Una vez que Fernando Alonso superó a Hamilton el pasado domingo quedó casi todo el pescado vendido. La atención dejó de estar en la pista para estar detrás del muro de uno de los equipos en el que permanecieron sentados y concentrados Christian Horner y Adrian Newey, máximos responsables de Red Bull. Si acaso el accidente de Liuzzi rompió la monotonía de los dos últimos tercios de una carrera donde los protagonistas eran estos dos señores. Son fieles a un estilo de dirección y prisioneros de sus palabras al haber dicho en numerosas ocasiones que siempre darían libertad a sus pilotos y por ello se encuentran en la situación más habitual a la que llevan este tipo de decisiones. Tener a dos pilotos ganadores acostumbra a dar el título de constructores, que es el que han conseguido, y acostumbra a comprometer el de pilotos, que es el que pueden acabar perdiendo. Que un equipo con solo seis años de historia en la competición reina consiga el Mundial de marcas es un éxito sin precedentes en la Fórmula 1 reciente. Supera con creces al conseguido por Brawn el año pasado ya que estos recibieron toda la infraestructura de Honda. Red Bull empezó de cero y con un folio en blanco en manos de Adrian Newey. Puede que como consecuencia de esa juventud carezcan de la experiencia necesaria en la gestión de los pilotos. Ahora bien, sigo creyendo que Adrian y Christian tienen muy poco margen de actuación. El pasado domingo ni Domenicalli habría sido capaz de convencer a Vettel de que debía dejarse adelantar. Ni él, ni ninguno de los muchos periodistas y entendidos que llevan poniendo el dedo en una de las pocas llagas por las que supura el equipo austriaco. La otra es la fiabilidad. Mientras Vettel tenga opciones matemáticas de ser campeón del mundo no habrá nadie capaz de convencerle de pilotar para su compañero de equipo.

Fernando Alonso se está aprovechando de ello y sigue repitiendo un guión con una precisión más propia de un matemático más que de un piloto. Allí donde los Red Bull son inalcanzables hay que quedar justo por detrás de ellos. Y si el monoplaza azul que gana es el de aquel piloto que más alejado está en la clasificación, como ocurrió en Japón y en Brasil, pues miel sobre hojuelas. Fernando y Vettel están siendo los mejores pilotos del final de la temporada (desde Bélgica en adelante) y Webber llega a Abu Dhabi con opciones gracias a su constancia durante todo el año. No voy a entrar en los juegos de combinaciones que darían a unos u otros el título. Mejor comentar en qué momento llegan a Abu Dhabi. Fernando lo hace dominando la clasificación y dependiendo de sí mismo y ello, gracias a su experiencia y a los dos títulos que tiene, le confiere el papel de favorito. En la parte negativa de la balanza tiene un motor al final de su vida útil y que los Red Bull han ganado sin paliativos en un circuito como Interlagos, que no era el menos propicio para Ferrari. Siguen estando unas décimas por delante.

Respecto a Vettel y Webber, se necesitan uno al otro. Solo vale un doblete y entonces una de las preguntas que cabe hacer es ¿qué decisión tomarían Chistian y Adrian si a falta de pocas vueltas la clasificación fuera la registrada el pasado domingo en Brasil? ¿Habría órdenes de equipo para que Webber ganara la carrera y el Mundial? Creo que hasta la palabra de estos dos señores tiene un precio. Dirían digo donde dijeron Diego y entonces Fernando y Ferrari no tendrían argumentos para criticar la decisión. Ellos lo hicieron en Alemania y gracias a ello llegan al final con la ventaja que tienen.

Última prueba y cuatro pilotos con opciones de victoria en el Mundial. Si la memoria no me falla algo así no ocurrió nunca en los últimos treinta años de este deporte. En 2007, 1986, 1983 y 1981 fueron tres los que llegaron.

Un dato para los amantes de las estadísticas: en ninguno de estos cuatro años ganó el Mundial el que llegaba líder a la última carrera. Ahora bien, eran otros tiempos.