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Natalia Castro Picón: «Las milenials fuimos felices y nos divertimos en medio de la desesperación»

«Las milenials fuimos felices y nos divertimos en medio de la desesperación»
Natalia Castro Picón (Maó, 1989) es licenciada en Filología por la Complutense, doctora en la City University de Nueva York y profesora en Princeton. Este año ha rematado un currículum estelar ganando el premio Anagrama de Ensayo con La fiesta del fin del mundo.
Para que se haga cargo del tipo de entrevista: «¿Nos invita a ‘La fiesta del fin del mundo’?»
Sí, de hecho la idea es redescubrir el lado celebratorio de la tradición apocalíptica, una excusa para la insurgencia de las pasiones positivas.
Una menorquina treintañera se licencia en Madrid, se doctora en Nueva York, es profesora en Princeton y gana el Anagrama de Ensayo en Barcelona.
Nunca he vivido más de cinco años en un mismo sitio, aunque no de forma deliberada. Tal y como están las cosas, los logros son ensoñaciones, como el sueño cumplido del premio en Anagrama, la editorial donde descubrí la literatura. Significa un espaldarazo, acertar en la diana con un tiro desde la distancia.
¿No es demasiado joven para todo esto y sí, es una pregunta ofensiva?
Los tiempos históricos se han acelerado, y estas cosas también.
¿Quién es el personaje principal de ‘La fiesta del fin del mundo’?
La contracultura, ojalá pueda ser así desde Princeton, porque mis intereses caen de ese lado. Pensé en titularlo Otro maldito libro sobre el Apocalipsis.
Porque el Apocalipsis se ha puesto de moda.
Tremendamente, lo están trivializando hasta el punto de que se percibe un cansancio del Apocalipsis, pero todavía me atraen las películas sobre este asunto.
¿Rosalía sale en su libro?
Jajaja. Me hubiera encantado porque es el gancho perfecto, pero me temo que no aparece por ninguna parte.
¿A quién le recomienda su ensayo?
Me gusta esta pregunta, gracias. Querría que lo leyeran los adolescentes, los jóvenes, la generación Z. Que vean como las milenials fuimos felices y nos divertimos en medio de la desesperación. Nosotras vivíamos en crisis y cambiamos las reglas del juego.
¿En la universidad americana no hay raza, religión ni orientación sexual?
¿Te refieres a los últimos siete meses? Cada vez resulta más complejo hablar, y no quiero exagerar desde mi posición en un núcleo privilegiado, pero me domina la sensación de inquietud. Conozco compañeras que tienen directamente miedo, simplemente porque quisieron detener el genocidio.
No hay trumpismo, solo Trump.
Tenemos que reconocer que hay un trumpismo, o Trump no estaría dónde está. También hay que analizar la responsabilidad de la izquierda en que se haya llegado a esta situación. Hay gente en Nueva York que votó a Trump el año pasado y ahora ha votado a Mamdani.
¿Un Mamdani tendría futuro en España?
No es descabellado que ocurra, porque Mamdani es más sorprendente aquí en Estados Unidos que en España, donde estamos más familiarizados con los movimientos radicales. Estoy muy contenta si es quien dice ser, y su figura se puede trasplantar a todas las alcaldías del mundo.
Su nuevo proyecto es Prohibido hablar de política.
Va de la mercantilización y estandarización de los discursos políticos a través de la tecnología. Cada vez se pueden decir menos cosas, y de menos maneras.
Feijóo le suelta esta semana al presidente de Melilla que «no sé qué te da tu mujer».
Ojalá lo hubiera dicho antes, porque deja clarísimo qué tipo de mundo está intentando construir y la encrucijada decisiva en que nos encontramos.
Usted quiere corregir estas limitaciones de los políticos con el «discurso poético», ¿eso va en serio?
Claro, porque supone la ruptura de la gramática, lo contrario del algoritmo.
Concluyo que usted es una activista.
O por lo menos lo fui en su momento, y muy orgullosa de las luchas que han dado forma a mi vida. Empecé en el movimiento antiBolonia, después el 15M, Juventud sin Futuro y el Women’s Strike, la huelga de mujeres. El Occupy Wall Street me pilló en Madrid.
Corrigió el «I have a dream» («Tengo un sueño») de Martin Luther King en «I have a scream» («Tengo un grito»).
Lo escribí hace años en una conferencia sobre paisajes lingüísticos. El grito mudo conduce a la lengua de signos y a la simbología del 15M en la Puerta del Sol, el lugar donde se celebra un cambio anualmente.
Jeff Bezos, Michelle Obama y Richard Feynman estudiaron en Princeton.
Ricardo Piglia dijo que «en Princeton te pagaban por estar loco». Esta universidad tiene recursos ilimitados y me permiten pensar fuera de la caja, la ruptura de convenciones. Por ejemplo, dejan que publique en Anagrama.
¿Cuánto lo es de menorquina?
Lo soy tanto que quiero ser quien lleve la bandera. Menorca es mi Arcadia, el único lugar donde he vivido a los cuatro, a los catorce, a los 24 y a los 34 años. Mi isla es el arraigo.
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