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Joan Bibiloni: «Me parece patético que se vendan entradas para un concierto dentro de un año y medio y encima se agoten»

El músico ‘manacorí’ publica ‘Les parpelles del cor’, un vinilo de textos recitados y banda sonora fruto de una larga revisión y manipulación de los audios que ha acumulado a lo largo de su carrera

Joan Bibiloni, músico

Joan Bibiloni, músico / B.RAMON

Palma

Palabras y música, música y palabras, siete temas recitados, declamados, contados. Les parpelles del cor es un disco que inaugura un nuevo género.

Les parpelles del cor define parte de un estado de ánimo, y una de las muchas maneras que hay para transmitir emociones, vía palabra, vía música... Es la primera vez que me atrevo, con todo el respeto a los grandes amigos que son muy buenos contadores de palabras, a coger la iniciativa y hacerlo yo, y formatear un paquetito en el que hay música y palabra contada, nada de cantar, y con textos míos. Cuando uno convive, más a menudo que antes, con uno mismo, cuando uno se cocina el 99 por ciento de cada día, y solo para él, tiene más tiempo para darle vueltas y revisar cosas.

¿Llevaba tiempo dándole vueltas a este formato?

No, esto ha salido así porque tenía que salir. Estaban los elementos, estaba yo, los textos, estaban las músicas que me han permitido acompañar los textos, había un micro para grabarlo, estaba todo para que yo lo pudiera hacer y la verdad es que no lo estaba rondando, es decir, no es aquello que uno dice: mañana hago esto. No, todo es como una especie de metamorfosis, y uno se va encontrando con ello de una manera natural. Los que escribimos o hacemos música sabemos que no aparece todo al instante, es una cosa que va saliendo y lo importante es estar ahí cuando sale.

¿Se puede decir que el disco tiene conexiones con trabajos suyos anteriores como Ma en es cor y Per a no emmalaltir?

Sí. Ma en es cor fue una revisión en su día de obra de artistas, escritores, músicos de Manacor; y en lo que yo entiendo por Per a no emmalaltir, que era aquello de Damunt sa Roca, estaba el ejercicio chovinista, comarcal, sobre un Manacor que recibe unas radiaciones que hacen que haya el porcentaje más alto de artistas y personajes singulares de todos los Països Catalans. Y claro, eso tiene que ver mucho con la palabra. Hay varias personas, una de ellas Pep Tosar, buen amigo, al que respeto y admiro, y Lluís Massanet, con las que ya hicimos una cosa hace tiempo sobre el libro de poemas de Miquel Àngel Riera, Poemes a Nai, con el que fuimos incluso al Teatre Lliure de Barcelona. Algo fantástico de lo que estoy también muy agradecido fue Revés, sobre cuentos de Antonio Tabucchi. Toda esa convivencia con la palabra me ayudó a aprender a convivir y a perder un poco el miedo. En el Teatre Lloseta también hicimos algo con Ponç Pons, Antoni Vidal Ferrando y Bernat Nadal (Festival de Poesia de Lloseta). Cuando uno convive con personas que se dedican al tema de la palabra a mí me ayuda mucho a ser un poco valiente u osado para meterme ahí. El año pasado hicimos un trabajo emocionalmente reflexivo, a partir de un poema de Waldo Williams, recitado en galés e inglés por Rhys Ifans y en catalán y castellano por Pep Tosar. La música y la producción eran mías. Todo esto me da como un cierto grado de comodidad, de perspectiva, y al mostrar Les parpelles del cor a personas cercanas, lo han bendecido, lo cual me ha hecho sentir como autorizado.

Portada de 'Les parpelles del cor'

Portada de 'Les parpelles del cor' / Imagen original de Sunna Wathen

Joan Bibiloni lleva un año sin tocar la guitarra, dedicado a la manipulación del audio, ¿también a la depuración estilística?

Ahora llevo un tiempo largo sin tocar la guitarra, y mira que la he tocado, tampoco toco en directo. Últimamente me he dedicado a hacer mucha revisión y manipulación de audio, como el pintor que cuando pinta no lo ve nadie. El trabajo de montaje tiene que ser, no sonar, natural. Hay que estar muy atento, es un trabajo de pequeña orfebrería. Hay que cocinar con lo que hay en la despensa. Para mí, la depuración estilística podría ser la posibilidad de seguir construyendo cosas en la medida de mis posibilidades, de que esto no interfiera en mi día a día. Si pudiera escoger hacer otra cosa tengo una colección, lo que se dice pura y dura, de canciones, en un formato bastante libre, en el sentido de que no es jazz, ni funky ni nada de eso... Sin ser pretencioso, Bibiloni ha tocado tantos palitos… y se mueve dentro del mundo del rock, de los 70 más que de los 80, del concepto sonoro, de cómo se hacían las grabaciones en un tiempo y de lo bien que sonaban. En mi próximo ejercicio no hay nada contado, es todo cantado, todo letra y música, nada instrumental. Lo mío va de hacer una cosa, acabarla, y no volver a hacerla nunca más.

Las letras, no cantadas, sino explicadas, son alguna cosa más que letras de canciones. ¿Les podemos llamar poemas?

No lo creo pero yo no distingo las cosas. Tampoco me importa que alguien erudito o no crea que son poemas, o no, lo que me importa es que cuando tú lo escuches digas: me has hecho un poco de compañía. Una de las personas con la que consulté, enseñé y me propuso algunos cambios, no en todos los textos, fue Bernat Nadal, un buen amigo, al que respeto, una persona precisa en sus comentarios; fue de gran ayuda. Un día me dijo: tus letras están bien, podrían ser como poemas. La gente con la que he trabajado son palabras mayores.

El suyo es un disco alejado de las convenciones comerciales del sector musical. ¿Qué relación mantiene Bibiloni con la industria?

Lejana (risas). Tengo una relación respetuosa, se me aprecia, pero lejana. La manera en que se están configurando los festivales no va conmigo, me parece hasta patético que vendan entradas para un concierto dentro de un año y medio, y que además se agoten. También me parecen patéticos los conciertos para masas, con 50 escenarios, me importan un pepino. Me parece patético porque la relación que hay entre el espacio y el tiempo no da para tanto. Igual es un comentario de una persona ‘mayor’, pero es lo que pienso. Esta industria ha anulado casi absolutamente las tiendas de discos. Lo único que tenemos es un maldito móvil en la mano, incluido yo.

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