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El gallinero

Agitando a Ibsen

Imagen de ‘L’enemic’, estrenada en el Principal de Palma.

Imagen de ‘L’enemic’, estrenada en el Principal de Palma. / TEATRE PRINCIPAL DE PALMA

Rafa Gallego

Rafa Gallego

Como espectador, llevo años mendigando adaptaciones de clásicos que mantengan la esencia y dinamiten la textualidad. Estaba convencido de que Martret lo haría a propósito de Ibsen, que su Enemigo del pueblo sería eso, una versión libre en lo formal, en lo estético (maravillosa la escenografía), aprovechando que el texto del noruego –escrito a finales del XIX- sigue estando vivo, radicalmente contemporáneo.

En L’enemic (la gran apuesta del Principal de Palma para esta temporada), la libertad del adaptador-director empieza en el preludio, en esa voz, que es la suya, dirigiéndose al público, al pueblo, para hablar sobre la verdad. El mundo no es verdadero, pero es real, sostuvo Pessoa.

Se inspira en Hanna Arendt para urdir ese manifiesto, pero por ahí se pasea Hegel –en realidad, presente en toda la obra– y apuntala una tesis, la suya, la de muchos de los que estábamos ahí, y que también tiene que ver con la liquidez que nos confunde, referenciando a Bauman.

A partir de ese momento, la historia: el balneario y sus aguas putrefactas –metáfora ineludible de nuestro paraíso devastado– la tensión dialéctica, con posturas enrocadas, con pocas dudas y cambios de chaqueta interesados, los bandos dispuestos como en un tablero de ajedrez, con movimientos predecibles, la manipulación –ahora se le llama fake news– y la miseria moral. Un drama, vaya, que Martret convierte en comedia desde casi el inicio –la entrada en escena de Toni Gomila (Stockman/Estelrich), caricaturizado– y que modula y eleva hasta lo bufonesco cuando le parece; y eso te puede alejar o divertir (los espectadores se ríen). Rompe moldes la apuesta, rompe la cuarta pared, arriesga en el subrayado de los discursos, que se replican varias veces, o muchas –imagino que a modo de advertencia sobre el mundo que nos está quedando– y saca de su zona de confort a los intérpretes, lo mejor de cada casa y con una Caterina Alorda soberbia.

Hay que volver a Ibsen, siempre, y a todos los grandes, para agitar sus palabras, para darles el meneo que se merecen.

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