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Novedad literaria

Veladas de estío en Formentor con Carlos Fuentes

‘El canon Formentor’, que saldrá a la venta el 9 de septiembre con Anagrama, recoge en 42 textos «la historia de un premio literario dedicado a celebrar las obras maestras de la alta cultura», entre ellas las del escritor mexicano que veraneaba en la península ‘pollencina’, glosado por Matías Vallés

El escritor mexicano Carlos Fuentes en agosto del 2000, de vacaciones en Mallorca.

El escritor mexicano Carlos Fuentes en agosto del 2000, de vacaciones en Mallorca. / B. Ramon

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Matías Vallés

Matías Vallés

Palma

La suprema elegancia del escritor consiste en no dar nunca por sentado que su interlocutor o comensal ha leído cualquiera de sus libros, véase Carlos Fuentes.

Hay un corolario a lo anterior, no autocitarse. A Fuentes no se le ocurriría abrir una frase con «un día escribí que…»

Jamás empleaba su prosa para seducir.

En cambio, su memoria prodigiosa tejía una selva de versos y menciones cultas, llovida con matices y contramatices. Sin apabullar, por imposible que parezca.

Fuentes rebosa amplitud, su biografía tiende al desbordamiento. Hay que delimitar el terreno de juego.

-¿Literatura o política, maestro?

-Literatura, mil veces. ¿Quién recuerda hoy el nombre del ministro de Bosques con Lincoln, tan importante en su momento? La política es pasajera, salvo que seas Napoleón. La literatura es más duradera sin proponérselo.

En un momento de la conversación, Fuentes mira hacia el suelo, dice que «Gabo no está». Nunca falto de vocabulario, se repite por una vez. «Gabo no está».

Fuentes había comentado antes que Gabo le comentaba su estupor, cuando el tratamiento le permitía arrancarse el cabello a manojos frente al espejo.

Y a pesar de los preparativos, Fuentes muere antes que su amigo colombiano.

Fuentes dispensaba a García Márquez una fidelidad a prueba de Fidel Castro.

En los ochenta le correspondió comunicarle al colombiano el fallecimiento de Cortázar, pero no esperaba una respuesta en que la ironía reforzaba la devastación:

-Carlos, no debes creerte todo lo que publican los periódicos.

Llevaba peor una crítica que una indiscreción. Celebraba el gossip como su amado Kennedy, uno para todas y todas para uno.

Toleraba y alentaba la charla menuda, pero protegía enérgico la vida privada de sus amigos.

Por ejemplo, Fuentes conservaba sin divulgarlas unas cartas inapreciables de Julio Cortázar escritas en el mayo parisino del 1968, y donde el ardor revolucionario había sido reemplazado por la rendición ante los encantos irresistibles de una estudiante.

El nomenclátor de Fuentes incluye al canadiense John Kenneth Galbraith, al Gregory Peck que fue su Gringo viejo, a William Styron.

Queda deslumbrado por la cultura camuflada de Bill Clinton, a quien visita invitado en la Casa Blanca junto a García Márquez y Styron. El presidente recita sin pausa fragmentos de Faulkner.

Fuentes era norteamericano, no solo mexicano. O propagado cuando menos al otro lado del Río Grande.

Se sentía alma gemela de Philip Roth, que siempre estaba convencido de que la camarera de turno ardía en deseos de llevarlo a la cama.

O que exhibía en su coqueto marco una foto full frontal nude de dimensiones que hubieran resultado sospechosas en la era del photoshop.

Carlos Fuentes también cayó fascinado ante Isabel Preysler, pero con Silvia Lemus al lado.

Silvia Lemus de Fuentes llamaba Fuentes a su marido, el grado máximo de intimidad.

En algún momento habrá que hablar de Literatura:

-Empecemos por lo fácil, ¿cómo se escribe una novela?

-Necesitas haber establecido un asunto, un principio y un final. Lo que ocurre en medio es una sorpresa. Desde siempre sabía cómo iba a empezar y terminar La región más transparente.

Ahora ya no tiene remedio, y hay que seguir con la profesión, indagando en el prurito:

-Creía que escribir una novela es tan absorbente que no deja tiempo para vivir.

