Oblicuidad
‘Los domingos’ es una película de propaganda ultracatólica excelente
La visión religiosa se impone a cualquier matización laica, en la condena de una adolescente a la clausura

Blanca Soroa, sin Goya pese a que ‘Los domingos’ no existe sin ella. | EFE
Los discursos completos de Franco son un manifiesto antifranquista, porque desnudan una mamarrachada grotesca con mayor contundencia que cualquier sátira. También El triunfo de la voluntad es una denuncia del nazismo, según pretendía la Leni Riefenstahl que conocí con la misma energía que desplegaba para demostrar que no fue amante de Hitler, y que necesitaba uno a sus noventa.
En realidad, las obras citadas no engañan a nadie, la reversibilidad y la elasticidad tienen un límite. En cambio, La cena es un dardo contra el franquismo panoli desde el humor, y Los productores se burla del nazismo bajo la firma del judío Mel Brooks en la canción Flores para Hitler. En el terreno de las grandes idolatrías, por citar a Erich Fromm, ¿dónde queda entonces Los domingos, la segunda película española más importante del año después de Sirat, título que en su desenlace rima sospechosamente con Borat?
Los domingos es una excelente película de propaganda ultracatólica, un mayúsculo manifiesto preconciliar en una sociedad detenida en el tiempo. Encajaría en un ciclo de propaganda vaticana, aunque el jesuitismo trabucaire frunciría el entrecejo. Bajo la especie de la eternidad de su apelación al «discernimiento vocacional», la visión más que perspectiva religiosa de la obra se impone a cualquier matización descreída.
Dada la oferta en el escaparate de las ideas, y puestos a moralizar, el catolicismo radical puede resultar apetecible. Para endulzarlo, Los domingos recurre con inteligencia a la simplificación esquemática. La condena de una adolescente a la clausura parece asumible ante un entorno preconciliar. Vista la factura de sus amistades masculinas, recluirse en la celda húmeda del conde de Montecristo equivale a una liberación.
Las interpretaciones de una obra artística de pago son libres, pero se alegará que el cura relamido y la superiora dominatrix refugian a Los domingos en la caricatura. Con todo, el retrato más deforme de esta película imprescindible golpea a la tía atea. El «rezaré por ti» que le cae como un bofetón no contiene una réplica a la altura, y se dirige antes a la audiencia que a la magistral Patricia López Arnaiz. Incluso el peinado de Medusa o Gorgona, y sus maneras apresuradas, refuerzan la idea del desquiciamiento laico de la hermana del padre frente a la pureza inigualable de la protagonista.
Los domingos es cine de mantelería frente al salvajismo de Sirat, y solo la animosidad contra Oliver Laxe explica que le hayan negado todos los Goya significativos a una película nominada a dos Oscars. Y ni su viperino asesor espiritual podría justificarle a Blanca Soroa que se haya quedado sin premio revelación, pese a que la película católica no resucitaría sin ella.
Las asociaciones también son libres, y viendo Los domingos pienso en el impresionante Pedro Casaldáliga, que no regresa a Cataluña desde Brasil para asistir al funeral de su madre. Los excesos de la piedad. No es un feroz daguerrotipo de Saura, cualquiera de los dos, es un fenomenal paseo partidista por los tiempos que corren. Queda un último obstáculo, cómo explicar entonces 1984, sin acusar de estalinismo al autor del manual de la dictadura mental que otros llamarían mundo contemporáneo. Tal vez porque la contraponemos al George Orwell que admiramos, también porque le otorgamos poco futuro en un festival patrocinado por los ayatolas.
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