Oblicuidad
Nadie mira al teléfono después de que le cuelguen
El cine recurre como elemento de tensión dramática a un gesto inconsistente fuera de la pantalla

Los personajes de Murakami miran al teléfono después de colgarlo. / EPC
Empezando por el final, nadie mira al teléfono en la vida real después de que le cuelguen. Ni siquiera había reparado en este gesto absurdo, pero un día me entretuve con una novela de Murakami. En medio del desorden característico del autor japonés, uno de los personajes deposita sus ojos en el aparato por entonces todavía fijo. La acción se paralizaba, el desarrollo se interrumpía, no tenía sentido mantener la «suspensión de la incredulidad» recetada por Coleridge. Corté la comunicación con el libro.
Es innecesario añadir que no he vuelto a leer a Murakami, y a veces pienso si no me he quedado corto en el castigo. Pese a mi enérgico rechazo, el clisé se repite en decenas de películas, sin que el triste hábito se interrumpiera por imperativo de los móviles. El novio desatendido, la mujer maltratada, el detective y el criminal. Todos ellos con los ojos fijos en el smartphone, cuando sus interlocutores han interrumpido la comunicación de forma radical o se ha registrado una conversación altisonante.
El cine recurre como elemento de tensión dramática a un gesto inconsistente fuera de la pantalla. La mayor ficción de la industria consiste en inventar gestos ajenos a la cotidianeidad del espectador, pero que conceden a las estrellas el tiempo en pantalla que justifica su estatura mítica. La mirada detenida carecía de sentido en tiempos más reposados. En la actualidad supone una provocación inverosímil, porque se conecta con la siguiente aplicación antes incluso de acabar la llamada.
Aunque la reiteración en el error denunciaba una insolvencia creativa de los directores, cuando menos me sentía orgullosamente en la propiedad de un desliz que no cambiará la historia de la humanidad, pero que resulta inconsistente en la era de la Inteligencia Artificial. Por suerte, lo mejor estaba por llegar.
Esta investigación no tendría desenlace, ni siquiera hubiera aparecido por escrito, de no haberse entrometido varias tardes memorables de lectura del último volumen de los diarios de Alan Bennett. Es un autor imprescindible en la literatura inglesa, y conocido en España aunque con insuficiencia gracias a obras teatrales y cinematográficas como The history boys.
Bennett ha titulado Enough said o Está todo dicho el repaso que alcanza a sus 90 años, se dispone a cumplir 92. Y en la entrada correspondiente al 24 de julio de 2018, nos encontramos con la prueba definitiva:
«Arte pero no vida: En las películas, cuando la persona al otro lado del teléfono cuelga inesperadamente y la persona en la pantalla mira penetrantemente al aparato. ¿Ocurre alguna vez?»
Se trata de una pregunta retórica, resuelta aquí desde las primeras líneas, pero es agradable sentirse acompañado en una observación sociológica por un taxonomista de la talla de Bennett, que ha radiografiado precisamente La locura del rey Jorge. Estas aportaciones eruditas deberían ayudarnos a concluir que los teléfonos no contestan por sí solos.
Con el objetivo cumplido, es obligado sumergirse en nuevas tentativas. Por ejemplo, en la teoría de la manzana no newtoniana. De continuo, la plaga de los nutricionistas enumera las ventajas de comerse una Lady Pink o una Granny Smith. Arte pero no vida, ¿cuándo ha visto por última vez a alguien comiendo una manzana?
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