-La vida nos da permiso de escribir novelas, pero exige algo ella misma. Por eso puedo y debo hacer periodismo y ensayos, o distraerme. La novela te puede robar el alma y la personalidad.

Fuentes debuta en Formentor en el verano de 1992, con 64 años y vaticinando el triunfo de un Bill Clinton a quien todas las encuestas daban por perdedor frente a Bush padre.

Sin embargo, el deslumbramiento total llegó con Obama. Medio planeta le buscaba homologaciones al segundo presidente negro de Estados Unidos, después precisamente de Bill Clinton. También aquí Fuentes dio en el clavo, «anda como Fred Astaire». Y ensayaba un paso de baile.

Admitía que su bailarín se había cansado o quizás aburrido durante los primeros cuatro años en la Casa Blanca.

Con todo, Fuentes remachaba que «a Obama no le quedará más remedio que ganar la reelección, a pesar de los pesares». Y el presidente le obedeció resignado.

También respetaba a la cancillera ahora desprestigiada por la guerra de Ucrania. «Perdón por la expresión, pero Angela Merkel tiene huevos».

Era imposible desvincular a Fuentes de la política, de sus fidelidades al rey Juan Carlos que le entregó el premio Cervantes, de su lealtad al socialismo democrático que encarnaba en Felipe González y sucesores.

Se dio cuenta muy pronto de que los ejes políticos se habían desballestado.

«Gobernar se ha puesto imposible. Crecimos con una idea clara de la izquierda y la derecha, y hoy nos encontramos con una anulación de esas distinciones. No hemos sabido crear una izquierda moderna y los jóvenes no buscan lo que nosotros les ofrecemos, el conjunto me recuerda a 1848».

Nunca asumía de buen grado una derrota socialista, aunque le punzaran:

-Rubalcaba perderá las elecciones.

-Vamos a ver, simpatizo con el PSOE.

-Tal vez el PSOE merece perder.

-El PSOE hace lo que hay que hacer, y yo le doy mi apoyo.

Murió poco después de la más estrepitosa derrota socialista de todos los tiempos, Rajoy contra Rubalcaba.

Llamó «espejo del cielo» a Formentor, porque fue el único de los literatos que lo contempló dilatadamente desde mar adentro, desde «lo fondo».

El «espejo» es referencial, porque preside el fascinante ensayo The buried mirror. Fuentes refuta aquí el Civilization donde Kenneth Clark vedó el acceso hispano a su paraíso civilizado.

Para los disipados, Kenneth es padre de Alan, el ministro de Thatcher más mujeriego de la historia de Inglaterra, que yacía con hija y madre a la vez.

Fuentes había enterrado su espejo, en inglés en el original, demostrando que eligió su idioma entre más de una opción.

No podía admirar la política de un Borges en sus antípodas, pero siempre señaló que el argentino le mostró la senda del castellano.

En otro Formentor sin hotel, la mansión tropical del magnate peruano Lucho León, el incorrecto Adolfo Bryce Echenique escribía sus novelas recluido en un bungaló.

Negociando las curvas endiabladas de la península mallorquina, Bryce propone socarrón que «Vargas Llosa y Fuentes se han autoproclamado ganadores del próximo Nobel en castellano».

Solo había lugar para uno en el olimpo sueco, y hubo una noche en que Fuentes supo que no sería él.

Fuentes se sentía hermano de García Márquez y viceversa, con Vargas Llosa mantenía la rivalidad de quienes son tan pares que no se nombran.

Todo cambió en aquella velada de finales de agosto. Fuentes reunió a su alrededor a un pelotón de amigos de confianza, alejados de cenáculos literarios y por tanto con presunción de inocencia.

Con la cena servida, Fuentes admite entre interrogantes «¿La fiesta del chivo es una gran novela?» El autor de la pregunta no había leído la obra maestra de su rival, pero los comensales cabizbajos, tartamudeantes y entrecortados le dieron la respuesta temida.

Afirmativa, sin excepción.

Fuentes agachó la cabeza y acató comprensivo. No se atrevió a decir que «he perdido», su gesto significaba «ha ganado».

La fiesta del chivo es tan grande que casi consigue ocultar La silla del águila, otra prodigiosa novela de dictadores donde encaja con naturalidad el sexo anal.

