El de las peñas es un órgano esencial en la vida de cualquier club de fútbol en tanto en cuanto representa la voz y el voto de su masa social. Las del Mallorca casi nacieron, al menos las más importantes, con la única actividad y objetivo de proporcionar al club, a cambio de una comisión, el mayor número posible de abonados. Con el tiempo se han ido adecuando a su verdadero sentido, aunque no han alcanzado aún el grado de influencia que ya tienen en otros clubs, entre los que las del Espanyol constituyen un ejemplo paradigmático.

El constante crecimiento de las penyas mallorquinistas desembocó en la necesidad de asociarse en torno a una Federació que, como el equipo, ha atravesado por diversos altibajos, pero que se viene consolidando como demuestra la Diada del pasado domingo.

Las penyas del Mallorca tienen que ser algo más que un frente de apoyo a los jugadores, de los que deben recibir agradecimiento pero no exigir sumisión. En cambio no pueden limitarse a asentir incondicionalmente ante cualquier decisión política y social del club al que llevan grabado en sus corazones porque han de ser y sentirse parte integrante del mismo.

A los penyistas no se les puede contentar con una paella al año, ni despacharlas con algún discurso vacío de contenido o la promesa de un autógrafo de más. No están para escuchar, sino para ser escuchados y su grito tiene que oirse no sólo en el estadio los días de partido, sino en los salones del Consejo de Administración o las propias Instituciones.

Pero tampoco debemos situarnos en el extremo opuesto. Ni los futbolistas ni el presidente se han de convertir en pelotas de ping-pong que vayan de aquí para allá a base de "porsellas" y arrós brut. El Barça de la mejor época designó a un vicepresidente, Nicolau Casaus, con la sagrada misión de mantener las relaciones con las penyas blaugrana. Tanto Grande como los técnicos o los futbolistas se han de dosificar sin aceptar el "cualquier día y a cualquier hora". Los intereses del club están por encima de unos y otros y, sobre todo, sobre aquellos que albergan intereses más espúreos y personales. La Meca está en Son Moix y allí hay que acudir sin esperar a que sus inquilinos tengan que ir a por los fieles.