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Oblicuidad

Eduardo Mendoza vence al dragón y a Sant Jordi

El público catalán consagró ‘La intriga del funeral inconveniente’, al margen de la diatriba de su autor contra la festividad

Mendoza firma ejemplares de la novela más vendida por Sant Jordi.

Mendoza firma ejemplares de la novela más vendida por Sant Jordi. / EUROPA PRESS

Matías Vallés

Matías Vallés

El académico conservador Knut Ahnlund le concedió el Nobel de Literatura al también derechista Camilo José Cela en 1989. En diciembre de aquel año, y en Estocolmo para cubrir la entrega, entrevisté al especialista castellanohablante de la suprema institución sueca. La pregunta era evidente:

-¿Quién será el próximo Nobel español?

Ahnlund descargó la respuesta de inmediato, sin vacilar, según le cuadraba a un personaje que hablaba de frente:

-En primer lugar, Eduardo Mendoza.

Y recitó los títulos que el escritor barcelonés había encadenado hasta entonces. De nuevo en castellano, El laberinto de las aceitunas o El misterio de la cripta embrujada, porque La verdad sobre el caso Savolta se daba por descontado. Cuatro décadas después, Ahnlund lleva trece años muerto y es lícito afirmar que Mendoza se ha distanciado del Nobel. Con una peculiaridad muy propia, parece haberlo hecho adrede.

Mendoza ejerce un distanciamiento veraz, lejos de la ironía fingida que endulza el combate a muerte en su gremio. Solitario, amante del teatro del West End, por fuerza debía interesarle la introducción de un último giro en el relato. En la rueda de prensa de presentación de su novela recién aparecida, cargó contra una festividad sagrada del catalanismo. En riguroso desorden:

«Hay que decir Día del Libro. Sant Jordi no pinta nada. Voy a empezar a hacer la campaña, fuera Sant Jordi. Era un maltratador de animales y seguramente no sabía leer, no tiene nada que ver con los libros».

Volviendo a Cela, no había exhibición de erudición sino de erudipausia, llegar a la ficción por la acumulación de evidencias improbables. Mendoza puede permitírselo, pero los afectados reaccionaron en tromba, empezando por Puigdemont desde Waterloo. El autor tampoco logró neutralizar los dardos con el apoyo de los animalistas, pese a su inesperada denuncia de las vejaciones a los dragones.

Diez días después de la estridente abominación de Sant Jordi, llegaba el día de la rosa y el novelista tenía que vender La intriga del funeral inconveniente. Cuesta conciliar la extravagancia con la burguesía acentuada, pero la descalificación del santoral se convirtió en el mayor atractivo de la fiesta. De nuevo, Mendoza había logrado ser sospechoso por catalán en Madrid, mientras que en Barcelona se le reprochaba que escribiera en castellano.

Reconozco que afronté el 23 de abril presa de las emociones de un asistente a la Cena de Corresponsales de la Casa Blanca, sin pensar que también se libraba una competición olímpica con reparto de medallas. De ahí la sorpresa cuando el título más vendido en el apartado de ficción fue La intriga del funeral inconveniente. Era de esperar, rezongarán los bien informados, pero tiene mérito derrotar simultáneamente a Maite, Comerás flores y La ciudad de las luces muertas.

Eduardo Mendoza vence al dragón y a Sant Jordi de un solo mandoble, armado con un libro que ya no pertenece a su edad de oro. La inteligencia de la arremetida obliga a plantear si ha recuperado la combatividad, aunque es más probable que se haya limitado a plantear uno de los enigmas absurdos que prodiga en sus libros, entre los que hoy me quedo con Riña de gatos. Madrid 1936.

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