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Bibliomúsica-3

‘The sound of silence’, de Hamlet a Paul Simon

Imagen Libro el ruido

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Pere Estelrich i Massutí

Pere Estelrich i Massutí

Palma

«Para mí ya solo queda… el silencio eterno».

Con esta cita de Hamlet se abre uno de los libros de música más enciclopédicos e interesantes publicados en los últimos años: El ruido eterno. Escuchar al siglo XX a través de su música, de Alex Ross (editorial Seix Barral, 2009).

Su autor es un crítico musical estadounidense (de The New York Times, entre otros medios), profesor en Princeton, ese espacio no lejos de New York en el que se respira una atmósfera de premio Nobel y en el que tuvo casa nada menos que el propio Einstein y distinguido en repetidas ocasiones por sus aportaciones a la divulgación y comprensión de la música contemporánea.

Ross sustituye, en la expresión shakespeariana y pascaliana (Pascal también habla del silencio eterno), el silencio por el ruido y transforma la idea y la manera que tienen algunas personas cuando se acercan a la música del siglo XX: una conjunción de ruidos, de diversas atonalidades que, al fin y al cabo, no encajan con el concepto tradicional de belleza.

Sin embargo, lo que queda después de leer las más de setecientas páginas del volumen que comentamos -sin contar el acertado índice onomástico, siempre imprescindible en ese tipo de trabajos- es que la palabra «ruido» y la música de los últimos cien años tienen muy poco que ver. Es cierto que durante este período encontramos experimentos sonoros capaces de hacer temblar a más de uno, pero también lo es que muchas obras maestras, plenamente bellas en el sentido clásico, han sido escritas a partir de 1900.

¿Acaso alguien considera inaudibles las Cuatro últimas canciones de Richard Strauss? ¿O la Rhapsody in Blue de George Gershwin? ¿O el Adagietto de la Quinta Sinfonía de Gustav Mahler, que tantos hemos escuchado gracias a Muerte en Venecia de Thomas Mann y Luchino Visconti? ¿O incluso Turandot de Puccini, una ópera de hace poco más de cien años? Todas estas partituras fueron estrenadas durante el siglo XX, un siglo que también nos legó nombres como Ígor Stravinski o el revolucionario Arnold Schoenberg.

El primero fue protagonista de un sonado escándalo el día del estreno de La consagración de la primavera en París, una obra considerada hoy un clásico indiscutible de la historia de la música. El segundo marcó un antes y un después al romper con la jerarquía tonal tradicional, colocando en pie de igualdad las teclas negras y las blancas del piano añadiendo la imposibilidad de repetirlas hasta no haber aparecido todas (una manera muy simple, pero gráfica de definir el Dodecafonismo).

El tiempo lo relativiza todo. A menudo necesitamos que la creación artística sedimente antes de sentirla verdaderamente nuestra.

Podemos preguntarnos si el arte debe ser transgresor o no. Pero la respuesta nunca será inmediata. Solo la encontraremos con el paso de los años.

La música necesita reposo y en muchas ocasiones, como el buen vino, es con el tiempo cuando se saborea mejor.

La visión que se plantó en mi cerebro, todavía perdura en el sonido del silencio. Cantaron Simon & Garfunkel.

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