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Emiliano Suárez, director de escena: «La ópera tiene la obligación de avanzar y renovarse igual que el resto de las artes escénicas»

El director de escena presenta este jueves en el Castell de Bellver una versión contemporánea de ‘Rigoletto’ con Ópera Garage, una propuesta íntima y rompedora que traslada la obra de Verdi a un contexto actual sin perder la esencia del clásico

El director de escena Emiliano Suárez, fundador de Ópera Garage.

El director de escena Emiliano Suárez, fundador de Ópera Garage. / ÓPERA GARAGE

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Palma

La ópera lleva años siendo el eje de la vida de Emiliano Suárez. Director de escena, productor y fundador de Ópera Garage, ha desarrollado una trayectoria marcada por la búsqueda de nuevas formas de acercar el repertorio clásico al público contemporáneo. Tras trabajar en instituciones como la Lyric Opera de Chicago y dirigir producciones en España y el extranjero, llega este jueves al Castell de Bellver con una versión de Rigoletto que huye de los convencionalismos. Suárez plantea la necesidad de reinventar los clásicos, el poder del teatro y el reto de emocionar a nuevos públicos sin traicionar la esencia de la ópera.

‘Rigoletto’ es una de las óperas más célebres de Giuseppe Verdi. Después de tantas versiones, ¿qué le impulsó a reinterpretarla desde una mirada contemporánea?

La ópera tiene la obligación de avanzar y renovarse igual que lo hacen el resto de las artes escénicas. El espectáculo más completo y perfecto del mundo no puede mostrarse como en los años ochenta. Mi empeño es adaptar la dramaturgia con respeto y conocimiento a tiempos cercanos para conectar con realidades actuales. En nuestro Rigoletto, en versión Opera Garage, hablamos de exclusión social, lucha de clases o explotación sexual. Temas que, desafortunadamente, no se extinguen con el paso del tiempo, sino que cambian de contexto. Todo ello ya aparece explícitamente en el libreto que Francesco Maria Piave escribió en 1851.

¿Qué hace diferente a esta producción respecto a otras versiones de Rigoletto?

—El contexto es industrial y esquemático. El proyecto nace con el objetivo de conectar con nuevos públicos y acercar la ópera a audiencias renovadas. Los recursos son limitados, pero las intenciones dramáticas son muy sólidas. Ofrecer una obra maestra de Verdi en versión camerística para piano y voces es arriesgado. Prescindir de orquesta y coro parece un imposible, pero hemos demostrado que todo es posible cuando se trabaja con ideas claras y buenos mimbres.

Jugamos a hacer teatro musical contemporáneo con óperas de repertorio y, para ello, necesitamos artistas de enorme talento. Para emocionar al espectador no basta con cantar bien; hace falta una interpretación memorable para que la propuesta funcione.

Mucha gente sigue pensando que la ópera es un género reservado para un público muy concreto. ¿Qué le diría a alguien que nunca ha visto una ópera?

La ópera es el espectáculo de espectáculos. Hay que darle una oportunidad. Elegir un título adecuado y asistir a una representación libres de prejuicios es fundamental. Desde Ópera Garage llevamos nueve años recorriendo España y hemos visto emocionarse a miles de personas que nunca habían visto ópera en directo. Una obra maestra, un espectáculo íntimo y cercano, la verdad del teatro en vivo y unos precios accesibles para todos los públicos son nuestra fórmula.

El cartel ya deja entrever una propuesta muy impactante visualmente. ¿Qué papel juega la estética en esta producción?

—La estética tiene que ser impactante e inesperada. Damos muchísima importancia al desarrollo de los personajes y, a partir de ahí, Carola construye el vestuario. Cuando estrenamos esta producción, había muchas dudas sobre convertir a Rigoletto en el Joker de Joaquin Phoenix y bajarlo a los infiernos de los «sin techo». Las similitudes entre la novela de Victor Hugo y la película de Todd Phillips son enormes.

Trabajar sobre el fracaso, la vergüenza, la venganza y la lucha social fue un proceso apasionante. El tiempo, el público y la crítica nos han dado la razón. Incluso hemos visto cómo la idea ha sido copiada por directores de escena muy prestigiosos, y eso nos hace sentir muy orgullosos.

