CRÍTICA
Blue velvet

La Mahler Chamber Orchestra en Pollença / DM
Pocas veces una orquesta logra que el primer recuerdo de un concierto no sea una melodía, sino una textura. La Mahler Chamber Orchestra dejó en el Festival de Pollença precisamente esa impresión: un sonido aterciopelado, cálido, homogéneo y de una belleza envolvente, que nuca hubiéramos relacionado con Brahms y Dvořák. Bajo la dirección de Daniel Harding, la formación convirtió dos grandes monumentos del romanticismo en una experiencia de refinamiento absoluto, donde la intensidad prescindió del exceso. Emoción pura.
Harding regresaba al claustro de Sant Domingo, donde debutó hace más de dos décadas y al que volvió en 2023. Esta vez lo hacía al frente de una de las mejores orquestas de Europa, una formación que, pese a conservar el apelativo de "de cámara", posee una amplitud sonora y una riqueza tímbrica propias de las grandes orquestas sinfónicas. Sin embargo, se mueve y suena como un conjunto camerístico.
El programa se abría con el Concierto para piano número 1 de Johannes Brahms, una obra concebida en medio de la conmoción que provocó el intento de suicidio de Robert Schumann, su amigo. En las excelentes notas al programa, J. A. Mendiola recuerda que aquella partitura nació como una sonata para dos pianos antes de transformarse en el monumental concierto y rescata algunas referencias reveladoras, como la inscripción "Benedictus qui venit in nomine Domini" que Brahms escribió sobre el Adagio, entre otras.
Daniil Trifonov demostró que posee una técnica extraordinaria que le lleva a un resultado estratosférico sin exhibiciones. Desde su entrada, después de la introducción orquestal, entendimos que el concierto sería un diálogo permanente entre iguales. Y así fue, instrumentista y formación respiraron juntos siempre. Sonido modelado, con un uso del pedal un tanto curioso, Trifonov dio el peso exacto a cada frase, acompañado por una orquesta en estado de gracia, haciendo que esa oración profana que es el Adagio adquiriera una serenidad casi espiritual.
Y así, después de un, para mi desconocido bis que según me informan del festival era una transcripción de un coral de Pàvel Txesnokov, la orquesta, ya sola, se marcó otro momento para el recuerdo, ofreciendo esa joya universal que es la Octava de Dvorak. Cuerdas sedosas, maderas exquisitamente dialogantes, naturalidad en los metales, incluso en la curiosa fanfarria que abre el gran Tema con Variaciones final. Todo sonaba integrado, sin aristas, con una transparencia que permitía descubrir infinidad de pequeños detalles.
Aquí Dvořák se aboca a los cantos que le proporciona la naturaleza. Y no deja de ser significativo que pocos años después del estreno, el compositor dirigiera esta misma obra en la ceremonia en la que recibió el doctorado honoris causa por la Universidad de Cambridge.
Harding hizo una lectura nada efectista. Sin grandilocuencias. Especialmente admirable resultó el ya citado cuarto movimiento, en el que el director prefirió la nobleza al exhibicionismo.
Harding volvió a demostrar por qué se encuentra entre los grandes maestros de nuestro tiempo. Su gesto parecía construido desde la confianza mutua entre director y músicos, que por cierto le aplaudieron al final, junto con el público que llenaba el Claustre. Aplausos que premiaron algo más que una interpretación impecable, reconocieron una forma de entender la música en la que el sonido no es un fin, sino el vehículo para la emoción. Y siempre a través de un sonido suave, como el terciopelo. Terciopelo azul: “Más azul que el terciopelo era la noche. Más suave que el satén era la luz de las estrellas”.
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Mahler Chamber Orchestra
Daniil Trifonov, piano
Daniel HarDing, director
Obras de Brahms y Dvorak
Claustre de Sant Domingo de Pollença
05-08-2026
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