CRÍTICA
Incipit

El director de la Simfònica, Pablo Mielgo.
Orquestra Simfònica de Balears
- Anna Fedorova, piano
- Pablo Mielgo, director
- Obras de Tchaikovsky y Beethoven
- Auditòrium de Palma
- 19-marzo-2026
Algunas composiciones musicales son conocidas por sus primeros compases; y puede ocurrir que lo que venga después nos sea desconocido. Un ejemplo muy claro sería el Concierto para piano y orquesta número 1 de Piotr Tchaikovsky, cuyo inicio, tan popular, hace que reconozcamos la pieza en unos segundos. Ahora bien, lo que sigue a esa introducción majestuosa puede que sea de más difícil reconocimiento.
Esa obra, que el compositor escribió entre 1874 y 1875 a propuesta del que era director del Conservatorio de Moscú, Nicolay Rubinstein, contiene momentos de una enorme belleza, alternando los fragmentos líricos, cantábiles, con otros más majestuosos y vibrantes. Y, ahí la maestría del compositor, pasando de unos a otros de forma natural, sin roturas, utilizando sabiamente los crescendos.
El pasado jueves tuvimos ocasión de escuchar y saborear esa partitura como parte de un programa en el que la Simfònica, dirigida por su titular, Pablo Mielgo, invitó a la mediática Anna Fedorova, que hizo una lectura más íntima que explosiva de esos tres movimientos ejemplares. Notable en fraseo, buen sonido, delicadeza a raudales, un tanto dubitativa en alguna ocasión particular, la solista ucraniana demostró que se encuentra muy cómoda tocando ese repertorio. De hecho, es muy aconsejable su versión de la Rapsodia de Rachmaninov que puede escucharse y verse a través de las redes y plataformas. La orquesta caminó por la misma senda como acompañante, o, mejor dicho, como coprotagonista de la obra, pues para nada queda en segundo plano, si exceptuamos las tres cadencias que Tchaikovsky incluye en la obra.
La sesión se había iniciado con la Obertura Leonora número 3 que Beethoven escribió para su ópera Fidelio. Aquí sí que el grupo instrumental no estuvo brillante, pues la lectura de esa exigente Introducción fue plana, sin aportaciones destacables.
Pero para dar a entender que nuestros músicos sí entienden el legado beethoveniano, en la segunda parte ofrecieron una Quinta sinfonía mucho más trabajada. A partir ya de ese otro Incipit reconocible (quizás las cuatro notas más populares de la historia de la música: ta, ta, ta taaaa), la versión fue realmente muy interesante. Claro y contundente el Allegro inicial, precioso el Andante, con esas variaciones bellísimas, matizado el Scherzo, delicada la conexión sin pausa con el cuarto movimiento, a través de un pensado sonido de timbales (aplausos para Susana Pacheco) y enormemente vibrante el Finale, con esos toques mágicos de flautín en la coda (bien por Enrique Sánchez). Y siempre, en todo momento, con todas las secciones (especialmente los contrabajos) dándolo todo para demostrar que esa obra es mucho más que su inicio. Porque, al final, conviene recordarlo: algunas obras empiezan siendo reconocibles, pero solamente se revelan de verdad cuando uno decide escucharlas enteras.
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