CRÍTICA
La voz humana: el abismo de la soledad
El Teatre Principal de Palma presenta este viernes y sábado ‘La voix humaine’ de Francis Poulenc, en una producción propia

Marga Cloquell y Paloma Camprodón / Teatre Principal de Palma
Hay obras que, sin necesidad de grandes coros, fastuosos decorados o complejas tramas, consiguen penetrar en lo más hondo del alma humana. La voix humaine es una de ellas. Un monólogo. Una voz. Un teléfono. Y, sin embargo, un universo emocional de una intensidad casi insoportable. Francis Poulenc compuso esta ópera en 1958, con libreto de Jean Cocteau, basado a su vez en su propia obra teatral de 1930. Ambos la definieron como una «tragedia lírica».
La voix humaine es una ópera-monólogo para soprano sola que, como ya había hecho antes Schönberg en Erwartung, deja que la cantante haga fluir sus emociones, a veces intensas, en otras delicadas, cuando es abandonada por su amante. Drama, al fin y al cabo. Un drama desnudo, sin artificios, que se sostiene únicamente a través de la palabra, la música y la capacidad expresiva de quien encarna el personaje.
El Teatre Principal de Palma presenta ahora una nueva producción propia de este título singular, con dirección musical de la mallorquina Gemma Camps, dirección escénica de Roberto G. Alonso y la interpretación de la soprano Marga Cloquell, acompañada por la bailarina Paloma Camprodón. Una apuesta que sitúa en primer plano la esencia del conflicto: la fragilidad del ser humano frente al abandono.
La obra gira en torno a un único personaje, Ella. No hay más interlocutores visibles. Todo sucede a través de una conversación telefónica con su amante, que nunca aparece en escena, pero cuya presencia es constante, casi opresiva. Ese recurso, aparentemente sencillo, se convierte en una herramienta dramática de enorme potencia. La palabra, la respiración, los silencios y las interrupciones de la línea telefónica construyen una tensión creciente que desarma al espectador.
Poulenc, compositor profundamente marcado por las contradicciones de su tiempo, utiliza un lenguaje musical directo, desnudo, profundamente expresivo. La partitura sigue con precisión milimétrica las inflexiones del texto, como si la música respirara con el personaje. No hay distancia entre emoción y sonido. Todo fluye a la par, en su conjunto.
El tema central es el desamor, pero sería reductivo limitar la obra a una simple ruptura sentimental. La voix humaine habla de la dependencia emocional, de la soledad, de la necesidad desesperada de ser amado. Ella se aferra a la conversación como a un último hilo de vida, negándose a aceptar una realidad que se impone con crudeza. La mentira, la negación y la autojustificación se entrelazan en su discurso, revelando poco a poco una verdad devastadora.
En este sentido, la ópera se sitúa en una tradición moderna en la que sin apenas acción, en el sentido convencional, todo sucede dentro del personaje. El verdadero drama es psicológico. Y ahí reside su fuerza.
La propuesta escénica actual tiene ante sí el reto de hacer visible lo invisible: que el espectador imagine una ausencia. En este tipo de obras, cada gesto, cada pausa, cada mirada adquiere un peso decisivo. La interpretación de la soprano no es solo vocal, sino profundamente teatral. Es un ejercicio de entrega absoluta.
En tiempos de hiperconexión, de móviles y redes sociales, La voix humaine resulta sorprendentemente contemporánea. La comunicación, mediada por la tecnología, se revela frágil, incompleta, incapaz de sostener lo esencial.
La voz, esa voz humana que da título a la obra, se convierte en el último refugio, más allá de los tecnicismos y tecnologismos, valga la palabra.
Estamos ante una ópera breve, de menos de una hora, pero de una intensidad que deja huella. Porque, al final, lo que escuchamos no es solo la voz de la protagonista, Ella, sino la de todos nosotros.
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