01 de noviembre de 2009
01.11.2009

Historias del Mallorquinismo. Pasos fugaces

Ni corto ni perezoso, Manolín se puso a seguir los estribillos y dar palmas cuando, dándose cuenta de lo que estaba haciendo, se sinceró en voz alta:- ¿Por qué estaré yo cantando, si en cuanto llegue a Palma me van a echar? Y así fue

31.10.2009 | 23:20
Si mi memoria y los datos que conservo no me fallan, el Mallorca va por los treinta y tres presidentes –algunos de ida y vuelta y en diferentes etapas– y exactamente el doble de entrenadores de su primer equipo, es decir sesenta y seis. Muchos de ellos también entraron y salieron más de una vez, aunque la media sale a dos técnicos por cada primer directivo, si bien los hubo que no respetaron dicho promedio ya fuera por exceso o por defecto. En estos últimos tiempos el ritmo ha cambiado y se mantienen más los inquilinos del banquillo que los de la planta noble, en cuyos despachos Miquel Contestí batió el récord de permanencia, seguido de Andrés Homar, que se mantuvo al frente de la entidad entre 1934 y 1943. El reinado más breve fue el de Miguel Cardell, a su vez entrenador regional, que tuvo que torear al frente de una gestora la crisis de 1978 que, sin un duro para pagar ni siquiera el teléfono o la electricidad del Lluís Sitjar, a punto estuvo de asistir a la desaparición del club. ¿Como ahora? Esperemos que no.
Entre tanto ir y venir, ha habido personajes de todos los calados. Unos han ejercido una influencia decisiva en el historial del equipo y otros no tuvieron tiempo ni de deshacer las maletas que, según dicen, acompañan siempre y a punto de ser usadas a cualquier entrenador que se precie.
El portugués Jaime Pacheco no resistió más de cinco jornadas en el cargo hace tan sólo seis años y aún así aguantó más que el argentino Mario Gómez, destituido tras las dos primeras citas del calendario de la temporada 1999-2000. Benito Floro dirigió a la plantilla durante dos meses, pero encontraremos casos muy parecidos si nos remontamos a décadas anteriores.
Manolín había sido futbolista del Athletic y ascensor de equipos modestos como el Sestao o el Ourense, club gallego del que lo fichó el Mallorca en el verano de 1973. También duró cinco partidos y cavó su tumba en Linarejos, estadio en el que jugaba el Linares que terminaría la liga como colista. Los locales iban ganando ya por dos a cero poco antes de llegar al descanso, cuando se iba a botar un saque de esquina favorable al Mallorca. Uno de los centrales, Frigols, –­que había sido cedido por el Betis junto con el portero Campos a cambio del traspaso de Sabaté, un fenomenal defensa catalán–, subió al remate de aquel córner, lo que disparó la alarma en la mente de Manolín que saltó como un resorte gritando:
–?¡Pero a dónde va la Rosario! Era el mote que sus compañeros le habían puesto a Frigols por su parecido con el personaje de la novia de Popeye, el popular tebeo y película de dibujos animados. Sin embargo, la ´Rosario´ marcó en aquella jugada un gol que al final no servía para nada, puesto que el marcador ya no se movió más. A pesar de la derrota, la expedición regresaba en autocar para tomar el avión en Madrid, un largo trayecto a través de la carretera de Andalucía que cruza el paso de Despeñaperros, que el chófer decidió amenizar con un casette de sevillanas. Ni corto ni perezoso, Manolín se puso a seguir los estribillos y dar palmas cuando, dándose cuenta de lo que estaba haciendo, se sinceró en voz alta diciendo:
– ¿Por qué estaré yo cantando, si en cuanto llegue a Palma me van a echar?
Y así fue. Otro día les hablaré de Otto Bumbel, un brasileño que dirigía los entrenamientos junto a un bien adiestrado perro, todo un pastor alemán.
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