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Oblicuidad

El sofá es mucho más exigente con el cine que la butaca

El público se divide hoy entre quienes no ven la película, quienes la picotean unos minutos y el núcleo decreciente de espectadores

‘Zootrópolis 2’, un ritmo endiablado para disuadir a los desertores.

‘Zootrópolis 2’, un ritmo endiablado para disuadir a los desertores. / DM

Matías Vallés

Matías Vallés

La Academia de Hollywood ha instaurado este año un sistema policiaco para verificar que sus miembros han visto realmente las películas a concurso. De lo contrario, no se les permitía votar en las categorías correspondientes de los Oscar. Es decir, ni a los profesionales del cine les apetece ya el espectáculo placentero que les alimenta, la frase más socorrida en los Goya es «todavía no lo he visto». ¿Qué es lo siguiente, obligar a los inspectores de la Guía Michelin a degustar los platos más exquisitos del mundo?

El espionaje a los académicos no solo demuestra que no tienen ningún interés por los productos que fabrican, atestigua que no van a verlos desde luego en un multiplex. No se ha explorado todavía con la exigencia requerida la metamorfosis implícita al saltar de la sala al salón, y de la butaca al sofá. El asiento supera en importancia a las disquisiciones dignas de Habermas, por homenajear a otra cultura yacente, sobre las dimensiones y calidades de la pantalla.

En contra del elitismo que se atribuyen los supervivientes de las salas en vías de extinción, el sofá es mucho más exigente con el cine que la butaca. En casa no se aguanta cualquier cosa. En la taxonomía de la clientela cinematográfica, se divide entre una mayoría que no ven películas ni falta que les hace, el contingente apreciable de quienes picotean el contenido durante unos minutos hasta que sufren la primera caída de fe, y la cifra desfalleciente de adeptos que no interrumpen la contemplación hasta que aparecen los títulos de crédito. Y que permanecen despiertos, si la película lo permite.

En los cines, el número de personas que abandonan insatisfechas la sala es muy inferior al descontento real en la platea, incluso entre las descreídas nuevas generaciones. Se cumple el síndrome de los turistas, donde las críticas al destino de vacaciones llevan implícita la confesión de haberse dejado engañar, y encima pagando.

El compromiso de la butaca se deshace en el sofá, con una horizontalidad que invita a sucumbir al abandonismo. El secreto de la sala no radica en la oscuridad, ni en la estomagante experiencia compartida que tanto inspira a los predicadores que ya no van al cine. La magia consiste en que no abandonarás la proyección a medias, en la mayoría de casos.

Dos horas ininterrumpidas de atención, aunque sea con la distracción indispensable del móvil, suponen una disciplina sin parangón en el mundo contemporáneo. La fragmentación cultural convierte en sospechoso el compromiso. El espectador de una película le ha concedido más tiempo de reflexión sin paréntesis que Trump a la guerra de Irán.

La obligación de la continuidad en la butaca se disuelve en el sofá. Ante el inevitable «¿qué tal la película?», solo cabe responder con un cauto «depende de dónde estés sentada cuando vayas a verla». Pocas producciones alcanzan el ritmo endiablado indispensable para disuadir a los desertores. Ninguna comparable en este apartado a la frenética Zootrópolis 2, que debería prohibirse a los niños porque los condena a un desorden de atención.

En el cine reciente denominado serio y que tampoco lo es, Turno de guardia es una pequeña joya suiza que te mantendrá atrapado al sofá como si fuera una butaca cinematográfica de tu infancia. Sucede también con Ruta de escape. El resto es premioso hasta la exasperación.

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