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La Simfònica en Bellver. Entre monumentos sonoros

L’Orquestra Simfònica Illes Balears inicia el Festival Castell de Bellver

L’Orquestra Simfònica Illes Balears inicia el Festival Castell de Bellver / CAIB

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Pere Estelrich i Massutí

Pere Estelrich i Massutí

Esta noche, a las 21.30 horas, el Castell de Bellver volverá a convertirse en una de las grandes salas de conciertos al aire libre de Mallorca. La Orquesta Sinfónica de las Islas Baleares, dirigida por Pablo Mielgo, propone un programa que une dos de los títulos más populares del repertorio romántico, dos monumentos musicales del siglo XIX: el Concierto para violín de Chaikovski y la Primera Sinfonía de Brahms. Dos partituras compuestas con pocos años de diferencia, pero nacidas de circunstancias muy distintas.

La primera parte estará dedicada al Concierto para violín. Se trata de una obra que hoy figura entre las más interpretadas del repertorio, aunque sus comienzos no fueron fáciles. Compuesta en 1878, durante una estancia del compositor en Suiza tras el fracaso de su matrimonio, fue recibida con incomprensión por algunos críticos de la época. Sin embargo, el tiempo ha puesto a cada cual en su lugar y aquella música que algunos consideraron excesiva es hoy una de las páginas más brillantes jamás escritas para el violín.

La obra combina lirismo, virtuosismo y una inagotable inspiración melódica. El primer movimiento es una auténtica exhibición de recursos técnicos; el segundo ofrece uno de los momentos más delicados e íntimos del romanticismo ruso, mientras que el tercero estalla en una danza llena de energía y color. Para interpretarlo tendremos al violinista ruso Sergei Dogadin, ganador del Concurso Chaikovski de Moscú y considerado uno de los grandes virtuosos de su generación.

Tras la pausa llegará la Sinfonía. Si Beethoven había dejado el listón de esta forma musical a una altura casi imposible, Brahms pasó años dudando antes de atreverse a presentar su primera aportación al género. Comenzó a trabajar en ella siendo joven y no la dio por concluida hasta los cuarenta y tres años. El resultado fue tan impresionante que algunos críticos la bautizaron como «la Décima de Beethoven».

La sinfonía se abre con una introducción dramática marcada por los timbales, casi como si el compositor quisiera anunciar una gran batalla interior. A partir de ahí, la obra avanza entre tensiones, momentos líricos y episodios de enorme fuerza expresiva. Su cuarto movimiento es uno de los finales más celebrados de toda la historia de la música. Tras una introducción llena de misterio aparece una gran melodía, reconocible, pues con el tiempo se convirtió en un himno religioso que algunos hemos cantado en nuestra etapa de monaguillo.

Chaikovski y Brahms representaban maneras muy diferentes de entender la música. Sin embargo, escuchados juntos en una misma velada, permiten contemplar dos caras complementarias del romanticismo: la pasión desbordada del compositor ruso y la solidez arquitectónica del alemán. Y todo, bajo el cielo, en el patio del castillo, otro monumento especialmente destacable.

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