Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

CRÍTICA

Un Titán en Praga

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google

E l jueves pasado, el Auditòrium de Palma acogió el último concierto de los llamados de abono de nuestra Simfònica. Una velada que, bajo la dirección de Manuel Hernández-Silva, ofreció un programa de gran peso sinfónico con dos obras tan distintas como complementarias: la Sinfonía número 38 ‘Praga’ de Mozart y la Primera Sinfonía ‘Titán’ de Mahler. El resultado fue una sesión más que interesante, con un resultado excelente, una velada de las que dejan al público con la sensación de haber asistido a algo importante.

La primera parte estuvo dedicada a Mozart y a esa maravillosa Sinfonía ‘Praga’, escrita en agradecimiento a la capital checa, ciudad donde Las bodas de Fígaro, primero y Don Giovanni después habían alcanzado un éxito extraordinario. Se trata de una partitura elegante, curiosa al mismo tiempo, pues no contiene el tradicional Minuetto, ya que no era una danza que se bailara en la hoy capital Checa. Hernández-Silva la dirigió con claridad y sin artificios, buscando siempre el equilibrio entre las distintas secciones y permitiendo que éstas sonaran en su justa medida, teniendo en cuenta que utilizó una plantilla algo reducida y que respondió con un sonido compacto y muy cuidado.

Pero la gran protagonista de la noche fue, sin duda, la obra de Mahler. Obra monumental, emocional y profundamente narrativa y cuyo sobrenombre,

{"anchor-link":true}

, procede de una novela del escritor Jean Paul y, aunque el propio Mahler terminó renunciando oficialmente al título, define muy bien el carácter de la obra: gigantesca, heroica, llena de imágenes y contrastes.

Desde el misterioso arranque del primer movimiento, simulando la salida del sol, hasta la explosión final dando a entender la entrada al Más allá, el director planteó una lectura coherente y muy sólida. Quizás algunos tempi —sobre todo en el segundo movimiento, el Scherzo— resultaron algo lentos, pero nunca pesados. Todo parecía formar parte de una idea muy meditada, de una construcción amplia y bien articulada. El director apostó por hacer crecer la tensión que explica como el caminante que escucha la fanfarria lejana (aquí situada fuera del escenario) y los sonidos del bosque acaba muriendo, solamente en cuerpo, pues el espíritu, como Bob Dylan, llama a las puertas del Paraíso, que se le abren de par en par. Un Paraíso que, nos viene a decir el compositor, quizás está entre nosotros.

La orquesta, aquí aumentada, estuvo francamente bien. Sonido amplio, poderoso cuando era necesario y capaz de pasar al lirismo sin traumas, de manera coherente y, a efectos del espectador, sencilla. Vientos (en especial los metales), cuerdas, percusiones varias, dieron la sensación de sentirse cómodos y entregados a la energía del director. Y así lo entendió el público, que respondió con entusiasmo a una interpretación que dejó huella. No siempre se consigue que una gran sinfonía emocione y convenza a la vez. El jueves pasado sí ocurrió.

Para finalizar: esperamos no sea ésta la última vez que veamos a Manuel Hernández-Silva al frente de nuestra Simfònica. Los propios músicos, aplaudiéndole, dieron a entender que también lo desean.

Suscríbete para seguir leyendo

TEMAS

  • praga
  • Público
  • Mozart
  • Manuel
  • música mallorca
Tracking Pixel Contents