Oblicuidad
Miró y Cela, la polémica convivencia de catalán y castellano en Mallorca
Los monolingüistas de Vox y el PP a sus órdenes quieren arruinar una sana tradición de confrontación idiomática en la isla

Miró a Cela: «No es casual que me haya venido a vivir y a trabajar aquí». / DM
Si alguien piensa que el catalán no es la lengua propia de Mallorca, siempre puede irse a vivir a otro sitio, la isla no anda escasa de residentes efectivos y potenciales. El negacionismo de Vox/PP se complementa con la izquierda bendita, que vende su casa a un alemán y a la vuelta se escandaliza de que una dependienta solo quiera atenderla en castellano.
Sin embargo, la posición más viciosa en cuanto distorsionadora se refugia en la constatación evangélica de que «el idioma nunca ha sido un problema en Mallorca». En realidad, el idioma siempre ha sido el principal artefacto de confrontación, aunque malabaristas como Gabriel Cañellas o Francina Armengol lograran arrinconarlo so capa de defenderlo.
Y en esta sección cultural, Miró y Cela encarnan con solo cuatro letras per cápita la polémica convivencia de catalán y castellano en Mallorca. Frente a las chispas que saltan de esta fusión para iluminar la realidad circundante, los monolingüistas de Vox y el PP a sus órdenes quieren arruinar la sana tradición de confrontación idiomática.
Mallorca no disfruta de más obra mironiana que un par de esculturas desperdigadas y maltratadas por la ciudad, debido a la animadversión castellanofranquista ante un artista abstracto en sus creaciones y en sus definiciones, pero ante todo sospechosamente catalán. Y sería relevante analizar desde una perspectiva histórica la evolución de los universitarios que abuchearon o incluso lanzaron huevos sobre Cela, con motivo de su proclamación en 1980 como catedrático honoris causa de Literatura y Geografía Populares en la incipiente Universitat.
El papel simbólico, y seguramente indeseado, de Cela y Miró al frente de sus idiomas se propaga hasta hoy mismo. El PP tiene que titular con el francés ‘Paysage’ sus exposiciones mironianas, porque Vox le vetaría una denominación en catalán, y en castellano resultaría sangrante para el artista. A la vez, extensos comentarios biográficos con motivo del centenario de Llompart de la Penya omiten su dilatada labor junto al Nobel como si fuera un baldón epsteiniano, cuando debería ennoblecer a un catalanista fuera de toda duda.
En la interlocución entre ambos, Cela y Miró fueron menos radicales que sus huestes. Camilo José Cela Conde, hijo del novelista, dijo probablemente en castellano que «lo que en Miró eran silencios, en Cela era todo lo contrario, pero no sabría decir cuál de los dos era más expresivo».
La geografía se entromete aquí en la biografía, para recelar de que se tilde de mallorquines a quienes voluntariamente residieron durante décadas en la isla, frente a quienes no han tenido más remedio que nacer en ella. Miró le confiesa a Cela (en el supuesto de que Cela no plantara estas palabras en la boca de Miró) que «la luz de Mallorca está impregnada de purísima poesía. No es nada casual, nada gratuito, el que yo me haya venido a vivir y a trabajar aquí. Es la llamada de la tierra, la siento desde que tenía dos o tres años». Su apellido materno era Ferrà, y el discurso del pintor podría ponerse en labios del escritor.
La Mallorca contemporánea surge de un conflicto lingüístico de altos vuelos, al que pueden sumar a Graves para redondear el triángulo. La ultraderecha asimilada de Vox/ PP prefiere amputar la mitad de su esencia a mantener un rasgo de libertad competitiva.
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