Oblicuidad
Todos los novelistas españoles ganarán el premio Aena
Entre nominados y galardonados, un centenar de escritores se beneficiaría en los próximos veinte años

Los finalistas del premio Aena posan antes del fallo del galardón / Manu Mitru
El premio Aena de Narrativa Hispanoamericana, más famoso por la dotación de un millón de euros que por la presunta calidad de las obras seleccionadas, se mantendrá al menos hasta que Vox controle la empresa pública de los aeropuertos nacionales. Con la polémica inflacionaria a cuestas, siempre será un título menos absurdo que el Cervantes, sustentado por la vanidad de que la literatura en castellano produce anualmente a un genio del talento de Borges.
A propósito del despropósito, el Aena paga ocho veces por encima del Cervantes. La proporción es más modesta que la importancia de un aeropuerto sobre un escritor pero convierte a la escritora argentina Samanta Schweblin, galardonada con el primer galardón aéreo, en una autora bastante más cotizada que su colega y compatriota Borges. Se les llama clásicos porque son más baratos.
Los llorones habituales de la cultura han deplorado el premio Aena con sinceridad digna de una conjuntivitis, bajo el criterio habitual de que sabrían administrar mejor un millón de euros. Curiosamente, del coro de plañideras se ha descolgado un pelotón notable de autores, pertenecientes en su mayoría a las clases y edades medias. En síntesis, consideran que abominar del malgasto de fondos públicos equivale a condenarlos a la pobreza. O a la extinción, crimen abyecto.
Los premios Planeta y Nadal cumplen la función higiénica de advertir sobre libros que no se deben leer bajo ningún concepto. El Aena comparte la eficacia profiláctica, pero añade una virtud que explica la defensa de los letraheridos. En efecto, todos los novelistas españoles ganarán algún día el premio Aena, ya sea como galardonados o como finalistas. O como jurados, en los casos más perezosos. Conviene recordar a tal efecto que los perdedores se llevan treinta mil euros por ser derrotados, muy por encima de los vencedores en la inmensa mayoría de premios literarios. Por no hablar de los derechos de autor generados por la compra masiva de libros, para que empeore el estado anímico de los pasajeros condenados a los retrasos de los aeropuertos españoles.
El rebaño literario acierta al aplaudir el Aena, hay mucho dinero a repartir. Entre nominados y galardonados, un centenar de escritores se beneficiará en los próximos veinte años de la largueza aeroportuaria, si logran evitar que la ultraderecha nos gobierne. Nombrar a cien escritores del ámbito español sería un reto incluso para los especialistas, y todos ellos tendrán acceso a un pedazo del pastel, a falta de lectores.
Para un(a) novelista en la fértil cuarentena, la única forma de no aterrizar en el premio Aena durante los próximos veinte años consiste en interrumpir su carrera literaria. La apuesta es tan segura que dan ganas de ponerse a escribir, con una rentabilidad más garantizada que una inversión en la IA, si no se compaginan ambas opciones encargando el libro a un chatbot.
La presunción de que cada año se escribe en castellano un libro digno de un millón de euros solo demuestra que en Aena tampoco leen. Feliz comprobación, nos habíamos empezado a preocupar. La cifra millonaria garantiza en cambio que ningún autor pueda escapar al campo gravitatorio del galardón, pese a que la derrota en la primera edición tiene que haber sido dolorosa para consagrados como Vila-Matas, perdedor muy bien recompensado del premio en cuestión.
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