Cada día, Fuentes bajaba hacia el mar por las escaleras donde una placa con monolito recordaba que aquí se terminó de escribir Pantaleón y las visitadoras.

Por eso recibió con especial emoción el Premio Formentor, veinte veranos de fidelidad y el último de 2011 con una gorra de béisbol gris que le rebajaba la edad un par de décadas.

Pablo Neruda se arrodillaba físicamente ante Fuentes en reconocimiento de maestría, tal vez no era solo un gesto cobista.

Y aprovechamos este pequeño rodeo para llegar al intelectual Carlos Fuentes, explicado por sí mismo:

«Es una necesidad un poco latinoamericana porque allí, como decía Neruda, ‘si no hablas por ellos, hay demasiada gente sin palabra’. Ya no es así, y no puede culparse a nadie por no hablar, pero está en mi vocación. Es una forma de comunicación, que me faltaría si no la practicara».

Fuentes no vestía elegante, las prendas se contagiaban de su prestancia al revestirlo.

En Formentor practicaba el turnismo literario, un verano le tocaba a Henry James y al siguiente se arrancaba por Thomas Hardy.

Fuentes participaba del decreto de García Márquez, para quien las obras literarias son comparables.

Por eso el omnívoro mexicano situaba a Stendhal en la categoría de oro, y unos escaños por debajo a Balzac.

Se pronunciaba siempre desde el respeto máximo «a los grandes escritores de la segunda división», un etiquetado que le parecía muy adecuado para Somerset Maugham o Simenon.

En algún punto hablaremos de sus dos hijos menores, fallecidos antes que él.

Compartir una cena con Fuentes, su esposa Silvia y sus hijos Carlos Fuentes Lemus y Natasha Fuentes Lemus significa adentrarse en una escena que solo podría rodar Godard.

La exuberancia intelectual del cuarteto, la distancia galáctica que la hija deseaba mostrar hacia sus padres, la inocencia preternatural de Carlos junior.

Era muy difícil aguantarle la mirada a Natasha, pálida como un cirio, dueña absoluta de sí misma, capaz de interrumpir cualquier réplica con su sola mirada.

Ni siquiera te autorizaba a calibrar su belleza, hoy tendría 48 años y murió veinte antes de la forma más cruel.

Fuentes junior era simplemente la criatura del universo que más sabía de Bob Dylan, el equivalente moderno a un erudito de la teología medieval.

Fuentes junior no solo sabía cuántas veces había cantado Abandoned love su profeta en concierto, sino que había asistido a todas ellas.

Y sabía sobre todo que no hay interpretaciones masivas de Abandoned love, al igual que tenía numeradas y memorizadas las restantes canciones.

Fuentes junior pudo fotografiar a las celebridades que alternaban con sus padres, como la feroz Susan Sontag.

Fuentes senior recordaba y recontaba que Joyce Carol Oates era tan laboriosa que se sentaba a cenar en compañía con un cuaderno sobre sus rodillas, cuestión de no desperdiciar un segundo de inspiración literaria.

Natasha era una visión más perforadora que penetrante, suponía una heroicidad cruzarle la palabra.

Retomamos a los cuatro miembros de la familia Fuentes donde los dejamos, y el juego de la cena de esta noche consistirá en relacionar los nombres verdaderos de las estrellas de Hollywood con sus noms de guerre. Si alguien propone Archibald Alexander Leach, habrá que replicar Cary Grant.

A propósito, la imitación de Betty Joan Perske, a veces conocida como Lauren Bacall, a cargo de Fuentes merecería un teatro lleno. «¿A que sabes cómo silbar, Steve (Humphrey Bogart)? Basta que juntes tus labios y soples».

Fuentes pertenece a la estirpe de los hombres que siempre acaban rendidos ante la Bacall.

Los nombres de los actores ganan en dificultad, los hijos veinteañeros responden con una solvencia que obliga a pensar en una educación intemporal y exigente, con un acento que hubiera aprobado Oxford.

Natasha se dirige a sus padres en inglés para remarcar el desafío, y aunque sus progenitores le den réplica en castellano. El debate paternofilial en torno a la obra de Egon Schiele había sido anglófono.

