Ousman Umar: “Los políticos que hablan de ‘prioridad nacional’ tendrían que cultivar ellos mismos el algodón con el que están hechas sus camisas”
El autor del libro ‘Viaje al país de los blancos’ y protagonista de la película homónima que ayer se preestrenó en el cine Augusta de Palma señala que “la solución al drama de la migración está en alimentar mentes en los países de origen”

Manu Mielniezuk
¿Qué recuerdos guarda de la aldea de Ghana en la que nació?
Era una aldea de 100 habitantes. Mi casa era la número 94. La vida allí era como la de aquí en el siglo XIV. Si queríamos comer carne íbamos a la selva a poner trampas o cazar, y si queríamos pescado, íbamos al río. Había dos ríos, uno servía para beber y el otro para lavarse. Los pueblos de más arriba los utilizaban al revés, un ejemplo de que en la aldea en que nací no sobrevivía cualquiera.
¿Con qué soñaba siendo un niño?
Mi padre era el chamán de la aldea. Vivía en una casa cuadrada, grande, y me sentía el hombre más afortunado del mundo. No tenía zapatos, y disponía solo de una o dos camisetas, pero tampoco sentía que me faltara nada, porque los otros niños iban igual que yo. De mayor quería ser como mi padre, ser chamán, ayudar a la gente del pueblo y casarme. Lo que me llevó a salir de la aldea fue la curiosidad.
¿Qué fue lo primero que le contaron del país de los blancos?
Que los blancos eran prácticamente dioses. Todos eran ingenieros, médicos, pilotos de avión… Para nosotros ser blanco era sinónimo de superioridad, sobre todo cuando nos decían que en ese pájaro metálico solo iban personas blancas. Y yo decía: quiero saber quiénes son esos blancos. Desde aquel pájaro blanco sabía que iba a tener mejores vistas que cuando me subía a un árbol de mango.
¿A qué peligros se enfrentó durante su larga travesía, de 21.333 kilómetros a pie, desde Ghana a España?
Nunca fui consciente de lo largo y peligroso de aquel viaje. Salí de mi casa pensando que me iba al paraíso. Yo no sabía ni leer ni escribir, así que salí sin saber dónde iba. Tenía unos 12 años. Pensaba que el viaje duraría cinco días, y no cinco años como finalmente fue. De las 46 personas que entramos en el desierto del Sahara solo 6 sobrevivimos, el resto murió en el camino, donde nos encontramos otros cadáveres de otros grupos que lo habían intentado. Cuando llegamos a Libia, gobernado por Gadafi, uno de los peores dictadores que ha existido. Si estás en Libia y no hablas árabe, no conoces a nadie y no tienes una moneda en el bolsillo siendo un niño de 12-13 años te aseguro que el infierno está en la Tierra.
¿Cómo logró llegar a la otra orilla del Mediterráneo?
Después de 4 años en Libia trabajando (uno de esos trabajos en el puerto casi le costó las dos manos) conseguí 1.400 dólares, cantidad que pagué a los traficantes, que son los mismos que la policía. Cuando llegué al puerto, ya habiendo pagado el viaje, me dieron la madera para fabricar la patera. Es como si tú compraras un billete para un crucero y cuando llegas a las andanas del puerto te dan el material para que te fabriques tú mismo el barco. Ahí no hay negocio, una vez pagado, no hay trato.
¿Cómo fue recibido a su llegada a Barcelona?
La indiferencia fue lo que me regaló Barcelona pero también es verdad que quiero recordar la parte positiva. Estuve dos meses comiendo en la basura de las calles de Barcelona, donde nadie me veía, yo era invisible a los ojos de la gente. Después de un mes y medio tuve la gran suerte de conocer a un ángel de la guarda, Montse, que me dio la oportunidad de volver a nacer. Cuesta creer que existan personas con grandes corazones como el de Montse. La considero mi madre, y tengo la suerte de tener hermanos negros y blancos, y no pasa nada. La convivencia es posible.

Ousman Umar, divulgador y activista ghanés por los Derechos Humanos / MANU MIELNIEZUK
Tal y como ha dicho el Papa León XIV ante el Congreso de los Diputados, donde ha defendido “una respuesta” al “drama migratorio” que “vaya más allá de la mera gestión de flujos” de personas y que les ofrezca “vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración”.
Tengo la gran suerte de que iré a Tenerife a participar en una ponencia con motivo de la visita del Papa, en la que también se proyectará mi película. Creo que el mensaje del Papa es una oportunidad para reflexionar, para volver a poner encima de la mesa lo que realmente es importante: el bien común.
¿Confía en que la clase política actuará de manera urgente?
Urgente es difícil, pero sí confío, soy un hombre optimista, y eso es lo único que me ha ayudado a salir de todas las situaciones tan dramáticas que he vivido.
¿Cuál es su solución para el drama de la migración?
Alimentar mentes, educarlas. Es obvio que cualquier ser humano no quiere abandonar su tribu, su gente, su realidad. La gente tiene ganas de prosperar, de mejorar, no quiere depender de la caridad de los demás. Yo prefiero educar a mi hijo, no quiero tu caridad para que pueda ayudar a mi hijo, es absurdo. La solución pasa por alimentar mentes en los países de origen creando prosperidad allí. Pero para poder crear prosperidad hay que crear oportunidades, pero para abrazar esas oportunidades primero hay que alimentar sus mentes, no su estómago, tienen que estar formados. Con ese fin monté hace quince años la Fundación Feeding Minds. Si trasladamos el trabajo a los países de origen evitaremos muchas muertes por migración. El talento no tiene color, es cuestión de una sola oportunidad, no te pido dos. Nadie nace sabiendo escribir.
¿Por qué Europa siempre les ha dado la espalda?
Si te doy las herramientas adecuadas, ya no vas a depender de mí, y yo prefiero que dependas de mí, así yo me mantengo y te voy dando lo que a mí me interesa, poco a poco, y así el poder siempre está desequilibrado. Si te doy poder, conocimiento, tú estarás libre, y yo no quiero que seas libre. A eso se le llama esclavitud mental.
¿Qué opinión le merece la ‘prioridad nacional’ de la que tanto se habla en los pactos entre PP y Vox?
Me parece fuera de lugar. Los políticos que hablan de prioridad nacional tendrían que cultivar ellos mismos el algodón con el que están hechas sus camisas, y no traer el algodón de África o de otros lugares. Y el tomate que venden en los supermercados, que los recojan ellos. Es absurdo hablar de eso. Estamos en un mundo globalizado. Si no permitimos que vengan jóvenes migrantes el sistema de España y de Europa se colapsará. ¿Quién se dedica a la construcción?, ¿quién cuida a los abuelos de este país?, ¿quién trabaja el campo? Hipocresías, las mínimas.
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