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Obituario

Miguel Font, fotógrafo

Hizo de su mirada una forma de vivir, un oficio incluso, elevado a la categoría de arte

El fotógrafo Miguel Font, en una imagen de archivo

El fotógrafo Miguel Font, en una imagen de archivo / Torrelló

José Carlos Llop

José Carlos Llop

Palma

Miguel Font Jaume tuvo una de las sonrisas más amables de la ciudad. Era una sonrisa hacia adentro que de vez en cuando afloraba y en ocasiones se convertía en risa, como si no se creyera lo que estaba pasando, o estaba viendo a su alrededor. Esa sonrisa era la del que mira en solitario, entre voyeur y peeping tom, y está tan acostumbrado a ello que ha hecho de su mirada una forma de vivir, un oficio incluso, elevado, en su caso, a la categoría de arte. De arte menor, sin aspavientos ni creyéndose lo que no.

Cuando descubrí a Miguel Font en Palma –en la ciudad de la adolescencia todo son hallazgos y descubrimientos–, no era una persona sola sino tres. El fotógrafo ya era él, pero inseparable de Sali Marí –que era ceramista– y de Jaume d’Es Triquet, que entonces vestía a la usanza de una Ibiza pasada por París. Miguel Font era, pues, un equipo de tres y él un fotógrafo de estirpe hamiltoniana que derivaría con placer de cronista en el blanco y negro.

Palma, La Habana y Tel Aviv –sus ciudades– vinieron después. Antes Miguel fotografiaba a sus amigas, las inauguraciones de la Sala Pelaires –él fue la memoria gráfica del buque de Pepe Pinya–, Babel’s, la barra del Formentor –recuerdo ahora a Niní Quetglas, Emilia Casasnovas y Carlos Mensa– y ahí había una pulsión de retratista de cámara que camufló en mera escenografía urbana. Fue un testigo importante de la vida palmesana sin pasar por la redacción de ningún periódico. Lo fue a su aire, hasta que esa vida mutó en otra: nunca tuvo aspiraciones de pasar a la Historia.

Viajes

Entonces se fue con la cámara a otra parte, ya dije: La Habana y Tel Aviv y regresó feliz, con esa felicidad del insular incrédulo, cuando se va lejos y descubre una vida en la que se siente satisfecho y pleno; una vida donde cabe, al revés que en nuestra tierra natal, la ternura sin defensas. De ahí su afición por los perros y perrillos callejeros; de ahí su mirada sobre la inocencia y capacidad de sorpresa de los niños. En cuanto a su Palma es la Palma de un expatriado –siempre lo fue– y una Palma sin nombres, casi una ciudad del anonimato.

Miguel Font acaba de morir y mientras lo hacía han sucedido dos cosas (yo creo en los signos). Una es que se ha publicado en España el último libro de Julian Barnes, titulado Despedidas –Barnes tiene tres años más que Font– y ustedes se pueden imaginar. La otra es que Miguel murió el mismo día del funeral de Brigitte Bardot –ataúd de mimbre como la duquesa de Devonshire– y siendo como era él, estoy seguro de que tener esa embajada previa le habrá hecho mucha, mucha gracia, lo estoy viendo. Sonriente, por supuesto y mirando ahí donde nosotros aún no hemos llegado.

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