Se habla aquí de Natasha desde la tranquilidad de que ningún retrato le parecería excesivo, pero con el temor de que la hija renegaría de un papel exagerado en la vida familiar.

La conversación no se sale del cine más clásico imaginable, Carlos Fuentes reprende a su interlocutor autóctono por desconocer The crowd, que en castellano fue Y el mundo marcha, una joya del cine mudo «rodada en 1929».

Natasha Fuentes interrumpe: «En 1928».

Carlos Fuentes se fortifica: «En 1929».

Natasha: «En 1928».

Y esa mirada glacial. Se hace el silencio ominoso, se vira a un asunto menos controvertido. Al llegar a casa, el partícipe de la intimidad de la familia Fuentes corre a la enciclopedia en vísperas de Google.

El año correcto era 1928, no podía ser otro, y Fuentes padre jamás cometía errores de erudición ni de medición.

Además de que el cine era la caverna platónica de Fuentes, una vez que Alfonso Reyes le hubo enseñado que no había películas malas, la devoción por la pantalla excluía la valoración negativa de sus rituales.

Si alguien sugiere que el cine desbancaba a la literatura entre los afectos de Fuentes, no le desmientan por si acaso.

El dolor inmenso tras la muerte de Natasha. Vacilaban las palabras y los pasos, el escritor tomaba del brazo para negociar los peldaños traicioneros del hotel Formentor.

Se había comprometido con el futuro del hotel, le adjudicaba una voluntad de eternidad.

En efecto, un día exigió de su refugio estival que «sobre todo, no lo reformen». Temía una modernización, un asesinato espiritual. No alcanzó a verlo.

Intentaba que la muerte de Natasha no lo aplastara, por fuerza debía evocar la desaparición de Jean Seberg, su pareja en la tormentosa relación descrita en Diana o la cazadora solitaria.

Venció a las muertes que le cercaban de sus hijos con un tratamiento radical, el egoísmo.

Hubo una época ahora inexplicable en que reinaron los escritores masculinos, y en que todos ellos se preguntaban qué mujer traería hoy Carlos Fuentes a la fiesta.

Es la generación de Jean Daniel, Milan Kundera, Jorge Semprún, Fuentes.

Se querían y se medían.

Fueron oráculos de los reyes y emperadores contemporáneos, Felipe González sorbió cuanto pudo de Fuentes.

Llamó «espejo del cielo» a Formentor.

Llamó «espejo del cielo» a Formentor. / B. Ramon

En el mismo hotel Formentor donde se quejó de que las habitaciones no dispusieran de terraza para saborear el periódico junto al desayuno, Jean Daniel o la dignidad de Francia admitía que calló secretos que le había confiado Mitterrand, «pero nunca nada decisivo».

Y a continuación, Daniel se quejaba de que Zapatero fuera el primer líder socialista europeo en medio siglo que no hubiera requerido su consejo. Sin recriminación, café solo con amargura.

También Fuentes buscaba la proximidad del poder, pero en sus reglas. Tenía el coraje de abandonar una cena compartida con los magnates más opulentos de México, sin despedirse para no tener que hacerlo con los puños.

La cena apacible anda por la mitad, y Silvia Lemus profiere las fotos que ha tomado de un encuentro a manteles del club de los masculinos, con Fuentes, Kundera y Daniel, no necesariamente por este orden.

Bajo secreto de confesión y de no divulgar las instantáneas, los Fuentes vuelven a admirarse de que Vera Kundera coloque un péndulo sobre cada plato de la cena en París, no fuera a dañar al gigante checo.

No lo están diciendo, ni siquiera sugiriendo, pero pueden traducir por «¿cómo la aguanta?»

Carlos Fuentes pecó de moderno en todas las estaciones de su biografía. Fue siempre cosmopolita, pero sobre todo contemporáneo. Sería imposible adjuntarle la palabra «extranjero».

Siempre estuvo al día, hijo de cada tiempo que le tocó en vida. Preguntaba, un vicio intolerable en los literatos pletóricos de ego.

Requerido para consultas en las cancillerías, Fuentes gozaba de aprender. A principios de los noventa le citaban a un Paul Krugman que empezaba a despuntar como economista de multitudes.

Al año siguiente, Krugman era de la familia, estaba asimilado.

