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El gallinero

Palabra, gesta y cuerpos en danza

Cartel de La Quijá, que se pudo ver en el Principal de Palma

Cartel de La Quijá, que se pudo ver en el Principal de Palma / DM

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Rafa Gallego

Rafa Gallego

Pasó otra edición del Festival de la Paraula, acontecimiento ya indispensable para la visibilidad de la dramaturgia contemporánea.

Hay que hablar de una adaptación estupenda, a cargo de Lluki Portas, de Si jo fos fuster i tu et diguessis Maria, de Blai Bonet, una novela fragmentada, densa por momentos, extraña en su forma. El contraste cultural, el paso de la juventud a la madurez, esa Barcelona en plena transformación, las revelaciones dolorosas que puso en juego el autor, arriesgándose, saliendo de su universo cercano... todo lo ha captado bien la dramaturga y lo ha levado a escena con destreza, y con Miquel Aguiló, Rebeca del Fresno y Albert Mèlich multiplicándose. En ese mismo ciclo, y con los mismos intérpretes, antes de Bonet, llegó Miquel Àngel Riera de la mano de Marta Barceló en una versión de Fuita i martiri de Sant Andreu Milà y Qui dubta de Clint Eastwood?, la visión particular que hizo Xavi Núñez de Consolacions de Miquel Serra; sublimación de la literatura local con la colaboración y el acompañamiento de Mallorca Literària.

El Festival culminó con dos funciones, en el Casal Balaguer, con la genial, filosófica, misteriosa y envolvente Una casa en la montaña, de Albert Boronat y con

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de Miquel Mas Fiol, última pieza de la trilogía sobre la condición milenial – antes se estrenaron Càndid o l’optimisme y Les penes del jove Werther -. Ahí están los desvelos, las dificultades existenciales y profesionales de esa generación que se mueve en el resbaladizo terreno de los constantes cambios de paradigma. Exprime el autor-director a tres actores maravillosos: Mel Salvatierra, Gerard Franch y Lluís Oliver, que cantan, bailan, gritan, interpelan al público y se lo meten en el bolsillo.

En las últimas semanas ha reinado la danza contemporánea en el Principal de Palma. Cantar de gesta, de Mucha Muchacha, fusiona la épica, las epopeyas, los sonidos medievales, de la batalla, con texturas de ahora. El resultado es lisérgico, hipnótico, con momentos brillantes. Luego aterrizó La Quijá, de Paloma Muñoz. Memoria, atavismo, raíces, fantasmas, animales y fantasía. Ciénaga, selva y espacios surrealistas también, distópicos. Diez bailarines, intérpretes, sobre el escenario, un espacio sonoro tremendo y hasta un homenaje a Extremoduro, paisanos de la coreógrafa. Cuerpos en movimiento continuo, pura energia.

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