CRÍTICA
Un buen concierto con un gran concierto
Orquestra Simfònica de Balears
- Violí: Franz-Peter Zimmermann
- Director: Pietari Inkinen
- Obras de Ravel, Martin y Bartók
- Auditòrium de Palma. 15-01-2026
Calificación: ****½
Sí, y no es, solamente, un juego de palabras, pues el concierto como sesión estuvo muy bien en general, pero el Concierto para Orquesta de Bartók, superó todas las expectativas.
Pero vayamos por partes. Con Ma mère l’oye de Ravel ya pudimos intuir que estábamos ante un director muy solvente, muy interesado en los matices, pidiendo a cada sección y a cada instrumentista, el sonido que mejor le iba en cada momento. En esas cinco miniaturas ravelianas, lo que interesa, además del detalle, es el todo, ese «hacer sentir el aire» que decían los impresionistas. Muy bien, en especial, ese Patufet perdido en el bosque mientras los pájaros comen sus migajas de pan.
Luego nos encontramos con un Concierto para violín de nueva factura, pues se ofreció en calidad de primera audición. Muy interesante el tercer movimiento, en el que el compositor Frank Martin muestra sus saberes, después de dos tiempos menos trascendentes. El violinista, Frank Zimmermann, que ya conocíamos aquí pues interpretó con la Simfònica el Concierto de Mendelssohn hace unos años, hizo una lectura valiente de la partitura, que bien merece una segunda audición. Ahora bien, en lo que destacó sobradamente fue en los dos bises que, a petición del público, tuvo bien en ofrecer: Un Schubert y un Bach. Terminar con el Maestro siempre es una buena idea.
Y en la segunda parte, la vorágine, el esplendor, la genialidad, a través de esa obra inclasificable a la que Bartók definió como Concierto para orquesta y en la que pasa de los momentos, pocos, elegíacos a los vibrantes y majestuosos, siempre con una elegancia exquisita. En esa obra, un encargo de la Simfònica de Boston al compositor, justo cuando se le había diagnosticado una leucemia, se abren todas las posibilidades sonoras y temáticas de la época: elementos de la música popular, melodías de otros compositores, extravagancias rítmicas, todo, pero unido y combinado de manera genial.
Y aquí es donde entra Pietari Inkinen, un director al que personalmente había conocido en Bayreuth dirigiendo la que ha sido hasta ahora, la última producción de Der Ring des Nibelungen. Entre Wagner a Bartók existen muchas diferencias, pero entender uno implica poder afrontar el otro con garantías. Inkinen, sabio en el pódium, dirigió esa obra de manera impecable, sin magnificar los elementos sonoros, pero manteniéndolos, de tal manera que los ricos acompañamientos nunca sobrepasaban la melodía, siendo a la vez parte de ella. Una dirección, en definitiva, muy precisa y libre a la vez y con la que no podemos estar más de acuerdo. Un gozo, vaya.
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