Las casas comerciales con sus estilistas y pensadores en ventas no se han fijado en el serbio Novak Djokovic. Ayer vestía como si fuera a jugar un partidillo de fútbol entre amigos. Una señal inequívoca de que todavía no es un número uno. Tiene juventud, un año más joven que Nadal, pero a su edad el mallorquín ya tenía dos títulos de Roland Garros. Puede que su derecha, incluso su revés saltando, sean duros pero le falta saber ganar. Y eso es difícil de aprender.

Rafa Nadal ya es harina de otro costal. Ayer sabía que no podía perder. Caer en semifinales es un fracaso para un campeón que espera un bajón de Federer para ser el número uno del mundo. Además, ese título que entre todos le hemos dado: el rey de la tierra, no lo puede perder.

El mallorquín tiene muy aprendido los principios del tenis. Recuerda que la frase más oída es "métela". Incluso los entrenadores castigan con vuelta a la pista si no se hace. Ayer, en las estadísticas se vio con claridad donde está la primera diferencia: 36 errores no forzados de Djokovic contra 16 del español. Porque en puntos ganadores, los conocidos como desespero del perdedor, el serbio ganó por 13 a 10.

Y eso que Nadal pasó un par de fases en el partido en que perdió su claridad en el juego. Sabedor que en pasar bolas con peso no le gana nadie se dedicó, en algunos momentos, a cambiar el juego con dejadas que no van a ninguna parte. Menos mal que tenía delante a una promesa, promesa. Nadal se ha paseado en las pistas como los turistas por el Sena. Sólo le falta salir sin dar un traspié.