El Castell de Bellver es un escenario muy especial. ¿Cómo influye un espacio como este en la manera de concebir el espectáculo?

—Nuestro reto es hacer un espectáculo alternativo, atractivo y de calidad. Hacer ópera en gran formato sin los recursos necesarios es una cutrez insoportable. Hay ofertas en teatros de la Gran Vía que son infumables: está todo, pero no está nada. Es un sinsentido pensado para turistas despistados y nosotros huimos de ese modelo.

La semana pasada representamos Rigoletto rodeados de esculturas de Joan Miró y este jueves lo haremos en una fortaleza circular gótica del siglo XIV. Ese es nuestro ADN y nunca renunciaremos a él, aunque la cuenta de resultados sea modesta.

El Castell de Bellver es una fantasía. El contraste va a ser impresionante. Imagínate al Joker derrumbándose dentro de la fortificación. Conozco muy bien este espacio porque lo he disfrutado muchas veces como espectador. La acústica es espectacular y el público, tremendamente entusiasta. Ahora solo faltan los ensayos, el acople y toda la intensidad dramática que seamos capaces de transmitir. Vamos a disfrutar.

Como director, ¿cuál ha sido el mayor reto de enfrentarse a una obra tan conocida y ofrecer, al mismo tiempo, una visión propia?

—Como director de escena debo enfrentarme a una obra maestra desde el conocimiento y la humildad. Si te consideras más genial que Verdi o Piave, estás perdido. Rigoletto es una ópera que he estudiado a conciencia y que he escuchado cientos de veces. Fue una de las primeras óperas que vi en directo, hace cuarenta años, en el Teatro de la Zarzuela.

No me gusta confundir la creatividad con el oportunismo, la contemporaneidad con el capricho ni la adaptación con la deformación. Pero como artista siento la obligación de crear con valentía y asumir riesgos. Lo fácil es un pasatiempo; mi amor por este trabajo es un estilo de vida. No me puedo permitir mediocridades.

¿Cree que los grandes clásicos necesitan reinterpretarse para seguir vivos?

—Las producciones de ópera son como el cine. Algunas envejecen de maravilla y son difícilmente superables; otras envejecen fatal y es mejor quemarlas para dar paso a nuevas propuestas. La Bohème de Zeffirelli, estrenada en 1981, no ha sido superada con contundencia por ninguna propuesta contemporánea. En cambio, a la célebre producción de Rigoletto de John Dexter, de 1977, le sobraron veinte años en el Metropolitan.

Hay que conocer el archivo para proponer alternativas interesantes. Pero, sin duda, mi objetivo es la renovación.

En una época dominada por las pantallas y el consumo rápido de contenidos, ¿qué ofrece una experiencia así en directo que ningún otro formato puede sustituir?

La verdad. La verdad del teatro. La entrega de los artistas en cada frase cantada con intención, en cada silencio, en cada gesto y en cada mirada. La verdad del directo, sin artificios; conmover sin trampas. La honestidad de darlo todo encima del escenario. Eso no puede superarlo ninguna tecnología.

Si tuviera que definir este ‘Rigoletto’ en tres palabras, ¿cuáles serían?

Diferente, atractivo y desgarrador.

¿Qué le gustaría que sintiera el público al salir del Castell de Bellver?

Emoción.

Para quien todavía esté planteándose asistir, ¿por qué no debería perderse este Rigoletto?

—Creo que es una fórmula esquemática, pero muy honesta, de sentir el poder de la ópera. Que se acerquen todos los curiosos y que, después, nos cuenten si lo hemos conseguido.

En 2027, Emiliano Suárez asumirá la dirección de escena de una nueva producción de Owen Wingrave, de Benjamin Britten, para la Ópera de Tenerife, y continuará en Bilbao con Manon Lescaut. Ese mismo año pondrá en marcha el proyecto Liceu ZIP junto al Gran Teatre del Liceu de Barcelona, iniciativa centrada en la producción de óperas en formato reducido orientadas al impulso del talento local y a la ampliación de públicos. Cerrará el año con el espectáculo lírico Muerte en la ópera, junto a la soprano Ainhoa Arteta. n

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