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Oblicuidad

Esteso y Pajares llenaban los cines ahora vaciados por las películas pedagógicas

España se avergonzaba de sus Rinconete y Cortadillo, hasta que Saura y Villaronga los convirtieron en actores de culto

Encarnaron el orgullo de la miseria, también intelectual.

Encarnaron el orgullo de la miseria, también intelectual. / DM

Matías Vallés

Matías Vallés

El cine contemporáneo es cada vez más educativo, lo cual sin duda llena de satisfacción a sus creadores, mientras las salas se despueblan con empecinamiento. La muerte de Fernando Esteso nos devuelve a los tiempos en que las películas groseras y grotescas que protagonizó junto a Andrés Pajares atiborraban las plateas.

El fenómeno se repetía anualmente en el cine Capitol de la plaza Alexander Fleming. Se estrenaba Los bingueros, con la mayor recaudación de aquel 1979 en toda España. O Los energéticos, rodada en el hotel Valparaíso que brindaba el escenario natural a Esteso y Pajares. En la sala palmesana no cabía ni un alfiler, y las carcajadas llegaban al cielo.

No esperábamos nada del cine, y por eso aprendimos tantas cosas a oscuras, antes de que llegaran los insoportables pedagogos contemporáneos. Cabe admitir que las risotadas que prodigábamos eran culpables, con la sensación de asistir a un rito prohibido. Y nada impedía matricularse en el Capitol en la sesión de tarde, para asistir con toda normalidad por la noche a un recital de Luis Eduardo Aute 0 de Lluís Llach, nos hubieran vetado la entrada de haber sabido de dónde veníamos. Qué tiempos, en que los placeres culpables eran compatibles con los deleites obligatorios.

El humor grueso de Esteso y Pajares bajo la batuta de Ozores satisfizo a quienes jamás logramos sintonizar con Alfredo Landa o con Paco Martínez Soria. En la españolada también se registró un cambio generacional. Se suele culpar a los protagonistas de este párrafo de una hidalguía con boina y desde luego machista. Error, el cine social exhibe hoy una soberbia mucho más acentuada.

Esteso y Pajares fueron los Rinconete y Cortadillo del postfranquismo, además de las principales víctimas de las chanzas que prodigaban en sus películas. Encarnaron el orgullo de la miseria, también intelectual. Rocky y Roque III no se parecen en que siempre se levantan, sino en que les gusta caerse.

Nos reíamos con el gordo y el flaco en la clandestinidad, desde la convicción de que jamás podríamos compartir su extraordinaria vis cómica con la intelectualidad. Imaginen la sorpresa cuando nada menos que Carlos Saura selecciona con sabiduría suprema a Andrés Pajares en Ay, Carmela, y la España izquierdista descubre a un actor extraordinario. Tras el primer rescate, era inevitable que Agustí Villaronga se fijara otro día en Fernando Esteso para Incerta glòria. Nosotros los descubrimos antes.

Todavía hoy, necesitamos que Gabino Diego rece un responso laico por Esteso, antes de exteriorizar nuestra admiración. Debemos reconocer que desagrada escuchar en pantalla una expresión como «es para mear y no echar gota». Pues bien, esta frase literaria fue pronunciada el pasado lunes por la diputada socialista Marta Trenzano en el Congreso, en referencia a Alberto Núñez Feijóo en el seno de la comisión de la dana. Elegancia y señorío contemporáneos.

Esteso y Pajares no pesaban lo mismo. Quienes hemos visto todas sus películas más de una vez sabemos que la responsabilidad cómica descansaba sobre Don Andrés, un auténtico genio del humor también en sus actuaciones en solitario. El ahora fallecido oficiaba de exigente contrapunto. Tuve ocasión de preguntarle, y se refugió en un enigmático «somos inconfundibles». El secreto del estrellato.

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