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CRÍTICA

Verdi en su justa medida

Requiem de Verdi

  • Orquestra Simfònica de Balears
  • Solistas vocales
  • Coral UIB
  • Pablo Mielgo, director

El pasado jueves, el Auditorium de Palma acogió una de esas veladas que bien podrán recordarse: La Simfònica optó por programar el Réquiem de Verdi, una obra singular y en la que el compositor combina muy bien la espiritualidad extrema con la intensidad emotiva, pero controlada.

Así lo entendieron los intérpretes que, desde los primeros compases, ya enfatizaron en esos valores, poniendo sumo cuidado en la obtención de un buen sonido.

El coro Universitat Illes Balears, aumentado notablemente hasta las cien voces y preparado por Núria Cunillera, respondió con una calidad tímbrica notable, sin caer en la tentación de convertir los grandes momentos en meros ejercicios de potencia. Los fortes fueron rotundos, pero nunca desbordados, mientras que los pianos sonaron delicados y, en algunos momentos, incluso camerísticos. Esos contrastes permitieron que la partitura respirase con naturalidad, sin rigideces ni afectaciones. La casi violencia del Dies irae combinó a la perfección con la introspección del Liberame, este junto a la soprano, que tuvo uno de sus momentos más exquisitos de la velada.

En cuanto a los solistas vocales, la soprano Mira Alkhovik, la mezzosoprano Silvia Tro Santafé, el tenor Antoni Lliteres y el bajo Simón Orfila, todos, sin excepción mostraron su buen hacer, dando muestras de que pueden con una partitura tan exigente. Tanto en sus intervenciones en solitario como en las de dúos, tríos o cuarteto, apostaron por una lectura coherente con el espíritu de la obra. Y además debemos añadir que el diálogo con el coro resultó siempre creíble y sin fisuras ni estridencias. Magnífico, en especial, el Lacrimosa, una de las melodías más hermosas de Verdi.

En la dirección, Pablo Mielgo apostó por una lectura sobria, sin gestos grandilocuentes, pero atenta a los detalles y a la construcción de los grandes momentos musicales, que fueron puntualmente potenciados con la colocación de las trompetas fuera del escenario, en unos palcos de la Sala Magna. Con Mielgo al frente, la Orquesta, nuestra Orquestra, corroboró que si se lo propone, puede obtener resultados óptimos de partituras solemnes y comprometidas. Le va el riesgo, lo asume y lo lleva a cabo.

En definitiva, una interpretación sólida y honesta, donde el equilibrio —entre secciones, dinámicas y sensibilidades— fue la clave de un resultado que convenció, al numeroso público asistente, sin necesidad de artificios.

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