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Oblicuidad

Enrique Lázaro y el desaparecido arte de escribir

El columnista escuchaba mejor que nadie porque no necesitaba oír, siempre tenía una reflexión de remate, una marcha más

Con Lázaro, en el intermedio de un debate sobre la NBA.

Con Lázaro, en el intermedio de un debate sobre la NBA. / JOANA MARIA ROQUE

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Matías Vallés

Matías Vallés

El elogio envenenado más frecuente en mi triste carrera reza que «vale, pero escribes peor que Enrique Lázaro». El primero en endosármelo fue Gabriel Ferret, me recuerda la daga de Pedro J. cuando se cansó de mi procrastinación. «He fichado a David Gistau porque escribe mejor que tú, aunque tú sabes hacer más cosas que él».

No he leído nunca a Gistau, por lo que me declaro perdedor de antemano, pero ya me gustaría ser el segundo de mi admirable Lázaro, que también se marcha demasiado pronto. Sciascia distingue entre opera letteraria y opera di verità. El columnista de toda la vida de Última Hora, a quien intenté fichar para Diario de Mallorca con el resultado de costumbre, fundía ambas versiones.

Lázaro también escuchaba mejor que nadie, porque no necesitaba oír. Este superpoder le ahorraba la basura verbal que vomitan los humanos. Por eso, cuando trasladaba su visión al desaparecido arte de escribir, siempre tenía una reflexión de remate, una marcha más que no valoraba porque la aplicaba sin esfuerzo. Un amanuense debería haberlo seguido a todas partes, para recoger continuamente su discurso espontáneo. Si lo intentas en el salón de casa, te quedará forzado, y desde luego que esa ironía es incompatible con mi patetismo melodramático.

Quiero pensar, porque me lo dijo, que éramos hermanos y lejanos. Estábamos a gusto juntos, pero podíamos alcanzar la misma intimidad leyéndonos, con lo cual yo salía ganando porque Lázaro escribía mejor. Coincidíamos a menudo con Andreu Manresa como intermediario. Antes que Farah Diba o Margaret Thatcher, una de las fotos más importantes de mi vida la captó Joana Maria Roque en su casa junto a mi número uno.

No siempre es fácil recordar el contexto (más Sciascia) de una fotografía, pero retengo perfectamente la simetría de las cabezas apoyadas en el respaldo compartido del sofá de los Manresa. Habíamos sostenido un debate encendido sobre la NBA, una pasión casi académica del noctámbulo Lázaro. A nuestro alrededor se hallaban las personas más inteligentes de Mallorca. No queríamos traducir el entorno a un artículo, solo observar sin compromisos.

En el instante siguiente a esa fotografía, Lázaro comenta con pausa de aparente ingenuidad que ha tenido que leerse el manuscrito que un amigo común había sometido a su veredicto previo. Pausado y sufridor, señala:

-Trata del monólogo interior de una bailarina rusa, quinientas páginas de monólogo interior.

Y todos los presentes estallan en una carcajada, tras una narración impasible que no hubiera mejorado el Dario Fo a quien disfrutábamos en el Auditorium, hoy solo nos visitan los italianos.

Lázaro siempre quería irse, y verbalizaba su queja contra la convivencia socializadora sin complejos, en mi caso había aprendido a disimular. No entiendo demasiado un mundo que se atreva a prescindir de una persona así, con su pasión por el estoicismo, con su fenomenal puntería al enhebrar las palabras. Puedo afirmarlo porque nunca he prestado demasiada importancia a escribir. Mi mérito está en leer pese a que tengo que hacerlo con los ojos abiertos, querría ser el mejor lector de periódicos del planeta. A propósito, el periodismo no será salvado por quienes escribimos igual que los demás, sino por quienes escriben mejor que los demás, y ahora hay uno menos.

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