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Crónica wagneriana

Un intruso en la Verde colina

Cuando se cumplen 150 años de historia, el Festival de Bayreuth abre por primera vez las puertas del Festspielhaus a Rienzi, la ópera que Wagner dejó fuera de su canon

Un intruso en la Verde colina | FOTOS: FESTIVAL DE BAYREUTH

Un intruso en la Verde colina | FOTOS: FESTIVAL DE BAYREUTH

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Bayreuth en verano respira Wagner por todos lados. Los hoteles y restaurantes se llenan de aficionados que quieren asistir al festival wagneriano por excelencia. Y más en este 2026, cuando se cumple siglo y medio de aquel primer festival de 1876, cuando se representó por primera vez completa Der Ring des Nibelungen. Para celebrar la efeméride se ha estrenado una nueva Tetralogía cuya parte escénica, realizada con efectos creados a partir de la IA, ha sido discutida, cuando no rechazada, mientras que musicalmente el resultado ha recibido muchos elogios.

Un intruso en la Verde colina

Un intruso en la Verde colina

Pero una de las grandes novedades del aniversario tiene un nombre: Rienzi, una de las primeras óperas del compositor, que por primera vez en ciento cincuenta años se ha incluido en la programación. El propio festival lo anuncia como un hecho histórico, ya que des de los inicios este título ha quedado fuera del denominado canon de Bayreuth, formado por las obras que van desde Der fliegende Holländer hasta Parsifal. Una selección deducida a partir de unas cartas dirigidas por Wagner a Luis II de Baviera.

Un intruso en la Verde colina

Un intruso en la Verde colina

Rienzi, estrenada en Dresde en 1842, fue el mayor éxito operístico de Wagner durante su vida. Después, el compositor miraría aquella obra de juventud con cierta distancia, por considerarla demasiado ligada al estilo de la Grand Opéra francesa, alejada de su nuevo concepto de drama musical.

A ello se une un capítulo incómodo de su historia posterior. Como recuerda nuestro amigo, sabio y wagneriano Joan Roca, Rienzi «fue una de las óperas predilectas de Hitler, quien en 1939 recibió como regalo el manuscrito autógrafo de la partitura. Al final de la guerra se perdió definitivamente su rastro; según la versión más extendida, Hitler se lo llevó consigo al búnker de Berlín, donde habría desaparecido en 1945». La asociación entre el dictador y Rienzi ha pesado inevitablemente sobre la recepción posterior de la obra.

Esta producción de Rienzi ha convencido. La acción abandona la Roma medieval y se traslada a un futuro no demasiado lejano, reconocible e inquietante. La política sigue siendo política, aunque cambien los instrumentos: las elecciones y las votaciones pueden realizarse mediante las huellas dactilares. El pueblo continúa aclamando, condenando y cambiando de opinión. La tecnología evoluciona; las masas, movidas también por las fake news, quizás no tanto.

La propuesta funciona porque no destruye la esencia de la historia. El ascenso y caída del tribuno, la manipulación política y la facilidad con que el salvador termina convertido en enemigo encuentran una traducción escénica moderna y visualmente atractiva. Incluso quienes contemplan con prevención algunos excesos del Regietheater reconocen que aquí la cosa funciona.

La versión ofrecida incorpora, eso sí, importantes cortes que no descontextualizan el argumento. Interesante la transformación del ballet, que en la obra original dura más de media hora, en una parodia del mismo festival.

Musicalmente, la gran triunfadora fue Nathalie Stutzmann, en calidad de directora musical. Magnífico trabajo. Soberbio, incluso. Controló una partitura gigantesca sin permitir que la monumentalidad se transformara en ruido. Hizo respirar la orquesta, cuidó los momentos líricos y levantó las grandes escenas colectivas con una progresión extraordinaria. Muchos aplausos al final para ella, absolutamente merecidos, y nuevamente una demostración de la extraordinaria calidad de la Orquesta y el Coro del Festspielhaus.

También de gran nivel los tres protagonistas de esta función: Magnus Vigilius, como Rienzi, Gabriela Scherer, como Irene y Jennifer Holloway en el travestido rol de Adriano.

Rienzi ha tardado ciento cincuenta años en conseguir subir a la Colina Verde. ¿Será una excepción? Esperemos que no. Ojalá este intruso haya venido para quedarse y podamos volver a ver esta misma producción en próximas ediciones. Transgredida una vez la supuesta voluntad del maestro, no ocurriría nada por volver a hacerlo. Wagner seguro que acabaría perdonándonos. n

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