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Oblicuidad

David Hockney desató el culto a las piscinas

Colorista, incansable, feliz, mozartiano, el artista ideal para ‘La flauta mágica’ que desde luego decoró

David Hockney disolvió al hombre contemporáneo en agua.

David Hockney disolvió al hombre contemporáneo en agua. / EFE

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Matías Vallés

Matías Vallés

El sueño contemporáneo se resume en una hamaca con un libro abierto que nadie va a leer, una sombrilla y una piscina vacía. Esta composición ha desbordado incluso a la playa caribeña en la mitología de los robinsones. Uno de los principales culpables de la exaltación del agua comprimida acaba de morirse y se llama David Hockney. Vivió pintando desde que vendiera su primera obra, un retrato de su padre, a los 17 años.

Sordo y fumador empedernido, un hábito que explica su muerte temprana a los 88 años, Hockney es un artista fundamental porque no lo parece. Los equívocos pueden llevar a confundirlo con un Van Gogh amaestrado, un antiBacon aunque igualmente desprendido con el dinero. Desató el culto a las piscinas porque cuadraba con una existencia que se negaba a la tortura y el tormento de la creación. Gracias a sus ‘Splash’, a veces en un entorno selvático, el ser humano contemporáneo se disuelve en el agua sin necesidad de la grandilocuencia del mar.

Hockney captó la realidad como un inmenso libro a colorear. No compitió con la fotografía ni la denigró, la incorporó con fiereza al igual que abrazó las técnicas digitales de reproducción no solo sexual. La voluntad de multiplicarse es un resabio de sus inicios, cuando se sentía un izquierdista culpable de la cotización alcanzada por sus obras. Pronto dio la batalla por perdida porque, si abarataba el precio inicial, solo favorecía que los intermediarios se enriquecieran a su costa en las ventas sucesivas.

Incansable, chispeante, mozartiano, incapaz de renunciar a la felicidad, Hockney era el artista ideal para ‘La flauta mágica’ que desde luego decoró. Ejecutó su variante combativa sin sacarse la mano de los bolsillos, convertido en un icono de la vanidad controlada gracias a un vestuario conservador.

Se sentía más gitano que bohemio, y así adivinó la liturgia actual de la piscina, el templo líquido y el mar portátil. Cuando aterrizó o desembarcó de la pileta, también en tierra firme se mostró inigualable al captar la realidad pletórica. Hockney nunca requiere el esfuerzo de concentración de Lucian Freud, es un artista disipativo pero tocado igualmente por la gracia. Logró la inmediatez, el aprecio irreflexivo de su obra.

Hockney empleaba el método de ‘pictorial referencing’ o acumulación de imágenes, que convirtió en una obra maestra el ‘Blade Runner’ de Ridley Scott. El artista ahora fallecido en Londres podía inspirarse indistintamente a través de Benozzo Gozzoli o de un anuncio de cigarrillos ‘Kool’. Enemigo de la erudición, su conocimiento en profundidad del arte clásico estalló en la monumental ‘El conocimiento secreto’. Su tesis de que el uso tramposo de la ‘camera obscura’ justifica las obras maestras demuestra solidez, aunque nada puede entenderse como definitivo en el mundo voluble del arte.

Una vez determinado quién manda aquí, la pregunta fundamental de Lewis Carroll en su ‘Alicia’, la pregunta actual no consiste en plantearse si la Inteligencia Artificial puede reproducir a Hockney. Esta obviedad debe corregirse con el reto de crear un artista diferente pero de importancia equivalente, aunque la IA ejercerá el doble papel de juez y jurado sobre la consecución de este logro. Condenados a los espléndidos otoños que intensificó el artista fallecido, y como al Sísifo que sube la piedra a diario para despeñarla, cabe imaginar a Hockney feliz.

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