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Oblicuidad

Jean-Luc Godard hubiera rodado con Sydney Sweeney

La coincidencia en cartelera de la extraordinaria ‘Nouvelle Vague’ y la comercial ‘La asistenta’ incita al trasvase

Sydney Sweeney, la persona más controvertida del momento.

Sydney Sweeney, la persona más controvertida del momento. / DM

Matías Vallés

Matías Vallés

Jean-Luc Godard encabeza la relación de los pensadores más importantes del siglo XX, por encima incluso de Woody Allen. Se halla en buena compañía, junto a Bobby Fischer, Salvador Dalí o Dorothy Parker. El director francés ha inspirado una extraordinaria película del prolífico Richard Linklater sobre el rodaje de Al final de la escapada/ À bout de souffle / Breathless, con Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg. En mi memoria, es posible que Nouvelle Vague supere al original, entre otras cosas porque ni el cineasta auténtico podría igualar su recreación a cargo de Guillaume Marbeck.

El enigma a resolver hoy plantea cuál es el nexo de unión entre Nouvelle Vague y La asistenta, que ha recaudado centenares de millones de euros a partir de la novela igualmente superventas. La respuesta es elemental, porque Godard recuerda en su debut que una película consiste en «una chica hermosa», así que rodaría hoy con Sydney Sweeney como hizo con Brigitte Bardot en Le mépris / El desprecio. De BB a SS, aunque solo sea para escandalizar a quienes no admiten comparación para la única mujer creada por Dios. O por God-ard.

El barbudo ‘New York Times’ se plantea ahora mismo si «¿Es Sydney Sweeney la actriz más desconcertante/ ‘perplexing’ de la actualidad?», con la misma intensidad desplegada para analizar la extracción de Maduro. El atormentado titular se queda corto, pues debería ampliarse a «¿Es Sydney Sweeney la persona más controvertida del momento?»

En su faceta laboral que pertenece a todos los espectadores que han pagado una entrada, Sweeney no es ‘el cuerpo’, pero sí ‘el sexo’. En La asistenta no solo se desembaraza de la polémica artificial creada por su anuncio de pantalones vaqueros, sino que ahonda en una dimensión erótica que la distancia de sus papeles comprometidos, por ejemplo en The white lotus. El ególatra/ ‘egódatra’ Godard la hubiera dirigido con la misma gelidez que administró a Jean Seberg en Al final de la escapada, un maltrato acentuado por Zoey Deutch en su memorable recreación de Nouvelle Vague.

Antes de que el integrismo se cebe de nuevo en Sweeney, cabe recordar que La asistenta rima no casualmente con La asesina, por lo que la protagonista utiliza técnicas de confrontación con el machismo que levantarían dudas entre las feministas más radicales. A cambio, o precisamente por ello, la actriz controvertida no opone el menor reparo a un lucimiento anatómico que disfraza la película erótica de thriller, un Hitchcock con ahorro en vestuario, un Brian de Palma que raciona la sangre. Frente al despliegue asistencial de Sweeney, la coprotagonista Amanda Seyfried prefiere mantenerse entre los límites recatados de una rubia de Sir Alfred.

Dado que no sirve para otra cosa, la desocupada Ignorancia Artificial debería construir una película firmada por Godard y ejecutada por Sweeney, que ha sido catalogada como la musa ejemplar de Trump. La actriz correría un riesgo evidente, porque el obsesivo director formado en la revista Cahiers du Cinéma marcaba para siempre el futuro de sus protagonistas femeninas. Jean Seberg comenzó en el París de los cincuenta una ruta hacia el infierno que la depositó en brazos de Carlos Fuentes, léase Diana o la cazadora solitaria, antes de sacrificarla en un coche abandonado en las calles parisinas.

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