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Max, dibujante de cómics, ilustrador: «Más que en mi oficio, el laberinto está en mi cabeza»

‘El laberinto del Cuco’ es un libro interactivo que recrea en papel la experiencia inmersiva de una instalación de calle cuyo guion y cómic realizó este premiado y aplaudido autor para la compañía Itinerània

Max: «Más que en mi oficio, el laberinto está  en mi cabeza»

Guillem Bosch

Palma

¿Cuánto de laberíntico tiene su oficio?

Más que en mi oficio yo creo que el laberinto está en mi cabeza. Todo son bifurcaciones y hay que estar tomando decisiones constantemente.

¿Se ha perdido muchas veces a la hora de crear una historieta?

Tampoco muchas, pero sí, perderse es fácil. Con el tiempo uno adquiere esa intuición que le permite equivocarse cada vez menos.

Tras más de 40 años dedicados al cómic ya sabrá lo que andaba buscando.

Creo que sí: el núcleo duro y esencial del lenguaje del cómic. Por eso en mis últimos trabajos de los últimos quince años me he dedicado a ir desnudando mis tebeos de todo lo que me resultaba accesorio, de los embellecimientos porque sí y de todo eso. Es como ir al corazón de los tebeos y ver qué pasa allí. La historia del medio ha sido esta, la de empezar con la máxima desnudez y a partir de ahí ir añadiendo recursos y complicando las cosas. Yo llegué a ese punto en que había muchas posibilidades, muchos recursos, y de repente me apeteció hacer el proceso inverso, y volver como a la base y ver qué pasa allí, que es lo que constituye en sí la magia del tebeo.

La urraca revolotea por sus historietas desde hace tiempo, pero en El laberinto del Cuco no emite ni una sola palabra, se ha quedado muda.

En este libro está muda, sí, pero en otros habla, y por los codos. Eso son libertades que me tomo. La urraca es un personaje que tengo que me sirve de comodín, lo puedo usar en un sentido o en otro, para un tipo de historia u otra, ha sido musa, diablo… Creo recordar que la primera urraca que metí en un cómic fue en una historieta para El País, titulada La noche 1001, sobre la magia de la literatura, en la que este personaje contaba historias que todos conocemos, clásicos de la literatura universal como Moby Dick.

Lo onírico ha inspirado a grandes de nuestro cómic, usted incluido. ¿Sus personajes le asaltan en sus sueños?

Mis personajes se me aparecen en un momento dado, no es que se me aparezcan mientras estoy mirando al vacío. Cuando lo hacen suelo estar con una libreta en la mano y haciendo 20.000 monigotes que no servirán para nada hasta que de pronto sale uno y enseguida veo que ahí hay algo que explorar y desarrollar, algo que me va a dar juego.

En alguna página de El laberinto del Cuco aparece la autoridad, intentando poner mordaza. Disparen al humorista, protestan hoy los contrarios a la libertad de expresión. A estas alturas, ¿le indigna que le digan lo que puede que dibujar y lo que no?

Sí, claro, pero ya hace tiempo que di eso por superado. Yo he llevado una carrera en el cómic un poco al margen de la industria precisamente para no transigir con ciertas cosas. Y dado que empecé ya en El Víbora, donde no tuve que transigir con nada, pensé que eso no podía perderlo. Es cierto que en ocasiones me he apartado del recto camino pero rápidamente lo he detectado y me he ido prohibiéndome meterme en ciertos berenjenales en los que sabía que se iban a meter con lo que yo hago. He llevado esta carrera lo más libremente que he podido, para lo cual hay que pagar un precio, que ha sido trabajar de ilustrador, por encargo. Ahí sí transigí algunas veces, pero lo del cómic para mí era intocable.

El laberinto del Cuco se estrenó en 2021 en la Fira de Tàrrega, en formato físico, y posteriormente viajó por festivales de diferentes países europeos. ¿Cómo recibió el público la experiencia inmersiva de aquella instalación?

El laberinto del Cuco lleva tres o cuatro años recorriendo países, fiestas mayores y festivales de teatro de la mano de la compañía Itinerània. Estuvieron en Palma en el Festival de Teresetes de hace un par de años. Donde más lo he vivido yo ha sido en el Salón del Cómic de Barcelona, en el último; la gente en general salió encantado porque es una instalación para todos los públicos. ¡Me paraban niños para felicitarme! Los colegas de profesión, que no habían oído hablar de este proyecto, también quedaron bastante alucinados. Ha tenido muy buena acogida, eso es lo cierto.

Una lástima que solo haya venido una vez a Mallorca.

A mí me habría gustado que viniera más veces, claro, pero estas cosas son como son. Ellos trabajan en un circuito más de teatro de calle y fiestas mayores, y van allí donde les llaman y puede pagar su presupuesto.

¿Usted también reivindica la calle como lugar de encuentro y de juego?

Por supuesto, la calle está para eso, para que nos encontremos todos, en unas cosas o en otras. La calle, sí, no el centro comercial. No hay que perder la calle.

¿Palma la está perdiendo?

Todo se va uniformizando y reduciendo a espacios muy controlables. Es una pena pero es el signo de los tiempos.

Continúa viviendo en Sineu, ¿el mejor lugar para residir?

De los sitios en los que he vivido [Barcelona, Madrid y Bunyola], sí, es donde mejor me siento.

¿Cómo soportan los sineuers la presión turística que padece Mallorca?

Algunos con indiferencia, unos bien porque tienen negocios y otros, como yo, menos bien porque hemos visto alterada la vida cotidiana del pueblo. Es otra de esas cosas del signo de los tiempos. Lo peor es el tema bares o cellers, que han ido desapareciendo los más auténticos para dar paso a bares como los hay que cualquier parte.

¿Dibujar le sirve de refugio o atalaya?, ¿con el lápiz se siente a salvo de todo?

A salvo no estoy. Intento que no sea un refugio, a veces sí es una atalaya. La verdad es que últimamente estoy trabajando poco.

¿Y eso?

Ya tengo la edad para jubilarme. De hecho me estoy yo mismo pagando jubilación hasta el día que la coja oficialmente.

¿Le ilusiona esa nueva etapa?

(risas) Sí, es una mezcla de cosas: de cansancio, son muchos años trabajando… y he sido abuelo, y eso te cambia la visión de las cosas, y de pronto te apetece algo más apacible.

El cómic ya tiene su Premio Nacional, su Día Nacional, pero la mayoría de autores están por debajo del salario mínimo y por encima de las 40 horas semanales. ¿Cómo se puede acabar con la precariedad?

La precariedad no cambia. Siempre estamos en el filo de la ruina, salvo pocos autores que son superventas y además ven su obra sistemáticamente traducida a otros países con lo cual los derechos de autor se incrementan. El 90 por ciento de los profesionales vamos siempre con lo justo.

¿Un estatuto del dibujante resolvería la situación?

Mejoraría las condiciones. En lo que se está trabajando es en un estatuto del artista, para músicos, pintores, escritores, poetas, bailarines y dibujantes de tebeos porque estamos todos en las mismas. Ahí hay trabajo, por ejemplo con el tema autónomos. La prensa, cuando se habla de los autónomos, nunca habla de los autónomos que somos uno solo. Existe esa idea de que un autónomo es alguien que tiene una tiendecita con un par de empleados. Que los hay, pero los artistas estamos solos, no tenemos empleados. Somos individuos errantes, así que el tipo de medidas que se pueden tomar no puede ser genérica para todos los autónomos.

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