CRÍTICA
Geometría del éxtasis

Los derviches giróvagos / .
El Claustre de Sant Bonaventura de Llucmajor se llenó, el pasado viernes por la noche, de mística, danza y geometría poética. Sí, de todo esto hubo en esa sesión titulada Sêma: El viaje sufí, ofrecida por el grupo Neva Sufi Ensemble. Una velada que no fue únicamente un concierto ni tampoco una simple exhibición de danza ritual: fue una experiencia estética y espiritual que transformó el claustro en un espacio de contemplación.
La presentación de Halil Bárcena, un especialista en el sufismo islámico y en la obra del poeta y místico Mawlānā Rūmī, fue muy didáctica y ayudó a situar al público dentro del universo simbólico del sufismo. Bárcena explicó el sentido del giro de los derviches, siempre contrario al de las agujas del reloj, un movimiento circular que busca la anulación del ego y la unión con lo absoluto. Y quizá fue precisamente esa preparación previa la que permitió que el silencio del público resultara tan elocuente durante la ceremonia, pues no hubo ni aplausos, que solamente llegaron al final del espectáculo. La larga ovación final, pero, confirmó que el público entendió perfectamente que había asistido a algo poco frecuente.
Musicalmente, Neva Sufi Ensemble ofreció una interpretación más que correcta, con unas percusiones marcando el pulso de unas canciones y melodías, repetitivas en muchos casos, pero que avanzaban a medida que lo hacía el concierto, si es que podemos calificar así ese proyecto. Todo sonó con naturalidad, aunque con cierta teatralidad impostada, pues ni la música ni la danza están pensadas para ese tipo de espacios.
Pero el gran impacto visual llegó, inevitablemente, con la danza de los derviches giróvagos. El movimiento continuo de las amplias faldas blancas generaba figuras de sorprendente perfección geométrica. Había momentos en que aquellas telas girando parecían dibujar en el aire auténticos paraboloides hiperbólicos, esas superficies curvas tan queridas por arquitectos y matemáticos, capaces de unir equilibrio, tensión y belleza en una sola forma. Geometría viva convertida en danza. Matemática convertida en mística.
El claustro registró una entrada excepcional y entre el público podían verse numerosas caras conocidas del ámbito cultural mallorquín y barcelonés. Entre ellas destacaba la presencia de Jordi Alomar, director del Museu de la Música dde Barcelona y uno de los principales impulsores de que este proyecto haya podido llegar a la isla. Su apuesta merece reconocimiento, pues propuestas como ésta amplían el horizonte habitual de nuestra programación musical y recuerdan que la cultura también debe servir para abrir ventanas hacia otras formas de sensibilidad.
¿Espectáculo o ceremonia compartida? Ahí queda la pregunta, la misma que nos hacemos cuando asistimos a un concierto de Música gregoriana. ¿Son válidas las muestras creadas para la espiritualidad, fuera del entorno para el que fueron creadas? Ahí lo dejo.
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