Los atracones de series no son una creación reciente, Fuentes se llevaba a su hotel la filmografía íntegra de Hitchcock para compartir un verano con el genio. «Hoy nos toca La soga».

Alcanzó pronto el momento en que la cultura no se atiene a visiones sino a revisiones.

Al revisar, admitía con amargura la decepción ante El año pasado en Marienbad, y se preguntaba cómo su generación se había dejado embaucar por películas huecas con pretensiones.

No conviene recrearse en la estampa de un amo del universo inaccesible. Fuentes estaba asaltado por el miedo en vísperas de una operación de bypass múltiple.

Era orgulloso y vanidoso, pero no soberbio. Por eso adoraba a Carmen Balcells, en cuanto creadora del boom como fenómeno literario.

Y también por eso fabulaba que le tenían un altarcito puesto a Arturo Pérez-Reverte, para que sus ventas pantagruélicas en Alfaguara rescataran a los autores más desfavorecidos.

Hubo un final de Fuentes en mayo de 2012, convenientemente alejado del principio de 1928.

El canon Formentor

El canon Formentor / .

Súbitamente indispuesto, Fuentes se recostó en el cabezal de la almohada enfrascado en la lectura, mientras Silvia llamaba apresurada a su cardiólogo, Valentín Fuster.

Carlos Fuentes murió mientras viajaba al hospital. Se puede vivir con una intensidad semejante a la que desplegó, pero con harto esfuerzo.

Vivió París, Praga y México en un mismo año, y era el 68 revolucionario. Una década antes había contemplado a Fidel conquistando La Habana, en un desfile triunfal donde el vitalicio intentaba tranquilizar a su colega Camilo Cienfuegos repitiendo a cada paso «¿voy bien, Camilo?»

Y aquí te das cuenta de que repetir las experiencias de Fuentes ni siquiera sirve como parodia de su maestría en el relato.

Su enciclopedia vital invitaba a punzarle, a sabiendas de que se revolvería:

-Hubo un mayo del 68 que usted vivió en directo, y no pasó nada.

-¿Que no pasó nada? Mitterrand no llega al poder sin mayo del 68, ni el PRI pierde el poder en México sin la matanza de ese año en la plaza Tlatelolco, ni los rusos se hubieran marchado de Checoslovaquia sin los acontecimientos de un año que viví en esos tres países.

Agotó la existencia, varias de ellas, pero les aseguro que Fuentes preferiría estar hoy aquí a disfrutar de las delicias programadas en el paraíso que le tocó en suerte.

Aparte de que su premonición distaba de ser paradisiaca. «Espero que vayamos todos al infierno, es el único lugar divertido».

Hasta la muerte era en Fuentes una palanca humorística para sustentar su pasión insobornable por la existencia.

Murió joven porque siempre tenía planes, delineaba su futuro con meses de antelación. Citaba en mayo para agosto, con los ochenta cumplidos.

Fuentes no solo trabajó de artista, se rendía ante las artes. El estreno teatral en Avignon, las películas del año.

Si alguien le elogiaba a Fuentes el Ravelstein escrito por Saul Bellow con 85 años, el mexicano no palidecía de celos sino que miraba esperanzado al cielo, deseoso de alcanzar la edad y de mantener la creatividad.

No fue así, se marchó antes de escribir su Ravelstein.

El relato no merece acabar con la muerte del protagonista. Hubo una última conversación en Formentor, con Fuentes ya premiado y en paz de los contornos.

En esa charla se demostró que la edad no importaba a Fuentes, se expresaba sobre las generaciones posteriores sin nostalgia ni resentimiento.

Se entiende mejor con una frase que festejaba el movimiento indignado del 15M. «Veo con mucho gusto que la gente se enoja y se harta, por eso soy optimista».

El mérito de Fuentes no consiste en abrazar la revolución, Sartre abriéndose un hueco en las barricadas de mayo 68, sino en dominar a la perfección el significado y alcance de las revueltas.

Al cabo, las había presenciado casi todas.

Una década más tarde del descreído embajador Fuentes, emigrado de este planeta en un mayo de 2012, ya es hora de comprobar si ha materializado su sueño de reencarnarse en Papa. Lo sugería con una sonrisa, pero.

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