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CRÍTICA

De lágrimas a fuegos infernales

Requiem de Mozart

  • Orquestra de Cambra de Mallorca
  • Cor de Cambra de Mallorca
  • Solistas vocales. Bernat Quetglas, director.
  • Teatre de Inca
  • 07-03-2026

El Requiem de Mozart, tiene aquella rara virtud que solo tienen las obras maestras: cada audición, si se ofrece de forma coherente y según criterios basados en la honestidad, parece nueva, aunque la hayamos escuchado decenas a veces. Y esto es exactamente lo que sucedió en el Teatre de Inca, lleno hasta la bandera, por un público que escuchó hasta la meditación esos momentos místicos que tiene la partitura y se revolvió al pensar en las tinieblas del abismo infernal, que Mozart musicaliza como nadie antes. Y todo, con aquel silencio denso que solo se produce cuando la música atrapa.

Bernat Quetglas volvió a poner al frente de su Orquesta de Cámara de Mallorca una partitura que conoce bien y que exige, más que espectacularidad, equilibrio y sentido dramático. Los instrumentistas respondieron con la solvencia habitual de una formación que, con los años, se ha consolidado como uno de los proyectos más serios del panorama musical de la isla y que, gracias a la decisión de los responsables del Teatre puede gozar de una sede estable, lo que permite trabajar de manera continuada un proyecto tan útil y necesario.

Con un sonido compacto, claro y sin estridencias, dejando respirar la partitura al máximo (muy apropiado el largo silencio después del Lacrimosa), Quetglas optó por dar protagonismo al coro, que sostiene buena parte de la obra. Sí, un Cor de Cambra de Mallorca, que de forma colectiva mostró una expresividad y una afinación sobresalientes. Los números fugados, siempre comprometidos, aparecieron muy articulados y con una seguridad que demostraba un trabajo previo riguroso. En definitiva, una actuación sólida que dio a la interpretación una base expresiva de gran nivel.

Los solistas vocales, Margarita Rodríguez, Serena Pérez, Francisco Fernández-Rueda, y Jorge Tello, mostraron también una profesionalidad indiscutible, afrontando sus momentos con un buen gusto y exquisitez, sin caer en excesos expresivos. El Requiem de Mozart no es una obra de exhibición vocal, sino de sutilidad y equilibrio entre las voces, y en este sentido el cuarteto solista cumplió con solvencia, integrándose con naturalidad en el conjunto y aportando el color necesario a cada intervención. Muy bien el Tuba Mirum, en el que Tello mostró que posee una voz apta para muchos y diversos estilos. Quizás un tanto forte la intervención del trombón, que Mozart incluye como sustituto de la trompeta (tuba en latín).

Una breve nota para citar la inclusión de la obra Transitus liminis del joven compositor Joan Pérez-Villegas a modo de Obertura, pues se interpretó sin pausa justo antes de la obra mozartiana, que finalizó el alumno Süsmayr. Honores de gran artista a esa promesa mallorquina.

El resultado global fue una interpretación intensa y respetuosa con el espíritu de la partitura, que el público recompensó con largos aplausos. No era por menos: llenar el Teatre de Inca con una obra de esta profundidad y mantener la atención del público hasta el último compás es, sin duda, todo un éxito. Y también un síntoma saludable: la música clásica continúa encontrando su espacio cuando se defiende con rigor y convicción.

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