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Oblicuidad

«Cuando despertó, el dinosaurio ya no seguía allí»

Parecía imposible perfeccionar el microrrelato de Augusto Monterroso, pero la desaparición del monstruo lo enriquece

«Desde pequeño fui pequeño», pero inventó al dinosaurio más famoso. |

«Desde pequeño fui pequeño», pero inventó al dinosaurio más famoso. | / EFE

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Matías Vallés

Matías Vallés

La desolación consiste en leerse con notorio disfrute las obras completas de Augusto Monterroso, para descubrir que el orbe literario lo ha empequeñecido a un microrrelato esencial, «Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí». No es una apología de la brevedad, sino una brevedad de la apología consustancial y sobre todo proporcional a un autor que no solo presumía de su pequeñez, la rebajaba incluso. «Mido fácilmente uno sesenta sin empinarme».

La transcripción literal del cuento fundamental de Monterroso no exime de una responsabilidad histórica, ¿puede mejorarse? La experiencia de desperezarse con los ojos legañosos para advertir la continuidad del reptil gigantesco parece imbatible. La referencia constante, a la única obra asimilable en su integridad por nuestras memorias fragmentarias, contribuye a anquilosar sus siete palabras sagradas.

Sin embargo, había que intentarlo. En una aportación que justificaría una carrera académica, me atrevo a proponer una alternativa que solo aumenta el total en una palabra, y que reduce a cambio el número de letras. En concreto, «Cuando despertó, el dinosaurio ya no seguía allí». No podremos recabar la opinión de Monterroso, aunque tampoco cabe imaginar la hostilidad empecinada de quien alborotó textos ajenos y se atrevía a confesar que «desde pequeño fui pequeño».

La versión corregida del dinosaurio, ofrecida aquí en rigurosa primicia, se basa semiológicamente en la estética de la desaparición. Monterroso ofrece un animal con el cual es obligado y reiterado convivir, antes de conciliar el sueño y al despertarse. A cambio, «Cuando despertó, el dinosaurio ya no seguía allí» desdobla la experiencia, y multiplica por tanto su potencial dramático. Hubo un monstruo, que se desvanece sin arrastrar consigo su recuerdo. El estalinismo sin Stalin.

No se ha llegado a la evidente mejora del texto sagrado de Monterroso de un modo atropellado, ni jugueteando en el descanso del partido del Madrid. Se defiende que la convivencia quizás romántica, entre la persona de sexo indeterminado que despierta y su compañero de habitación, siempre se situará por detrás de una ruptura en cuanto a enjundia literaria. Se ofrece una variante programática del «cada familia desgraciada lo es a su manera» de Tolstoi.

Es casi superfluo recordar que la extinción del dinosaurio individual se inscribe en el estructuralismo, como una génesis de la desaparición de la especie. Se puede alegar que «Cuando despertó, el dinosaurio ya no seguía allí» abdica de la condición de fábula, para adentrarse en el comentario social. En realidad, se somete la obra canónica de Monterroso al dictamen hoy inevitable de la autoficción. ¿Quién no ha descubierto al despertarse que en la habitación no había ningún dinosaurio, por lo menos entre el sector de personas que duermen sin su pareja?

George Orwell precisó más de trescientas páginas para que 1984 fuera considerado un título profético. Todavía hoy, ni se te ocurra preguntarle al pseudoerudito que concluye que «vivimos en tiempos orwellianos» a qué capítulo exacto del libro se refiere. En cambio, el irreprimible Monterroso sentenció la experiencia universal en siete palabras, y además dejó un postigo entreabierto para mejorarla. Como se quería demostrar.

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