nadie por ello, pero tampoco ignorar la realidad.

Ya dijimos hace unos días que Manzano, como otros, puede caer bien, regular o mal; puede ser simpático, antipático, orgulloso o amable, tonto o inteligente, listillo o ingenuo. Cada cual es muy libre de pensar de él cuanto le venga en gana, pero su trabajo o, mejor dicho, los resultados del mismo, figuran en todas y cada una de las actas de los partidos. Matemática pura, igual que historia, agua pasada que, para bien o para mal, ya no mueve molino y, por tanto, no tiene sentido remover la masa.