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Oblicuidad

A Trump debería gustarle el ‘show’ de Bad Bunny

Los cantantes no librarán al mundo de los políticos indeseables, por muchos ‘pins’ que se pongan en la solapa

Un modesto bailarín, un actor excepcional.

Un modesto bailarín, un actor excepcional. / E. PRESS

Matías Vallés

Matías Vallés

Aquellas tardes inolvidables de 2024, implorando a los dioses musicales que doblegaran la neutralidad de Taylor Swift para inclinarla a votar a Kamala Harris. Y la alegría desbordante cuando se obró el prodigio, la entronización de las señoras con gatos. Nada podía salir mal en noviembre de aquel año, salvo que el presidente de Estados Unidos y resto del planeta se llama Donald Trump.

El ser humano es el único animal que no escarmienta dos veces en la misma piedra, así que Bad Bunny recoge el testigo de los artistas concienciados. Su show en la Super Bowl recordó quizás demasiado el espíritu de Encanto, porque Lin-Manuel Miranda se ha proclamado el músico de origen portorriqueño más importante de la historia. Decide Washington, George en el caso de Hamilton.

La sorpresa sobre el intermedio de la Super Bowl radica en que a Trump debería haberle encantado el show de Bad Bunny. Ejerce un machismo progresista y latino, desde los descomunales letreros de ‘Cachonda’ o ‘Perreo’, por no hablar de las coreografías cosificadoras.

Celebra el continente americano con más entusiasmo que la ‘doctrina Monroe’, recitando hasta los países minúsculos en su «God bless America». El presidente estadounidense se despachó con el ya famoso «no se entiende nada». Con todos los respetos, se sirvió un espectáculo digno de estrenar la sala de baile del ala Este de la Casa Blanca.

La Super Bowl engarzó con los Grammys en un despliegue de armonía universal que obliga a recordar que los cantantes no librarán al mundo de los seres indeseables, por muchos ‘pins’ que se planten en la solapa. El gran cómico Bill Maher se negó a someterse a la punzada, y casi le ajustan un Minneapolis.

Conviene centrarse en el espectáculo de Bad Bunny. Ejerce de modesto bailarín o cantante, pero es un actor excepcional y de ahí el liderazgo voluntariamente asumido. Se agarra los genitales durante buena parte de su interpretación, pero no logra superar su genial participación episódica en Bullet train, donde se desembaraza a velocidad de vértigo de la aureola de Brad Pitt y sobre todo del inmenso Aaron Taylor-Johnson.

El nuevo profeta santifica «la capital del perreo, ahora todos quieren ser latinos». No logra sofocar el magnetismo musical de Ricky Martin, que solo necesita unos segundos para robarle los focos. Bad Bunny se ha instalado en la reivindicación irónica de «Nueva Yol», olvidando tal vez que el protagonista más pintoresco y representativo de la Metrópolis vuelve a ser Trump.

El espectáculo transcurre al ritmo desenfrenado de Zootropolis 2, donde Shakira asume el rol del portorriqueño. La rebeldía de traducir todos los términos al castellano, así que la ‘Big Bowl’ pasa a ser el ‘Gran Tazón’, debería ofender menos a los trumpistas que a los intelectuales españoles, tan amigos de exhibir su ignorancia con términos de origen latino rebozados de anglicismos.

Supongamos que el ogro Trump no hubiera abominado del espectáculo de Bad Bunny, aunque resulta imposible descontaminar cualquier acontecimiento global de la inevitable interferencia de la Casa Blanca. Enfrentarse al vendaval es un mérito de Benito Antonio Martínez Ocasio, que no comparte apellido casualmente con Alexandria Ocasio-Cortez, la segunda congresista más odiada por el Donald después de Ilhan Omar.

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