Como si el calendario se hubiera dado la vuelta, nos vemos envueltos en más adioses que bienvenidas. La despedida de Etoo parece la más turbia, por mucho que Florentino Pérez quiera doblegar la voluntad del camerunés, cada vez más terco en su negativa de no aceptar la imposición del magnate.

La de Luis, que se oficializó ayer, se mantuvo en los límites de la calma que sucede a la tormenta, aunque las justificaciones esgrimidas, que no explicaciones, no lograran cambiar un ápice de cuanto ya se ha opinado al respecto.

Eso sí, cuando uno ha tenido que soportar amenazas, conatos de agresión e insultos que no estaban en el sueldo, en el ejercicio de su profesión, es casi un placer tratar con alguien que acepta la crítica aunque ésta proceda de un amigo.

Aragonés ha alcanzado un estatus que le sitúa por encima del bien y del mal. No es el de hace tres años, con más chispa, con más poder de reacción e incluso con una mayor espontaneidad intermedia entre la brillantez y el desaire.

Particularmente prefiero al técnico capaz de propinarle un cabezazo a Etoo o de enfadarse con Manzano por una metedura de pata, que al de hoy, que viene con un discurso aprendido sobre el que vuelve una y otra vez.

El de Hortaleza ya es historia en el Mallorca. Vino, se fue, volvió y siempre venció, pero se marcha dejando un leve sabor amargo que tal vez nadie ha podido evitar. Yo habría elegido otro final, pero como no está en mi mano, me limitaré a desearle suerte y éxito.