Obituario
Mi amigo Miguel
Voy a suplicar a este diario que me permita ser un poco irreverente. Me ha costado unos días encontrar esta foto que sabía que existía. Ya con ella, he podido sentarme ante el teclado. Miguel celebraría mi elección. Observad su expresión socarrona, la chispa reflejada en su mirada. Así era Miguel.

Miguel Font, fotógrafo de raza, en la Necrópolis de Cristóbal Colón, en La Habana, año 2007. | PEDRO COLL
Esto no es una necrológica. Quiero hablar de la vida.
Nos conocimos con algo más de veinte años. Éramos principiantes que revelaban los negativos y positivaban las copias en los baños de sus domicilios familiares. Yo acababa de hacerle unas fotos a una amiga común, Marisa. Cuando Miguel las vio, quiso conocerme y así comenzó nuestra amistad. A partir de aquel momento, durante casi sesenta años, nuestra aproximación a este lenguaje que es la fotografía progresó de manera paralela. Mi relación con Miguel siempre fue fácil y amena, era un tipo tranquilo, sencillo, con gusto, con gran sentido del humor y un magnífico criterio fotográfico del que en muchas ocasiones me serví.
Debo confesar que me pasé su funeral con él a mi lado, reviviendo momentos especiales. Soy el primer sorprendido, fue una especie de placentera experiencia paranormal que duró todo el tiempo de la ceremonia. Al acabar, evitando a la gente salí al frío de la calle de San Jaime emocionado.
Al llegar al momento vital en que tuvimos que decidir nuestro futuro, cada uno a su manera optó por trasformar aquella vocación en su manera de vivir. Nos tiramos a la piscina sin saber si había agua. De vez en cuando íbamos a Barcelona y visitábamos a tres fotógrafos ya establecidos, muy diferentes entre sí. Era una manera de ir tanteando el campo de batalla que nos esperaba. Comenzábamos con Toni Vidal, menorquín, un tipo purista, taciturno, ideológicamente estricto, todo en él era serio. Decidíamos que fuera el primero porque, al ser un pesimista de manual, si le dejábamos para el final corríamos el riesgo de volver a casa con la moral a la altura del betún. Y no era lo entonces que necesitábamos. Después, visitábamos a Toni Riera, en su estudio, un fotógrafo que hacía moda. Por tener nuestra edad, Toni nos generaba una envidia sana, en aquel momento estaba realizando sesiones de fotos en Ibiza para la revista Interviú. Dejábamos para el final a Oriol Maspons, un consagrado, representante de aquella gauche divine de la calle Tusset: Maspons, Colita, Miserachs, Pomés. Era cáustico, inteligente, muy sociable y podía ser divertidamente demoledor, no dejaba títere con cabeza.
En esas estábamos cuando un día vimos el anuncio de una agencia de fotógrafos de Barcelona que ofrecía un sistema de representación innovador. Era AGE Foto Stock. Decidimos visitarla en uno de nuestros safaris barceloneses. Y, entonces, conocimos al insustituible y ambicioso Alfonso Gutiérrez. Sobre la mesa de la cocina de su casa -lo veo como si fuera ayer- revisó minuciosamente nuestros respectivos dossiers de trabajo y nos dijo que bien, que todo muy bonito, pero que volviéramos cuando hubiéramos aprendido lo que era la fotografía de verdad. Miguel y yo volvimos a Palma con el rabo entre las piernas y la cabeza hecha un lío.
La letra con sangre entra y, en ese proceso de supervivencia, ambos, cada uno por su lado y a su manera, llegamos a sortear aquel escollo y otros muchos que fueron apareciendo. La vida es una larga carrera de obstáculos en la que la ilusión y la tozudez son trascendentales. Lo cierto es que, en noviembre del año 2000, Miguel y yo estábamos presentes en el mitin que AGE Foto Stock daba en un salón de conferencias del Hotel Marriot, en Manhattan, inaugurando así su oficina en la capital del mundo. Toda una pica en Flandes de aquel irreductible Alfonso Gutiérrez que tan importante fue para algunos fotógrafos españoles. Muy atrás quedaba el recuerdo del día en que, en la cocina de su piso, en Barcelona, nos había puesto en circulación dándonos un baño de realidad.
Me quedo aquí con estas anécdotas del inicio y arranque en paralelo de nuestro proyecto vital. La fotografía es un camino nada fácil, zigzagueante, que te amarra a la vida y te obliga a estar sobre el terreno y en primera fila. Miguel nos ha dejado después de vivir la que él quiso tozudamente vivir. Su DNI podrá decir que eran setenta y siete años, pero su mente no tenía edad. Carlos Fuentes resolvió el dilema de las edades de un solo brochazo: «Si al hacerte mayor, no eres joven, te lleva gran chingada».
Sé que seguiré encontrándome de vez en cuando con él en el Bar Bosch, charlando de nuestras cosas y comiéndonos unas langostas de jamón y queso, una Coca Cola Light él y yo un café con leche.
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