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Oblicuidad

‘Núremberg’ blanquea a Goering por culpa de un extraordinario Russell Crowe

Jueces, fiscales y militares se estrellan en la película con el jefe de la fuerza aérea nazi, afortunadamente suicidado

Russell Crowe derrota al resto del reparto desde su celda.  | DM

Russell Crowe derrota al resto del reparto desde su celda. | DM

Matías Vallés

Matías Vallés

Sir Alec Guinness no solo reprochaba a España su obsesión por encarcelar a Augusto Pinochet, cuando ese país primitivo ni siquiera había ajustado cuentas con Franco. También denigraba las interpretaciones de Adolf Hitler que se esforzaban por satanizarlo, «olvidando que no era un monstruo, sino un hombre que acariciaba a los niños y que sabía sonreír».

Guinness se enfrentó al reto de interpretar a Hitler en Los últimos diez días, buscando una identificación más psicológica que fisionómica. La vigencia indisputable del nazismo en la cartelera se traduce ahora mismo en Núremberg, sobre el proceso a 22 mandatarios nazis en 1946. La película contiene el mayor miscasting de la historia del cine, porque Rami Malek solo puede interpretar a un psiquiatra para quienes adjudiquen a Freddie Mercury una licenciatura en Medicina.

Al mismo tiempo, Núremberg ha logrado el mayor acierto en un reparto de este año, al seleccionar a Russell Crowe para interpretar a Hermann Goering, probablemente la figura más destacada del nazismo después de Hitler. Majestuoso es quizás el adjetivo más apropiado para definir la interpretación estratosférica del actor australiano, con un poder de convicción que remite al carisma indiferente del Marlon Brando tardío.

Obligada por la historia, Núremberg otorga a Goering/Crowe un empuje casi sobrenatural. El juicio entero orbita a su alrededor, los otros acusados lo reverencian. El actor no se siente concernido en ningún momento por la limitación del repertorio histriónico a que obliga su encarcelamiento. El comandante supremo de la Luftwaffe, número dos en la sucesión al frente del Estado y saqueador de obras de arte, ensancha la celda al bombear el pecho.

En resumen, y aquí aparece el punto más desconcertante de esta superproducción documental, Núremberg blanquea a Goering por culpa de un intérprete extraordinario. Suerte que la caída sacrílega de Warner Bros en las garras de Netflix demuestra la invisibilidad cinematográfica. En otros tiempos, se hubieran montado manifestaciones frente a las salas.

Crowe se aprovecha de la situación de partida, los diálogos facilitan su labor de poner en jaque a todas las autoridades polarizadas en su contra. Jueces, fiscales y militares se estrellan en la película con el as de la Primera Guerra Mundial, afortunadamente suicidado para evitar un ridículo histórico de sus perseguidores. De haber sido ahorcado junto a sus compañeros, y según los parámetros establecidos por la película, podría hablarse de reminiscencias del Gólgota. Por algo Obama ejecutó sin juicio a Osama Bin Laden, y arrojó sus restos al mar en una geografía de culto imposible.

El coraje de Núremberg consiste en aceptar con coraje el debate entre justicia y venganza. Al enterarse de la posibilidad de un juicio a los líderes nazis, Churchill enarboló su flema radical para avisar de que «más nos vale ganar la próxima guerra».

Núremberg sobresale como denuncia de la crueldad inaceptable de la pena de muerte, un manifiesto indispensable cuando las versiones más extremas del trumpismo demandan la ejecución pública frente a crímenes atroces, como el asesinato de un niño. Es probable que haya hombres que merezcan el castigo supremo, pero ningún ser humano está capacitado para infligirlo.

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